Contando ocujes...

Autor:

Luis Luque Álvarez

Una mujer, bañada en sudor y cargada de una jaba de esas que, por lo llena, es mejor dejarla abandonada en la acera que llevarla a cuestas, se detiene junto a usted, que va sentado en una guagua. Por supuesto, estoy hablándoles a hombres, y ya prosigo.

La señora peinaría canas, de no ser por las bondades del peróxido, que las disimulan. Algo encorvada por los años, el cansancio y el bulto, no pide nada, pero sus ojos le transmiten un mensaje sin verbos: «¿Se quedará cerca? Ojalá, porque estoy “muerta”».

Entonces usted, que no es telépata, pero que tiene más de dos dedos de frente y un corazón, además de una hermana, una madre y una abuela que merecerían ser tratadas de igual forma, no se demora: «Señora, venga; siéntese». Ella le da las gracias y se deja caer en el asiento. «¿Quiere que le lleve la maleta?», dice agradecida, y usted, por supuesto, se la da con una sonrisa recíproca.

Una buena acción, ¿no? Cortesía elemental.

Hablo ahora con las mujeres. Idéntica guagua, idéntica jaba, igual cansancio y encorvamiento de la persona. Quien va de pie esta vez es un hombre (ah, sin peróxido), y la multitud lo exprime sin piedad. Frente a él, pero sentada, una mujer. Usted misma.

El señor, también algo inclinado por el peso y todo lo demás, tiene que esquivar, además, el pasamanos superior, contra el que los vaivenes de la guagua le lanzan la cabeza más frecuentemente de lo que él quisiera. Y con su jaba ahí, firme, plomiza. Usted, sin embargo, está sentada. Como corresponde. Pudiera ayudarlo, pero no lo hace. Gira el rostro hacia la ventanilla y se pone a contar los árboles de la avenida: uno, dos, tres...

¿Qué pensamiento cruza entonces las mientes de nuestro cargado individuo? Uno muy simple: «Si logro sentarme, la que se quede de pie ¡que arree!».

Así, de un modo tan simple, se engendra la falta de solidaridad. A una acción, su reacción. Y si se siembra marabú, no se deben esperar mameyes.

Recuerdo que, de muchacho, algunas lecciones que aparecían en los libros de texto nos inducían a ser caballeros. Y damas, por supuesto. Sin embargo, ¿a cuántos el tiempo no les ha hecho olvidar aquello de «limón limonero, las niñas primero»? ¿O aquel spot televisivo en el que un jovenzuelo de ánimo dispuesto ayudaba a una anciana cargándole la jaba y asiéndola del brazo para cruzar la calle?

Hoy, si un chiquillo le tomara la jabita a alguna buena señora para darle una mano, quizá el grito de «¡Ataja, ataja!» no se lo quitaría nadie de encima. Nos hemos desacostumbrado tanto a las buenas maneras, que tal vez asustan cuando se presentan.

Ahora bien, los buenos hábitos no han de tener sexo ni edad definidos. El objeto de la cortesía no han de ser exclusivamente las féminas, ni solo las mayores entre ellas. Ni ha de ser el hombre el único ejecutor —y nunca receptor— de una acción generosa. ¿Cederle el asiento o el paso? ¿Ayudarla a cargar una pesada maleta? ¿Servirle el primer plato en el salón de fiestas? ¡No faltaba más, amiga mía! Adelante...

Sin embargo, del lado de acá también hay seres humanos, que necesitan del gesto amable, de la ayuda en el momento adecuado. Tal vez sea ese el mejor modo de enseñar al otro a ser cortés: ejercitándose uno mismo en serlo.

¿Impartir valores? ¿Enseñarlos casi académicamente? Bueno, eso servirá para que los tengamos pulcramente definidos en el cerebro. «La cortesía es la demostración o acto con que se manifiesta la atención, respeto o afecto que bla, bla, bla», repetirá alguno como un feliz cotorrón.

Pero si en un aula, o en la TV, se recitan estas fórmulas como mantras, y después, en la concreta, vamos por ahí sin atender a las necesidades del prójimo —se trate de una anciana o de un joven—, significará que tales valores, en el viaje del cerebro al corazón, no entendieron el mapa y se extraviaron.

Como se perdió la «entretenida» señora que contaba los ocujes de la avenida: uno, dos, tres...

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