Pescado para los padres - Opinión

Pescado para los padres

Autor:

José Aurelio Paz

No sé si es porque nací en una isla inconcebiblemente desprovista de pescado, como plato natural, sobre la mesa. No sé si es porque ahora ando por otra, de paso, donde el mar está a la mano (como las nostalgias por la mía), pero lo cierto es que soy una red de pobre hilo que salgo a navegar, siempre que puedo, por los engañosos y mágicos mares de la información en busca de las mejores presas que me alimenten el espíritu y me hagan ver que eso es la vida: preparar cada noche con dedicación los avíos, como lo hacía Santiago, el personaje de Hemingway, para salir a la mañana siguiente dispuestos a atrapar al gran pez.

Este será mi primer Día de los Padres lejos de mi hijo y ciertas tempestades ocultas arrecian, mientras el corazón es como la roca golpeada, que se desgasta, poco a poco, sin que nadie lo perciba, pero resiste el ir y venir cansón de las sentimentales olas; ese que es también el solitario caracol sobre una playa que lleva adentro, como alma, el leve rumor del mar que le dio el nácar.

Salgo a pescar en la internet, ese otro océano incontenible de luz y de sombras, donde me zambullo como el alcatraz y saco a la superficie lo mismo una sardina que una vieja bota.

Es temporada de romance en los arrecifes del Caribe y los caballitos de mar hembras buscan a aquellos machos, radiantes y altivos, que, además de ser capaces de amar y ser amados, puedan ser los mejores padres para sus crías. Así, entrelazan sus colas, en una danza nupcial de leyenda en la que la hembra traspasa sus huevecillos a la bolsa ventral de su pareja.

Y no importarán tormentas tropicales o depredadores porque él esperará, por espacio de dos meses, el momento preciso de «parir» a sus hijos en una eyección que será dolorosa y agotadora para el hipocampo padre. Aferrándose firmemente con la cola a algún espacio, frotará su bolsa contra una concha o una roca hasta ver salir, con pequeños harapos de sus tejidos internos como único atuendo de canastilla, a cada uno de sus «chamas».

Pero esto, aunque parece un misterio privativo de esa especie del mundo animal, me anima a creer que los padres verdaderos, esos que rebosan la simple vocación del macho que deposita sus genes cuando la hembra está en celo, estaríamos dispuestos a correr la misma aventura del milagro materno que saca luz de una simple célula.

Como buen «paisano» que soy, hoy quiero compartir mi pesca. He aquí el manual enganchado, por pura casualidad, al anzuelo de mis ojos. Se trata de consejos a los hombres para vivir la experiencia de la maternidad. Se sugiere, en primera instancia, colgarse una bolsa de garbanzos a la altura de la panza agregando un puñado, cada día, durante nueve meses para imaginar la experiencia del embarazo y, concluido ese tiempo, abrir la bolsa y retirarlos dejando solo en ella el diez por ciento de los granos.

Exige el compendio que, antes de lanzarse a tener hijos, busque a una pareja que los tenga y evalúelos. Critique sus métodos para imponer disciplina, su falta de paciencia y sus niveles de tolerancia por haber permitido que sus niños se porten como salvajes. Y aproveche porque esa será la última vez en que tendrá todas las respuestas.

Para hacerse una idea de cómo serán sus noches, consiga un almohadón húmedo que pese entre cuatro y seis kilos y recorra la casa, de la cuna al sillón, meciéndolo en brazos desde las ocho de la noche y hasta las seis de la madrugada. Duerma hasta las siete y, cuando suene el despertador, vuelva a cargarlo arrullándolo con canciones de cuna.

¿Que cómo serán los primeros años de tener al chico en casa? Para averiguarlo unte caramelo en el sofá y mermelada en las cortinas. Meta los dedos en las macetas de tierra de sus plantas y páselos por las paredes recién pintadas. Use, también sobre estas, todos los colores de sus crayolas. Y si por casualidad tiene auto, compre un helado de chocolate y aplástelo en la guantera, meta dos monedas en la casetera del carro y triture un paquete de galleticas para esparcirlo sobre el asiento trasero.

¿Y bañarlo, vestirlo y alimentarlo? Primero, trate de meter un gato adulto en una palangana, preferiblemente callejero o salvaje. Llene el agua de muñecos de goma que saldrán, al instante, como bólidos, y busque secarlo, luego, sin que salpique a su alrededor. Segundo, practique la manera de apresar a un pulpo en una net de voleibol sin que saque sus tentáculos por los agujeros. Y, tercero, tome un enorme melón, sáquele todo el interior y déjele solo un pequeñísimo agujero. Intente rellenarlo de puré de calabaza, con una cuchara sopera que simule un avioncito, corriendo por toda la casa. Cuando le sea totalmente imposible vierta el resto sobre su regazo o desparrámelo sobre el suelo. ¿Salir, con él, de compras? Suelte una cabra montesca en el supermercado y, sin dejarla de seguir con la vista, recuerde lo que fue a comprar, mientras discute con la señora que comenta que qué niño más malcriado.

Finalmente, repitamos la acción, durante los ocho primeros años, con la paciencia de Job y la sonrisa siempre en los labios. Creo que este resulta, sin dudas, un buen ejercicio de aprendices, sobre todo para los jóvenes que, como mi hijo, ya piensan, a tenor de día tan especial como el de hoy, en repetir la increíble aventura de ser padres, aunque nunca lleguemos a la estatura, amorosa y de entrega, de los silenciosos caballitos de mar.

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