Oyendo a Vilma

Autor:

Arleen Rodríguez Derivet

La voz de Vilma vuelve a escucharse en la radio y por un momento la triste noticia desaparece. Son tan semejantes ella y su voz que nadie podría separar al ser de su sonoridad: dulce y firme al mismo tiempo. Elegante y sencilla a la vez. Sin prisa, sin estridencias, sin complicaciones semánticas, sin frases hechas, a pesar de la voluntad didáctica y la lección ética inseparable de su palabra. Su voz es la voz de un tiempo heroico, atravesada por la natural discreción del protagonismo femenino de la Revolución Cubana.

La oigo y pienso en mi madre que de joven se salió de la esclavitud de la casa, gracias a la escuela de Artesanía y Cerámica, uno de los muchos modos en que Vilma hizo crecer la autoestima y la independencia de cientos de miles de mujeres en Cuba.

La FMC conquistó a mi madre a través de aquel programa y del estilo de su Presidenta, que fue líder femenina sin ser feminista y que defendió como nadie los derechos de la familia desde la experiencia y el orgullo de ser esposa, compañera, madre y abuela, sin dejar de ser todo lo que le tocó ser por ir en la vanguardia de un proceso de cambios sociales sin precedentes.

Dice la radio que Vilma Espín ha muerto, pero cuando su voz personalísima inunda el éter, ella reaparece desde el mejor recuerdo. Marta cuenta que la vio por primera vez en el año 63, mientras caminaba junto a Raúl en el entierro de un soldado de la frontera y que todavía la deslumbran el pelo largo y la piel rosada contrastando con el uniforme y el paso firme de la miliciana: «Impresionaba su belleza».

Alejandro, adolescente fanático de la historia, recuerda lo que le contó su abuelo: que Vilma organizó la protesta rebelde por el asesinato de Frank País en Santiago de Cuba, sin miedo a la feroz represión de la dictadura de Batista. Y que la confundieron con una virgen, cuando se tiró del techo de una casa santiaguera mientras huía de sus perseguidores.

Taladrid cuenta lo que Hillary Clinton dijo en su libro: en una reunión continental de primeras damas, la esposa del entonces presidente de Estados Unidos se sentó casualmente a su lado en el bus y quizá sin saber con quién hablaba ensayó una pregunta protocolar: «¿Cómo andan las cosas en su país?». «A pesar de su bloqueo, muy bien, gracias», le respondió Vilma en perfecto inglés.

Todos podemos volver a verla de muchas maneras: con la flor en el pelo y el fusil en la mano, al lado de Celia y Haydée; casándose con Raúl al bajar de la Sierra y luego con sus hijos pequeños; en el trabajo voluntario, cortando cañas, limpiando escuelas, abriendo círculos infantiles, discutiendo derechos familiares, visitando cafetales, abrazando a una deportista o una obrera agrícola, saludando a luchadoras vietnamitas o africanas, dirigiendo un congreso, cuestionándose la calidad de un programa de radio o televisión, exigiendo respeto para la imagen femenina y derecho a la diferencia...

Vilma es mucho más que una voz en una cinta, una imagen en una película o una cita en los libros de historia. Pero todas esas huellas deben ser aprendidas y aprehendidas por las mujeres y los hombres que ya no podrán conocerla personalmente. No dejemos que mueran sus lecciones de feminidad, maternidad, fidelidad, ética, valor, coherencia, autenticidad, firmeza. No descuidemos la singularidad que las mujeres de la Revolución —Vilma en la vanguardia— le han dado a nuestro inconfundible modo de ser... humanos más plenos.

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