Pienso, luego existo

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

Deberíamos aplicarle cierta dosis de la «metafísica» de Descartes a la política. Tal vez se cuestionará el sentido de semejante proposición a estas alturas, cuando la filosofía ha visto bajar más corrientes que el Nilo, azuzada por los incontables vendavales de este mundo.

Sin embargo, algo sugiere mirar tan atrás, al fundador mismo de la Filosofía, pues hay zonas de sus razonamientos que encajarían en nuestro cuerpo social como en un rompecabezas.

Los estudiosos afirman que Descartes, al ver que no eran fiables las formas de pensar que le fueron enseñadas, se propuso crear la suya propia. Adoptó un punto de vista escéptico: ya que no se podía fiar de lo que le fue enseñado, ni de sus bases, entonces empezó por dudar de «todo».

Ese camino lo condujo a otros razonamientos: ¿de qué puedo estar seguro? Y se contestó que «puedo estar seguro de que me estoy preguntando de qué puedo estar seguro».

Así pues, el filósofo estaba seguro de que pensaba, y por lo tanto, existía. Los investigadores aseguran que esa es su metafísica, la base para su razón. Y hacen notar que, aunque cada quien tenga una metafísica distinta, Descartes distingue muy bien en qué debe de consistir esta: son los axiomas de la razón.

A estas disquisiciones me ha llevado el conectar, como las puntas de un triángulo, tres intervenciones públicas que deberían convertirse en algo así como una «santísima trinidad política» de los revolucionarios cubanos.

Aunque separadas en el tiempo y las circunstancias, el discurso de Fidel del 17 de noviembre de 2005 en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, el de Raúl ante los asistentes al VII Congreso de la FEU, y la más reciente comparecencia de Carlos Lage en la celebración de los 45 años de la UJC, ofrecen señales que no deberían pasar tan indefinidas entre nosotros como las célebres líneas de Nazca.

Sobre todo, porque para descifrar sus signos ya no podríamos hacerlo desde la altura de las «nubes», en las que tantas veces hemos puesto a navegar nuestros sueños, sino que tendríamos que bajar a poner muy bien los pies sobre la tierra.

Como Descartes en su filosofía naciente, Fidel, Raúl y Lage no blanden dogmas, sino dudas. Desechan las verdades incontestables. El primero admite lo que a algunos parecería una espantosa herejía: La Revolución Cubana puede autodestruirse, autoaniquilarse, si las distorsiones y errores le carcomen el cuerpo sano de sus sueños.

Para el segundo, la Revolución solo vive en la verdad, en la franqueza, en la honestidad, en la pureza. Quienes discrepan de la verdad cómoda, no subvierten la Revolución, la cual puede ser subvertida solo por la hipocresía y el acomodamiento del carácter, que termina en la prostitución del alma.

Mientras, el tercero enfatizó que la Revolución requiere del ejercicio de pensar, y de pensar con cabeza propia, y ello debe fomentarse en las edades en que se forja el carácter, en que cristalizan las convicciones y se instalan los valores que han de guiar la conducta en la vida. «Necesitamos de su espíritu crítico, de su natural rebeldía, de su apego a la justicia, de su intransigencia ante lo mal hecho».

Me pregunto si un trabajador social de quien discrepé hace unos meses, habrá escuchado —y además encontrado— el hilo que une el tejido de semejantes esencias.

Aquel joven había abandonado hacía un buen tiempo su asiento en una comisión municipal de gobierno. Estaba cansado de presentar los casos sociales más graves de su comunidad, sin que se resolviera ninguno.

Un anciano que escuchaba, sintió que a él también lo abrumaba el peso del cansancio de mi interlocutor. Con la sabiduría y templanza que regalan los años nos interrumpió: «Recuerda que la justicia es la única “señora” que pudiera ser eterna, aunque envejece y se arruga si pierde la sangre joven».

Ahí había que volver nuevamente a Descartes. El filósofo dudó de todo, menos de su fe. Un estudioso de su obra apuntó: para que no lo fueran a chamuscar...

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