El huraco - Opinión

El huraco

Autor:

Luis Luque Álvarez

Nadie sabe cómo apareció. Los vecinos lo descubrieron una mañana, intrigados. No habían escuchado el tronar de ningún compresor, ni el golpe seco del pico sobre el pavimento. Pero ahí mismito, en San Rafael y Marqués González, de rantamplán surgió un hueco. O mejor, un abismo.

Alguno pensó que un asteroide, de esos que caen en campo abierto allá en Australia o en el oeste de EE.UU., había sido el culpable. Se trataba de un huraco con estilo, como los que abundan en un queso Gruyère: perfectos y sin rastros de excavación en torno suyo.

La extraña abertura es, como se colige, «kilométricamente» profunda. Un bromista dijo que, si prestábamos atención y nos esforzábamos un poquito, escucharíamos el rodar de los autos por Beijing. Y no anda lejos de la verdad su chiste. De seguro —porque me he acercado al borde— el desprevenido chofer que no reaccione ágilmente puede acabar manejando en la plaza Tiananmen.

Y como son días de lluvia, cuentan los que han estado cerca durante algún aguacero que justo cuando el diluvio está en su apogeo, emerge del hueco un hedor insoportable. Como si el infierno, que debe estar a algunas cuadras en dirección vertical, revolviera sus mezclas de azufre y aguas albañales y las lanzara como una plaga contra las narices de los que habitan en la superficie. ¡Puaf!

Bueno, cualquiera pensará que exagero —y es verdad— cuando hablo de meteoritos caídos, o de carreteras subterráneas para ir sobre cuatro ruedas hacia el imperio de Kublai Khan. Pero de algo estoy seguro: no demorará el día en que un automóvil caiga en esa trampa y sufra una grave avería, tanto como el susto que se llevarán sus pasajeros, quienes en un santiamén tendrán la cabeza vendada; ni tardará el momento en que, de esa caverna a ras del suelo —a la que algunos ya están arrojando desperdicios—, salgan victoriosas cucarachas, ratas rozagantes, mosquitos bien criados entre las aguas que allí se irán depositando, y quién sabe si hasta víboras y calamares. Es tan espacioso el agujero, que yo no lo dudaría.

El misterio, entretanto, flota. Como también la incógnita de qué están esperando los responsables de mantener en buen estado las calles, para tapar esa creación sin padre conocido. Y claro, habrá quien se pregunte de qué planeta —o asteroide, como el célebre muchacho de Saint Exúpery— viene este raro periodista que no sabe de baches para exigir que taponeen uno más.

El asunto es que no se trata de un simple deterioro del pavimento. No es un bache, sino un fenómeno verdaderamente extraño por sus dimensiones y su peligro.

A veces pareciera que lo normal es que las cosas funcionen mal. «Bah, ¿un hueco en la vía? ¡Qué más da! Hay tantos...». Si esa es la dinámica para resolver las dificultades cotidianas, podríamos plantear aquello de «no te bañes, pues mañana te vas a ensuciar de nuevo». A nadie, que yo conozca, se le ocurriría reaccionar así cuando del cuidado de su persona se trata. ¿Y vamos a admitirlo cuando el asunto es la reparación y conservación de un bien público, como la propia calle sobre la que rodamos y pisamos?

Sinceramente, espero que, antes de ser tragado con zapatos y todo por una pitón, alguien le clausure la posible madriguera. Cierta cantidad de asfalto, relleno y ganas de trabajar, bastarán para ponerle punto final.

Y me despido. Si me ausento por muchos días de estas páginas, los lectores imaginarán en qué paró la cuestión...

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