Lasaña con maraña

Autor:

Luis Luque Álvarez

Acabo de botar 50 pesos.

No, no los eché en el contenedor de la esquina. Lo que hice fue... comprar dos lasañas.

Yo, que desde hace mucho estoy «curado de espanto» en asuntos de gastronomía, no quería ir. Pero la sugerencia de mi esposa —un paseo sabatino, que coronaría exitosamente con un buen filme en el Chaplin— me llevó allí, a la pizzería cercana, que tanto visité cuando niño.

En honor a la verdad, el trato de la dependiente fue amable. El ambiente, agradable y pulcro. El servicio, ágil. La pizza y la crema Aurora, exquisitas. Pero las lasañas..., ah, las lasañas: pequeños bloques de harina, con algunas gotas de queso en la mollera, y adentro, unos escasísimos pedacitos de lo que creímos era jamón. ¡Ilusos!

No pude refrenar la molestia. ¿Cómo era posible que en una pizza napolitana, que costaba seis pesos, hubiera más queso que en el engañoso ladrillito de 25 pesos que tenía delante? ¿Y en qué remotos mares estaría navegando el jamón, que no llegó a puerto lo suficientemente temprano como para colarse dentro de mi triste lasaña?

La camarera, siempre cortés, escuchó mi queja. No dijo nada sobre el poco queso, aunque sí me informó que «la lasaña es de bacon». O sea, que habíamos pagado por comer un plato que no estaba anunciado en la carta, y que no deseábamos. Lo que decía el menú era «lasaña de jamón», y no «de bacon». ¡Lo juro por sir Francis Bacon!

Conclusión: debut y despedida. Acordaos de mí, querida lasaña, porque nunca más me veréis el pelo... Quien posee más que unos gramos de sentido común, solo cae una vez en el jamo.

Dicen que, entre las ruinas de Pompeya, unos arqueólogos hallaron los moldes de las primeras pizzas. Claro, en aquellas edades no existía la salsa de tomate, pero como intento al fin, pasaban. ¿Será que el volcán Vesubio desató iracundo sus ríos de lava porque algún gastronómico pompeyano «ahorraba» el queso de cabra que debía esparcir sobre las tatarabuelas de nuestras pizzas? No sé. Sin embargo, de algo estoy seguro: si hubieran existido entonces los inspectores de calidad, el habilidoso cocinero hubiera acabado crudo en el foso de los leones.

Y ya que hablo de inspectores de calidad, ignoro si en algunos metros en torno de nuestra mesa había alguno. O alguien encargado de velar por la cantidad de ingredientes de cada oferta. O si esa debe ser tarea de un solo empleado, o de todos los que allí trabajan...

Realmente no puedo, no acabo de entender a quienes se la pasan maquinando cómo «darles la mala» a los demás. ¿Problemas económicos? Yo también los tengo, y debo arreglarme con mi sueldo. Cincuenta pesos no me son una brisa insignificante en el bolsillo. Los pago, sí, pero espero recibir a cambio un producto con todas las de la ley. Hasta ahora, se supone que caro sea sinónimo de bueno. Desde luego, ya lo digo: «se supone».

Me resisto a aceptar que «en fin, la vida está muy dura». ¿Por qué consentir que, en entidades estatales, algunos falseen la cantidad del producto? Y en cuanto al precio, otro tanto. ¿Dónde encontrar una explicación mínimamente razonable sobre por qué un bombón Lebon cuesta 0.15 CUC en los kioscos que rodean a Coppelia, 0.20 en la Terminal de Ómnibus Nacionales, y 0.25 en una cafetería de la calle Belascoaín? ¡Hasta diez centavos más! Quien desee justificar con la diferencia de categorías, por favor, dése una vuelta y compare, a ver si encuentra «excelencias» que merezcan «multar» al comprador.

En fin, lasañas y bombones aquí, carne de cerdo «mutilada» allá, rones «bautizados» acullá. «Listos» y «tontos» dondequiera. La trampa, guarachando, y el respeto al consumidor, con respiración artificial. Decididamente, la Regla de Oro: «Obren con los demás como les gustaría que los demás obren con ustedes», no está en el menú.

Como tampoco la marañosa lasaña de bacon.

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.