Yo no quiero ser un extraterrestre

Autor:

José Aurelio Paz

¡Qué tiempos aquellos de los ’70! Agridulces por contradictorios y motivadores. Una caja de cigarros se cotizaba, en el mercado negro, en 25 pesos. La ropa se repartía por tickets en los CDR. Los únicos zapatos disponibles eran plásticos y te cocinaban los pies. Pero el disco cubano no escaseaba y Silvio, todo un disidente musical para algunos funcionarios con orejeras, afirmaba que la Era estaba pariendo un corazón a pesar del bloqueo.

Tiempos en que una camisa de trabajo y unas botas cañeras eran la muda dominguera de muchos jóvenes. Tener una bicicleta era tener una limosina. Y las películas soviéticas nos llenaban los ojos de historias de guerras distantes. En que Los Brincos y los Fórmula V nos asaltaban desde el reinado radial de Nocturno; incluso desde Varadero, pero en cada esquina permanecían, como dinosaurios, aquellos traganíqueles que, por una simple moneda, nos mataban a bolerazos de bares y cantinas; mientras, en casa, venida por las autopistas del viejo acetato, una Señora llamada Sentimiento nos anidaba a Pablo en las orejas: «Muchas veces te dije/ que antes de hacerlo/ había que pensarlo muy bien...».

Mas ahora, con muchísima tecnología de punta y con más artistas; con millones de grabadoras que escandalizan desde cualquier balcón; el disco cubano, el auténtico, se nos convierte en un Objeto Volador No Identificado. Y mientras la televisión nos sorprende con la película de Hollywood ganadora del último Oscar, la música nuestra nos llega desgranada, a través de los espacios de los distintos medios, pasada siempre por el tamiz personal de sus directores musicales.

Así, se convierte usted en esclavo de la estética ajena. Su amo es otro mortal, a veces con peor gusto que el suyo, que decide, como deus ex máchina, qué debe o no escuchar. Y no sería extremista decir que hasta los «bicitaxeros» imponen patrones de la peor marca en este país, con híbridos «pinpinelianos» y «dadiyanqueros» a los que se suma ahora, como tónica dominante, la peor bachata dominicana de estos tiempos.

Es entonces cuando uno se da cuenta de que vive como un extraterrestre dentro de su misma cultura. Se dice que usted es dueño de las minas musicales de su país, pero tiene que conformarse con un carbón que, en muchos casos, llega reciclado desde otros mundos, como sospechoso diamante importado.

He escuchado a muchos artistas reclamar que se acabe con la piratería de discos. Y yo levanto la mano con ellos porque se trata, desde el punto de vista jurídico, de una ilegalidad. Pero, desde el punto de vista humano e identitario, nadie tiene el derecho de privarnos de lo que, por propio legado de María Teresa Vera, Ñico Saquito o el Trío Matamoros, nos pertenece.

Frente al televisor, como gatos que goloseamos al pez en su pecera, vemos la entrega de premios en los certámenes musicales más importantes del país. Tenemos, entonces, que creer en la honestidad y la eficacia de los jurados porque no existen patrones de comparación que permitan un juicio personal, como sería nuestro derecho. Es como si tuviera una mata de mango en su propio patio solo para mirar cómo la fruta se madura desde lejos. Y, en el mejor de los casos, y casi por excepción, cuando se encuentra frente a uno de esos discos premiados, en el estante de una librería cualquiera, sus ojos se abren como sombrillas ante el asombro de creer haber visto un OVNI.

Se sabe que se ofertan, de manera exigua, discos en moneda nacional (la mayoría de aquellos que no tienen salida en el mercado de divisa), pero sus precios equivalen a casi dos comidas para un cubano «normal»; y, en un período de supervivencia como el que enfrentamos frente al acoso enemigo, usted decidirá por lo esencial porque hasta ahora, que yo sepa, los discos no se comen.

Sin duda la industria de la música, luego de una larga depresión, goza ahora de un proceso de recuperación inteligente. Fórmulas nuevas que tratan de sacar esta riqueza natural e insertarla en las competitivas galaxias de la mercadotecnia del producto artístico. Pero, mientras no existan fórmulas conciliatorias que beneficien los más humildes bolsillos y la coherencia en las políticas culturales no nos resguarde de esas invasiones cotidianas, seguiremos con la carga a cuestas de creernos, y sobre todo sentirnos, extraterrestres en nuestro propio asteroide caribeño.

Hasta tanto eso no ocurra, seguiremos entregando los micrófonos a los Orson Welles de turno, para sufrir y gozar, quizá en versión reguetonera, otra vez el pánico de saber que nos invaden los marcianos.

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