Bravo, Nino

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Volviste intacto en uno de esos archivos fílmicos en blanco y negro. Irrumpiste en mi televisor como una sacudida del tiempo inexorable, casi diciéndome: Dale, muchacho, vuelve a esta prodigiosa década con una melenita, la misma que tuviste, pues allá por el futuro, ya calvo de ilusiones, la Tierra está de espanto: hay muy poco que asombre en una tarde de domingo, con tantos strip tease que te ha dado la vida.

Mientras el lunes por la noche el mundo moría de odio y violencia, de petróleo sucio, tú cantabas en mi televisor inocentes amores bajo la llovizna de Londres, por aquello de que la vieja España debía salpicarse de modernidad, probarse ese traje aunque le quedara ajeno y ancho. Cantabas con esa voz testicular, de acero y montaña. Con la fuerza del viento, sin mercadeo ni efectos especiales. A pura voz, con esa voz tan pura.

Tanto que te conocí, tanto que estuviste en mis fiestas y me acompañaste a enamorar muchachas con «un beso y una flor, un te quiero, una caricia y un adiós, el ligero equipaje para tan largo viaje», a cortar caña en los fríos campos de Matanzas, para luego retornar a las aulas de la Universidad de La Habana. Una Habana cándida y cruenta a la vez, de soñadores y extremistas, olorosa a guerrilla y a obreros concientes, transida de Revolución y burócratas.

Nos acompañaste siempre con esa voz por los cielos. No importa que las letras de tus canciones no alcanzaran el cenit de la poesía, ni que fuera ligero el equipaje. Eran sinceras confesiones de amor, que enmudecerían hoy ante tanta sordidez repetitiva, gritada para urinarios.

No te asustes, pero sigues acompañándonos aunque no entiendas ni jota de este planeta autodestructivo. En el fardo de las ilusiones que entonces estrenábamos y seguimos cargando, allí está tu voz mezclándose en nuestros ardores con Serrat inmenso, Silvio profundo, Pablo raigal, Aznavour melancólico, The Beatles antes y después.

Te confieso que viéndote el lunes en un fílmico inventario de nostalgias —así como tus cartas amarillas— tuve deseos de traspasar el cristal de la pantalla e irme contigo a aquellos días rebeldes y vírgenes de tantas sutiles torceduras actuales. Variar entonces tu destino, evitar que tomaras ese auto con apenas 28 años —la edad de mi hija— aquel día aciago de 1973. Pero vaya a saber si la vida, envidiosa de los bronces y cristales de tu voz, decidió condenarte.

Tu muerte precoz, junto a tantos madrugadores adelantados del viaje final, sigue cantándonos con elevados tonos. Y mantiene viva en el recuerdo, a puño limpio contra el tiempo, la alucinación de la juventud, ese cosquilleo en el alma que se nos va apagando lentamente. ¿Quién lo diría? Andas esperando aún a Noelia, leyendo sus cartas amarillas, queriéndola noche y día junto a la puerta del amor. Y nosotros envejecemos viendo ese concierto sin tiempo ni edad, bajo la llovizna de Londres. Bravo, Nino.

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