Hagamos música

Autor:

José Aurelio Paz

Si el llamado «tono» es un término musical del cual se ha apropiado la categorización de la lingüística como elemento que describe la intención y el estado de ánimo reflejados a través del modo particular de expresarse y del estilo, tenemos que partir entonces de cuál ha de ser su impronta cuando se aplica a lo que escribimos.

Luego debemos discernir:

Si el tono es la propiedad de los sonidos que los clasifica como más agudos o más graves en función de su frecuencia, lo cual comúnmente es utilizado como sinónimo de altura...

Si en el canto este elemento resulta fundamental para diferenciar las distintas tesituras de una voz o instrumento...

Si se le denomina parciales armónicos a otros sonidos que, percibiéndose de manera distinta, enriquecen el sonido original...

Si los diferentes sonidos cualifican lo que denominamos el timbre, que puede ser lleno, sonoro u oscuro...

Vale entonces preguntarnos si nuestra prensa tiene tono o es atonal, si existe equilibrio armónico entre voces graves y agudas y cuáles son estas voces. Si hemos conseguido posibles tesituras entre los medios de prensa y entre los periodistas, como para no repetirnos en una especie de canto gregoriano, antigua oración laudatoria cantada sin emoción, al unísono, y que cumplía, a través de su llaneza, un sentido litúrgico.

Y pregunto: por qué asustarnos, a veces, cuando aparecen, dentro del común diapasón de defender este país desde las ideas, esos parciales sonidos que, amén de ser entendidos por algunos oídos cuadrados como desafinaciones o, en el mejor de los casos disonancias, enriquecen el sonido original de la patria.

Pero vayamos al concepto de atonalidad. En el caso de la música —habría que ver en el lenguaje—, no es la ausencia de tono sino un sistema que prescinde de todo contraste que conmocione, que mantenga los esquemas armónicos y funcionales de una melodía.

De modo que el principio básico del atonalismo consiste en que ningún sonido ejerza atracción sobre cualquier otro sonido que se encuentre en sus cercanías porque, precisamente, no existe un centro tonal.

¿Estaremos asumiendo, desde el periodismo que construimos, la verdadera defensa de un centro tonal de las ideas, que no es más que el país que queremos y al cual aspiramos, en la diversidad de matices que requiere la verdad ideológica, lejos de toda pancarta y panfleto, para establecer su sinfonía?

Si como dijera el sicoanalista y escritor argentino Emiliano Latorre, el periodismo, ante todo, es mirar, desde ese «petardismo» barato que no trasciende la luz de los fuegos de artificio, si no puede existir distancia de la realidad para evitar la distorsión sin especulaciones y dar real dimensión de los acontecimientos, entonces se requiere de la afinación necesaria que evite el tono monocorde, chato y aburrido.

No ha de temerse, entonces, a esas modulaciones que, como en la música, preparan el oído para percibir con gracia y emoción la fuerza de ese núcleo original de la composición que, a pesar de sus variaciones, termina en tónica.

Dicho, repetido y especulado de manera sobrada sobre la necesidad de un concierto de palabras más sonoro y enriquecedor de nuestra cubanía, se necesitaría entonces de un clima más creador, en lo estético y en lo ideológico, que resuma alma.

Nuestra prensa, la que queremos, no la que nos quieren imponer desde otras latitudes, tiene que ser la fusión de esencias que somos; una mezcla de la conga santiaguera con réquiem mozartiano; suma de Papines con Frank Fernández que, como coda final, deje al propio aire sin respiro porque encante y diga verdades como nos enseñó José Martí, desde su prosa sin bajar el pie del estribo de la patria.

Ah, claro. No afirmo nada. Solo pregunto: ¿Estaremos haciendo música?

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