Hablemos de arbitraje

Autor:

Juan Morales Agüero

Tras completarse el último out de una temporada beisbolera, los aficionados solemos «escribir» con nuestras opiniones una suerte de memoria colectiva de lo acontecido en sus jornadas. Este comentario pretende seguir esa cuerda en lo tocante al arbitraje, que, desde mi óptica personal y dicho con todo el respeto que me inspiran los ampayas, no transita hoy por sus momentos más afortunados.

Está el caso de la archipolémica zona de strike, donde, según parece, no existe consenso. A juzgar por lo visto en la pasada serie, muchos colegiados tienen la suya, y, en consecuencia, cantan los envíos efectuados desde el box. Así, unos decretan bola lo que otros creen strike, aun cuando la esférica pase por el mismo sitio. Eso me recordó una frase atribuida al famoso árbitro norteamericano Bill Klem: «De las rodillas a las axilas —dijo— se cantan buenas todas!» Y agregó: «El árbitro que acierte en un 90 por ciento de sus conteos realiza una labor formidable». Pero, ¿cómo se calcula eso?

Lo peligroso de esta «desafinación» al cantar no es un boleto más o un ponche menos, sino los efectos que podría traer aparejados si a algunos monticulistas les da por lanzar más hacia el centro para eludir el riesgo de que los árbitros no les canten las esquinas. ¿Se imaginan cuánto aumentaría la ofensiva? Sí, porque hay pitchers que se preocupan más por los árbitros que por los toleteros.

Muchos bateadores podrían también sentirse tentados a hacerles swing o a dejar pasar, indistintamente, cuanta pelota venga con pasaporte a la mal llamada zona de duda por temor a ser perjudicados. Y digo mal llamada porque zona de lanzamiento solamente hay una: la de strike. La pelota que no vaya por ahí, es, sencillamente, bola mala.

«La zona de strike es la misma en todas partes, aunque la gente siempre rumora que aquí cantamos una cosa mientras que en las Grandes Ligas se aplica otra», le aseguró a un reportero de Juventud Rebelde Nelson Díaz, en mi opinión el mejor árbitro cubano. Sin embargo, en el Clásico Mundial, donde se dieron cita varias estrellas de ese circuito, presenciamos la tendencia a ensanchar la zona de strike. Algunos de nuestros jugadores, incluso, se poncharon con lanzamientos que en Cuba no suelen cantarse como buenos. ¿Será por eso que no abundan aquí los bateadores de bolas pegadas o de bolas afuera?

Nuestra última temporada devino también testigo de numerosos fallos arbitrales en las almohadillas. ¡No recuerdo otra campaña con tal cantidad de desaciertos! Varios, por su magnitud, resultaron poco menos que escandalosos. Out «de a calle», como decimos popularmente, fueron considerados quietos; y quietos «como una casa», también al decir de Liborio, resultaron decretados out. Pocos equipos se libraron de estas imprecisiones, justificadas a ultranza desde siempre con el genérico nombre de «jugadas de apreciación».

Desde luego, a favor de los oficiales —seres humanos al fin— está el hecho irrefutable de que los lances en las bases transcurren, por lo regular, en fracciones de segundo, y ellos tienen que decretar en tan breve período de tiempo si el corredor resultó out o quieto. Tampoco disponen de los servicios de la cámara lenta, ese «maldecido» —¡y bendecido!— aparato que desde la pequeña pantalla, aunque sin derecho al veto, ratifica o rectifica un veredicto en el diamante.

Pero la afición se pregunta: «¿Qué ocurre hoy con el arbitraje cubano de béisbol?» No existe una crisis, pero tampoco todo marcha de maravillas. Sí, disponemos de colegiados con excelentes currículos. Solo que no se trata de evaluar a individuos, sino de pasarle revista a una escuela. ¿Habrá que exigirles más a quienes imparten justicia? ¿O será que los jóvenes no están todavía maduros para actuar en un campeonato tan fuerte como el nuestro? Algo tendrá que hacerse.

Los árbitros forman parte del espectáculo beisbolero desde que esta adictiva disciplina registró su primer partido oficial en el año 1846 en Estados Unidos. Gracias a ellos, los juegos de pelota cuentan con un orden jurídico que les garantiza organización y equidad. Y es cierto: sus decisiones encontrarán siempre apologistas y detractores, en dependencia del equipo favorecido o perjudicado. Porque, aquí, entre nosotros, todos los beisbolmaníacos —incluso los anotadores, directivos, periodistas..., ¡árbitros!— simpatizamos con alguno, aunque por razones de ética profesional no lo hagamos público.

Aclaro que ni por asomo cuestiono aquí la imparcialidad de nuestros árbitros, independientemente del acierto que consigan en sus decisiones en el home, las bases y las líneas. Su integridad en ese y en cualquier otro sentido no admite la menor sospecha. Solo intenté aproximar mi «lanzamiento» a la zona para que sean los lectores quienes lo decreten malo o bueno.

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