Si tú supieras, madre

Autor:

Juventud Rebelde

Si tú supieras, madre, cuándo he comenzado a quererte; no fue ese día que me precipité en tus brazos: tenía miedo; ni siquiera en aquella ocasión cuando me subí a tus rodillas: tenía hambre. Mi vida era tan pequeñita entre tus brazos. Yo no te conocía. Venimos de demasiado lejos. En ese lugar donde distribuyen las vidas nuevas a los seres humanos me dieron a ti y tú te sorprendiste de tener que querer a una niña con los ojos cerrados.

No fue tu rostro, madre, lo primero que se separó de la niebla que me rodeaba, fueron tus manos. Esa herramienta tan útil más tarde fue lo primero que vi. Aún pasaría mucho tiempo antes de quererte. Tu cara tardó en diferenciarse de las demás. Yo tardé muchos meses en poder distinguir tus ojos, tu nariz, tus labios...; me gustaba que me besases.

¿Cuáles siguieron siendo nuestras relaciones? Te identifiqué a la vez que la palabra NO. Eras mamá No. No hagas esto, no te manches el vestido, no juegues con el barro... Tardé mucho tiempo en aprender esa lección, pero después me convertí a mi vez en la señorita No. Un día, riendo, me sacudiste un poco. Otro día... no sé cómo decírtelo, me diste a conocer tus manos, me pegaste. Sentí mucha pena y poco arrepentimiento. Otras veces, qué dulce, me sentabas en tus rodillas y murmurabas yo no sé qué palabras mágicas, qué arrullos maravillosos que concluían con el dolor, la angustia, el miedo de crecer. Y, sin embargo, yo no sabía quererte porque todo lo de nuestra infancia nos parece que responde a una obligación con nuestra fragilidad.

Tardé mucho tiempo en poder seguir tu pensamiento. Era más fácil seguir agarrada a tu vestido, ir sobre tus pasos que entender lo que tú me querías decir. Al crecer, te tuve desconfianza. En un lado, me enteré más tarde, estaba tu mundo de gentes altas, y en el otro, el mío. Yo no podía seguir tus pensamientos porque debía cumplir tus órdenes: aprende a no hacer eso, lee más claro, no haces caso de nada... Fue entonces cuando me di cuenta de que todas las madres de mis amigas decían lo mismo y que esa riqueza de tener una madre se había convertido en un bien común. Me desilusioné. Luego dije para contentarme: mi madre es distinta. ¡Cómo iba a ser la madre de los otros chicos como la mía! Hasta aquí podíamos llegar. Entonces comencé a espiarte para encontrar las diferencias. Me di cuenta de que caminabas con paso muy seguro, con altivez, y que hablabas con una voz distinta. Nadie hablaba como tú. Cuando por primera vez oí la voz de las maestras, se me turbó el alma, porque con su sonsonete autoritario barrían el sonido de tu voz, madre, y me dejaban pequeña y sola en el inmenso terror de la primera escuela.

Pero ni entonces yo sabía quererte. Me desorientabas. Si yo creía que me estabas esperando, habías salido; si yo te enseñaba los primeros deberes, pidiéndote ayuda, levantabas los brazos, ahuyentándome con el pretexto de que los habías olvidado. Ya sé, madre, ya sé aquello de que estuve enferma y sé tus pasos de leona desvelada y la lucha contra la impalpable muerte...; pero ni entonces supe lo que era mi amor hacia ti. Mi cuerpo, cargado de medicinas y de fiebre, estaba solitario como un caracol abandonado en la resaca de la playa.

Siempre me pareció que tú y yo éramos sonidos iguales, dos consecuencias lógicas, dos colores complementarios. Así que jamás me planteaba el amor a lo que era simplemente yo misma. Al crecer más, comprendí tus palabras, seguía tus pensamientos, pero me alejé de ti porque todo, todo, absolutamente todo lo que hacía tu otro yo, ese yo desprendido de ti que era tu hija, lo encontrabas fuera de propósito, desprovisto de sentido, reñido con tus costumbres, en pugna con tus sueños.

¿Por qué soñaste tanto conmigo, madre? Sentí que me considerabas tu fracaso. ¡Adiós ilusión de una hija perfecta! En un momento yo tuve que elegir entre tú y el mundo, y elegí el mundo. Tú no comprendías la ley inexorable que me separaba las manos de tu vestido. Ya las manitas aquellas, tan chicas, no existían, ni aquellos pasos tan cortitos. Mis pasos son firmes, iguales a los tuyos y mi voz tiene tu mismo eco. Yo no sé si supe alejarme de ti sin lastimarte, llamada por el reclamo de la sangre hacia los orígenes, hacia el misterioso corazón central. Seguramente fui dura contigo al dejarte, igual que lo son los pájaros cuando se alejan al volar solos o los peces al nadar por su cuenta o los hombres al enamorarse. Pero esta mañana...

¡Si tú supieras, madre! Esta mañana al abrir un cajón, entre guantes descabalados y recuerdos marchitos, encontré un retrato tuyo. Hasta hoy no he sabido mirarlo. No, no había mirado nunca el paso de la vida sobre ti, tus vacilaciones, tus trabajos, tus angustias, tus inquietudes... Hay un leve polvo sobre tu cara, el que levanta la existencia al vivirla, suavemente gris. ¡Cuánto te quise de pronto! Eras mía, únicamente mi madre. No te parecías a ninguna, pertenecías a ese claro milagro de la existencia del hombre: Yo era tu carne.

Y sentí como si me llamases para transmitirme tus poderes. La voz tuya, tan admirable, me anunciaba que yo iba a ser como tú, nada más que como tú. Besé tu imagen y me senté a quererte. (Fragmento de Memorias de la melancolía. Casa Editora Abril, La Habana, 2001)

* Escritora española (1903-1988). Compañera de por vida del poeta Rafael Alberti. Sus vivencias en el Madrid bélico fuerón reflejadas con gran intensidad en dos novelas: Contra viento y marea y Juego limpio. Puso en pie importantes empresas teatrales en la España republicana. La derrota de la República la llevó al exilio donde desarrolla una intensa labor literaria como guionista de radio y traductora, a la vez que redacta algunas de sus principales obras. Su autobiografía, Memorias de la melancolía, fue terminada en 1968.

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