La vergonzosa impunidad de la tortura

Autor:

Rosa Miriam Elizalde

Nadie va a negarlo: como noticia, la tortura es profundamente desagradable. Quizá porque nos recuerda duramente que existen en el ser humano posibilidades de crueldad que no siempre estamos dispuestos a admitir. Quizá por rutinaria, pues funciona en varias zonas del globo una verdadera multinacional de la tortura, y esta ya ha dejado de ser un rasgo típico, casi folklórico, para convertirse, como alguna vez señaló Sastre, en “una viruela que devasta toda nuestra época”.

Y la viruela está ahí, con rebrotes aparentemente desconectados y exhibidos como excepciones odiosas, el acto inmoral de unos pocos degenerados que deben ser castigados mañana a más tardar.  Ese eco amortiguado siguió al escándalo de las fotografías de los torturados en Abu Ghraib, publicadas por primera vez en abril de 2004, pruebas terribles que derivaron meses después en un puñadito de nombres culpables, un tribunal de brazo torcido por el Pentágono y sentencias diez veces más benévolas que aquellas que deparan al ciudadano norteamericano que tenga la peregrina idea de viajar a Cuba –aún cuando haya nacido aquí-, sin el permiso especial del Departamento del Tesoro.

Basta rasgar el barniz de justicia que la administración norteamericana ha pasado por todo este asunto, para descubrir lo que con acierto el periodista argentino Roberto Montoya llama La impunidad imperial, título del libro que él presentó en la Feria Internacional de La Habana.  Si se atan todos los cabos sueltos, si se arman las piezas del rompecabezas, se ve claramente lo que está detrás de la estrategia que intenta trivializar las múltiples evidencias de tortura y las desapariciones forzosas en vuelos secretos de la CIA, cuya responsabilidad ha venido, si acaso, a recaer sobre unas pocas “manzanas podridas”. Existe un plan criminal elaborado con minuciosidad y alevosía, que tomó en cuenta la larga experiencia en estas lides del Ejército norteamericano. “No hay que olvidar que Estados Unidos nació del genocidio y es una sociedad profundamente racista”, palabras de Susan Sontag en pleno debate sobre la guerra de Viet Nam, que recordó el Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular Ricardo Alarcón, en la presentación del libro de Montoya.

“Quieren hacer pasar la tortura como un pecado de los pueblos bárbaros del sur, como acciones irresponsables, si acaso, de algunos norteamericanos mal nacidos... Pero los documentos que establecen la política que autorizaría el empleo de la tortura, existían antes de la invasión a Iraq”, y ocultar esta realidad  –añadió Alarcón- es un insulto para los que son torturados en este mismo momento dentro de las fronteras de los Estados Unidos.

Alarcón mencionó, por ejemplo, una noticia de estos días que ha pasado en sordina por los medios norteamericanos: la nueva orden de arresto (¿y de tortura?) contra tres ex Panteras Negras –uno de ellos ya fallecido-, que habían sido encarcelados hace 35 años, por cargos que anularon cuando se demostró que la policía había obtenido confesiones después de golpearlos, desnudarlos, vendarles los ojos y aplicarles choques eléctricos en sus genitales, como se solía hacer en las mazmorras de los dictadorzuelos latinoamericanos, y como hacen todavía sabrá Dios en cuántos oscuros lugares de este mundo.

En realidad, para la sociedad blanca norteamericana, que desde el parvulario fue aleccionada para la soberbia y la autosatisfacción, deben ser una calistenia las humillaciones y palizas que les propinan a los musulmanes iraquíes.  Es algo que practica desde hace siglos contra los indios y los negros de su propio país, que extendieron –recordó Alarcón- a finales del siglo XIX durante la invasión en Filipinas, que perfeccionaron en la Escuela de las Américas y que exportaron alegremente a los regímenes dictatoriales de América del Sur.

Habría que volver a leer las declaraciones del ex candidato en las últimas elecciones presidenciales, John Kerry, cuando compareció ante el Senado en 1971 y declaró que soldados norteamericanos "contaban que personalmente habían violado mujeres; que habían cortado orejas y cabezas; que habían colocado cables de teléfonos portátiles en genitales humanos y luego los encendieron; que arrasaron con pueblos de la manera que lo hacía Genghis Khan, matando al ganado y a los perros por diversión y envenenando los depósitos de alimentos". Habría que preguntarse, también, si una de las razones de la resistencia iraquí para llevar a paso de conga a los interventores norteamericanos podría estar en las atrocidades que cometieron las tropas estadounidenses durante la Primera Guerra del Golfo, cuando no vacilaron en enterrar vivos en las arenas del desierto a miles de abatidos soldados “enemigos”, sin que los demócratas del mundo libre pusieran el grito en el cielo ante el profiláctico desenlace.

La impunidad imperial -"un ejemplo de periodismo riguroso de un profesional que ejerce esa profesión dignísima cuando se usa para lo que debe ser: decir la verdad", al decir de Alarcón-, reconstruye “ese mosaico, esa madeja tan compleja que existe detrás de la gran mentira, con la cual nos intoxican e intentan encubrir estos crímenes", como nos advertía Roberto Montoya en la Feria Internacional del Libro. 

Y la salvedad es muy importante. La gran diferencia entre las torturas de antes y las de ahora es que no se necesita hacer trabajo de arqueología para enterarnos de lo que pasa en este 2007. Más o menos soterradas, la tortura sale de la clandestinidad y aparece todos los días, impúdica, hasta en los propios medios de información imperiales. Basta un clic para que broten decenas de miles de informaciones en Internet sobre este y otros horrores adyacentes. Hasta George Bush santificó las ejecuciones extrajudiciales en uno de sus discursos sobre el estado de la nación. Sin embargo, el gran acto de prestidigitación mediática está en mostrarnos la actualidad como un espectáculo fugaz, vacío de memoria, para que la gente termine echándole la culpa al cuchillo o a la picana eléctrica, y cambie de canal cuando vea por segunda vez a la soldado estadounidense Lynndie England arrastrando con una correa a un preso desnudo en Abu Ghraib.

Montoya, que padeció la tortura en la Argentina de los años 70,  prueba en 230 páginas que Guantánamo y Abu Ghraib, los “excesos letales” y los vuelos clandestinos, no existen por error ni por casualidad. Las tropas de ocupación norteamericanas hacen lo que saben hacer por  costumbre y por órdenes superiores: matar, torturar, encapuchar, expatriar, desaparecer... La viruela que devasta esta época es el efecto visible de una vieja y degradante enfermedad, cuyo único anticuerpo es impedir que se ignore al culpable y sea legitimado el crimen. Posdata: La impunidad imperial (Editorial de Ciencias Sociales, 2006) se presentó el pasado miércoles, junto con otras dos obras: Biografía del Tío Sam, de Rafael San Martín, y Los Estados Unidos o el imperio de mal en peor, de Danielle Bleitrach, Viktor Dedal y Maxime Vivas. Desgraciadamente,  la idea de hacer coincidir estos tres volúmenes en una misma sala, con un tiempo limitado y acercamientos a la realidad norteamericana que fueron en varias y difíciles direcciones, atropelló las intervenciones de los abrumados y sucesivos autores, editores,  presentadores, traductores y maestro de ceremonia. El público, entre el cual me encontraba, ni siquiera dispuso de tiempo para comprar los libros inmediatamente después de la presentación en la Sala Fernando Ortiz, de la Cabaña, y mucho menos para que los escritores se los dedicaran.  Habría que pensar, para la próxima Feria, cómo evitar este tipo de situaciones que no ha sido excepcional durante estos días.

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