Gotta murió mañana

Autor:

Juventud Rebelde

Gotta Pusuga vive en tierra de muertos. A los tres años, su costillar parece el de un jamelgo en el desierto, y los parásitos le han corrompido el vientre, hinchándolo. Hay moscas en su rostro, y una espuma blancuzca le mancha los contornos de los labios. Tiene hambre. Tiene sed.

Gotta mira a la cámara, y en sus ojos es fácil advertir que el niño clama. Pero no quiere un tamagotchi, ni un cochecito de carreras, ni una espada para vestirse de corsario: total, si de jugar solo aprendió lo que su instinto le ha enseñado: saltar, tirar alguna piedra, corretear cuando alcanzan las fuerzas...

Su reclamo se limita a un mendrugo de pan y un vaso de agua. Nada más. Por lo menos así lo veo yo en la diminuta foto de una página web, y me sacude imaginar que a estas alturas, unos meses después de pegar su dolor en el lente de la cámara, aquel niño haya muerto.

"Somos polvo en el viento", nos recuerda una vieja canción del grupo Kansas. Pero ocurre que a Gotta le ha tocado cumplir su destino demasiado temprano, y el tiempo solamente le ha bastado para los sufrimientos del estómago vacío y las devastaciones de la garganta seca.

Gotta murió mañana, o acaso ayer estará muerto, que es igual aunque no sea lo mismo. Y todo porque nació en Uganda, donde oscurece desde el amanecer.

Allí siempre es de noche para el alma. La tierra está preñada de diamantes, pero la gente –si acompaña la suerte- come magras raciones de maíz. El Nilo, el majestuoso Nilo, nace allí, pero el agua se ha convertido en lujo. Y para colmo, huele a miedo.

Seguramente, el ruido de los disparos ha hecho llorar a Gotta. Cualquier luna es propicia para que las guerrillas ataquen, maten niños y violen a las niñas. Niños que nunca conocieron el amor de una muchacha. Niñas que jamás le pudieron componer el vestido a una mínima muñeca.

Desde hace muchos años, Uganda es una guerra. Los cadáveres son un decorado usual en los caminos, y las aldeas, un muestrario de otomías. Por eso cada una tiene a sus guerreros, y por eso los varones empuñan las armas antes de la adolescencia.

Si el hambre no lo liquida antes, Gotta tendrá un fusil muy pronto. O deberá irse a los campos a luchar por el rancho de los días de escasez. Algo hará, menos coger una cuartilla y descubrir las letras.

En su país la suerte ya está echada. Un simple virus puede transformarse en epidemia y desolar las tribus. Hay pólvora en la atmósfera, varios millones en la inopia, y llegar a la vejez es un milagro. La propia capital, Kampala, es una ruina. (Curiosamente, tiempo atrás le llamaban La Perla de África).

Una vez cada mes, los camiones de organismos internacionales entran con alimento a las aldeas. Mas no alcanza para todos, y la ayuda no pasa de mero paliativo. "Son demasiadas bocas", dice un cínico. Y un funcionario de Naciones Unidas le responde: "Hay suficiente comida en el mundo para alimentar al doble de la población existente. Lo que necesitamos son soluciones políticas".

Si aún no murió mañana, Gotta sigue mordido por el hambre, con moscas en la cara y el estómago lleno de parásitos... Mientras tanto, otra página web –con grandes y coloridas fotos- lamenta la anorexia que padece la princesa Letizia.

(Tomado de El Habanero)

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