Anillos para el divorcio

Autor:

Lisván Lescaille Durand

Es una idea que me abruma hace algún tiempo. Que, caprichosa y contradictoria, desliza lecturas delicadas. Un anillo o su retahíla de sinónimos —aro, collar, ceñidor, abrazadera...—, suponen, pesadillas matrimoniales apartes, unión, compromiso, cierre....

Imaginarlo en sus antípodas, hechos a la medida del disgusto, diseñados para diferenciar absurdamente a unos del resto, acentuando privilegios que distancian, parecen elucubraciones de este observador.

Pero no. Hay circunstancias que refuerzan tal criterio. Tanto es así que entre colegas no pocas veces preguntamos «cuál es nuestro anillo hoy». Es la duda saltando como el conejo del sombrero a la hora del refrigerio, endilgado en el programa del evento, asamblea de alguna institución, actividad recreativa, o en la más común de las coberturas periodísticas.

Ciertas personas parecen estar clasificadas, según su «alcurnia», color de la sangre o qué sé yo cuáles designios que las hacen tomar por caminos previamente trazados por algunos organizadores, quienes tratan a toda costa de evitar mezclar «agua y aceite», al parecer.

Es, a no dudarlo, un fenómeno raro, y con apariencias de normalidad: ¿Por qué pocas veces la «presidencia» se desentiende de los protocolos y acepta compartir la mesa con delegados e invitados, artistas, propagandistas, choferes?

¿Será necesario siempre «camuflarse» a la hora del bocado? ¿Alimentar sentimientos de elite y, en vez de compartir panes y peces, hacerlo alejados de la vista de quienes hacía apenas unos minutos desparramaron neuronas juntos, por el bien de sus semejantes?

Se sienten las miradas aniquiladoras que te debilitan, cuando por despiste vas a dar al «anillo» equivocado. Raramente sucede al revés, y por instantes parece cosa del recuerdo el ejemplo del Che reclamando su asiento, sus utensilios y su comida al lado del trabajador o el combatiente en los campos del deber.

Cualquiera comprende que la más mínima reunión requiere pautas de organización, que a la visita se le trata como si viniera a nuestra propia casa; pero cuidado con los extremos: un obrero se sentiría mucho mejor si aquel que los arengó le echa el brazo encima y le pregunta las cosas más cotidianas de este mundo. Los «Very Importan Person» no son para ese contexto.

Nadie en plena faena vería con buenos ojos, por ejemplo, el saludo de un líder sindical que llega «enguayaberado» en un ómnibus refrigerado hasta la guardarraya del cañaveral, pero sí admiraría al dirigente que a su lado derriba sudoroso la caña.

El socialismo cubano no tendría que buscar en ninguna parte las mejores virtudes de acercamiento permanente y vital con las masas: Fidel ha dado una prueba siempre. ¿Quién no lo ha esperado en medio de la tormenta asido a las cuitas de la gente, alentando e inquiriendo por el más mínimo detalle? ¿Quién no observa que para él el tiempo de compartir con su pueblo ha sido sagrado?

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