Elogio de la virtud en tiempos modernos - Opinión

Elogio de la virtud en tiempos modernos

Autor:

Juventud Rebelde

Quienes de alguna manera hemos sido beneficiarios de los avances científicos y tecnológicos, sabemos cuánto han contribuido al mejoramiento de la vida.

No obstante, muchos de los que se jactan de andar en el ciberespacio, añoran despertar desnudos sobre la hierba húmeda de rocío, caminar un atardecer con los pies descalzos por la orilla de la playa, correr con un niño detrás de una pelota, disfrutar la brisa fresca empinando un papalote hacia el cielo despejado, cantar bajo la lluvia, modelar el barro, leer un libro viejo, cabalgar...

Qué sería, pues, de la medicina salvadora sin el médico que, tan solo palpando el abdomen, emite un diagnóstico inequívoco y definitivo. Después de un terremoto, no hay técnica sofisticada que reduzca una fractura o controle una hemorragia mejor que unas manos diestras.

A Gutenberg, el ferrocarril, el teléfono, el telégrafo, los aviones, la televisión, la era espacial, la fibra óptica, la ingeniería genética y los autómatas programables, sobrevivió el oficio de jardinero. Sobrevivieron el barbero, el barrendero, el catador, el limpiabotas, el zapatero, el escultor. Prevalecieron y se fortalecieron los mitos y las leyendas, los sacrificios y la fe.

Hornos y amasadoras eléctricos han mejorado la sempiterna labor del panadero. Ni ollas eficientes y ultrarrápidas, ni condimentos industriales ni cocinas ecológicas han podido sustituir la sazón única, ese simple toque de sal o de pimienta que da un chef.

La química perfeccionó los cosméticos, pero también se perfeccionaron, para quedarse, maquillistas, manicuras, peluqueras. Sintetizó perfumes que jamás han superado la fragancia auténtica —más barata y saludable—, de cada flor silvestre. Vitaminas artificiales compiten entre sí, mas no con las frutas y los vegetales, aun los transgénicos.

Estudios de grabación digitalizados y acústica impecable reverencian un piano clásico; edificios monumentales son diseñados por (es decir, con) computadoras manipuladas por arquitectos y descansan en cimientos erigidos por constructores, carpinteros, albañiles, proyectistas.

Programas superespecializados enseñan cómo escribir pero no cómo ser periodista o poeta; deciden el mejor color y la mejor tela para el mejor vestido ideado por el mejor modisto. Coexisten la imagen y el adjetivo que la describe; el movimiento, el sonido y el silencio.

Desde la piedra, el hierro, la máquina de vapor o el átomo, hasta la informática, estamos necesitando el aire para respirar y los árboles para que lo purifiquen.

Se han abierto, en efecto, autopistas de la información. Circula, sí, más información a mayor velocidad, lo que no significa mayor conocimiento ni que haya más personas informadas. Mediante Internet se puede buscar y encontrar de todo, inclusive un amor, un amigo... difícilmente, empero, un beso apasionado, un apretón de manos, un guiño cómplice.

Quizá el gran desafío de la biotecnología sea, no ya clonar a los genios, sino a las virtudes, y elevar el rango de la condición humana por encima de la opulencia informativa y la fascinación tecnológica.

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