Mi niña y David Beckham

Autor:

Julio Martínez Molina

¿Qué relación podría existir entre mi hija de cuatro años y Beckham, el astro del Galaxy? Que yo sepa, ninguna; pero algunos fotógrafos no lo creen así. Aunque el asunto no es solo con la mía, valga decirlo, sino también con la de cualquier padre que intente tomar una foto a su pequeña.

Lo que sucede es que el futbolista británico resulta una de las proposiciones preferidas de ciertos practicantes del oficio del lente, hechas en sus estudios para que padres y niños escojan con cuál estrella de los deportes, el espectáculo, los animados... desean un fotomontaje.

Si a la chiquilla no le gusta el rubicundo inglesito como compañía visual, están las opciones de Viriato, Plinio o decenas más, sospechosamente todos a lo Brad Pitt. Para el niño o adolescente varón se sugieren desde Shakira o Angelina Jolie, hasta Paris Hilton.

Si el muchachito no sabe quién demonios es la última nena, el especialista del encuadre le explicará hasta el chisme de ayer de la cantante. El hombre «bajó» de Internet la «valiosa» información, y todas las apolíneas figuras.

Desde luego que el negocio no solo se sustenta en el fotomontaje con las «estrellas». Existen las variantes paisajísticas, turísticas, zoológicas...

Esto significa que pueden, fácilmente, subir a tus muchachos en el Monte Fuji a recibir el amanecer con los japoneses, o ponértelos a orillas del Ganges junto a tiburones toros que pasean a par de metros. De lo contrario —y es algo que sí no falla jamás—, la iconografía Disney completa la carta.

En abril de 2006 publiqué en esta misma página de opinión un comentario sobre la erotización ridícula de las fotos de quince. El tema fotomontaje, a no dudarlo, dejó en pañales a aquel.

Fotógrafos particulares, desde Pinar a Baracoa, están haciendo su agosto gracias a dicha práctica, en tiempos de esplendor de la era más nefasta que ha atravesado la fotografía de estudio en Cuba.

La cosa es de coser y cantar: un buen stock de caritas digitales de «famosos», paisajitos y muñequitos; unas cuantas flash memory para transportar la mercancía hasta los fotoservices e imprimirlas; y luego entregar al cliente los fotomontajes, vendidos a precios elevadísimos.

En vista de cómo anda el giro, decidí suspender las gráficas de cumpleaños a mis hijos hechas con otra cámara que no sea la mía.

El modelo tradicional de estudio, el de la toma posada —que luego se conserva en un cuadro— está a punto de quebrar, y la alternativa que ofrecen los herederos insulares de Daguerre, vía montaje, resulta lamentable.

El presente que pretenda ser recordado mañana a través de tales instantáneas será una ficción alterada, que ninguna información aportará de nuestro mundo a los sucesores, como no sea de las bobadas en que incurrimos.

Los ojos de nuestros nietos recorrerán imágenes sin vida, huérfanas de energía; una superficie yerma, de poros y granos coloreados, sin valor comunicativo, en la que verán a sus abuelos convertidos en maniquíes, al pie del Big Ben o junto a un trineo tirado por perros de nieve.

Si fotógrafos que hicieron ascender este oficio a la categoría de arte, a la manera de Man Ray, Alberto Korda, Robert Doisneau u otros, pudiesen presenciar los fotomontajes criollos, renunciaban de seguro a su cámara, por la vergüenza sentida ante la apoteosis del mal gusto.

Justamente el francés Doisneau, creador de la célebre foto El beso (1950) y de otras miles inspiradas en «los gestos corrientes, de gente corriente, en situaciones corrientes» —como las definía—, escribió algo esencial pero ignorado por sus émulos locales de fabricación en serie.

«Es básico encontrar en las personas —dijo— un espacio interior por donde corra el aire; es lo que en definitiva le da la vida a una fotografía». En los fotomontajes del reino del tira y pega no hay aire, ni espacio interior, y mucho menos vida.

Huelga afirmar que tampoco fotografía; tan solo una absoluta glorificación del vacío.

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