Dime cómo hablas… y te diré quién eres

Autor:

Juventud Rebelde

«Al pájaro se le conoce por la...», diría mi abuelo. Pero yo prefiero comenzar este comentario de una manera más elegante o filosófica, aunque con la misma idea: Al hombre se le mide por su obra, en la que incluyo, de manera especial, el lenguaje hablado.

Sí, porque esta es sin dudas la vía más rápida y eficaz para conocer la verdadera esencia de un individuo, más allá de cualquier postura, comportamiento u oropel del que pueda apertrecharse para presumir o confundir a sus semejantes.

Y no puede ser de otra manera, si se toma en cuenta que el pensamiento, las ideas, el mundo interior de las personas, son inasibles e invisibles y la única manera en que se les puede conocer es mediante su envoltura material, la palabra.

Por eso cuesta aceptar que en este país y en estos tiempos en que la educación y la cultura son patrimonio masivo gracias a la Revolución, algunas personas traten esa exclusiva capacidad del género humano que es el lenguaje articulado con tanto menosprecio e irrespeto.

Ejemplos pueden citarse demasiados, por desgracia. Y no solo por el contenido, en el que pululan las malas palabras que muchos pronuncian sin recato —y yo diría que hasta con orgullo— en cualquier lugar, privado o público, sin importar los oídos mas jóvenes o ancianos, masculinos o femeninos, a los que pudieran llegar.

También está el modo en que se habla, muchas veces en niveles innecesariamente altos e incluso a gritos, sea en la casa, la calle, una guagua, una biblioteca... y con tonos desagradables que pueden desdecir la esencia humana de quien los emite y la categoría de lengua romance en la que figura el idioma español.

Y claro que duele, pero mucho más cuando el mal empleo de la lengua materna proviene de quienes por su condición o posición significan guías y ejemplos. Me refiero a padres, maestros, representantes de instituciones y, sobre todo, los llamados profesionales de la palabra.

Es hora, por tanto, de revisar viejos conceptos y tendencias. Por ejemplo, que la ortografía únicamente se les mida a los estudiantes en las pruebas de español, y que la oratoria, la gramática, la sintaxis no estén como contenidos imprescindibles en todos los niveles y en todas las carreras universitarias.

Velar porque los educadores no tengan solo un adecuado nivel cultural, sino que se expresen consecuentemente, dentro y fuera del aula, de un modo correcto y alejado de cualquier vulgaridad o marginalidad, sin dejarse provocar por quienes piensan que hablar bien es ser «cheo», o estar fuera de onda.

Exigir que a los locutores, conductores, narradores deportivos o animadores, de los medios de comunicación masiva y fuera de ellos, no se les escoja ni se les evalúe únicamente por su presencia o el timbre de la voz y la dicción. También por el hecho de que tengan preparación, cosas que decir y los recursos idiomáticos para hacerlo de manera impecable.

Y en especial cuidar de no caerse ni a un lado ni al otro de la delicada división entre lo sublime y lo ridículo. Porque tan malo resulta ser «picúo» (con el perdón de la Real Academia de la Lengua Española), a fuerza de academicismo; como vulgar, de tanto querer congraciarse o acercarse a un público amplio y heterogéneo.

Lo importante es estar justo al centro, sin rebuscamientos innecesarios o giros que apabullen a los receptores, pero con un empleo original y elegante de lo que técnicamente significa Lengua, que es el modo particular en que se expresan los habitantes de cada país o región, aun cuando sean deudores del mismo idioma y del mismo diccionario.

En fin, que de lo que se trata es de cerrar filas en el empeño por el empleo digno de nuestro rico idioma, para evitar cosas como la que me ocurrió una noche cuando pregunté a una compañera su especialidad y me respondió: Técnico dental. En medio de mi dolor de muelas no me quedó otro remedio que sonreírme y decirle que, además de un error gramatical, esas palabras significaban un suicidio de su propia feminidad.

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