Esquinas malditas - Opinión

Esquinas malditas

Autor:

José Aurelio Paz

El grito despertó toda mi adrenalina. Era medianoche. Me asomé a una de las ventanitas de mi atalaya, un pequeñísimo apartamento en el corazón de otra isla del Caribe. Abajo, una muchacha se desgarraba de susto. Un corpulento hombre trataba de violarla o asaltarla... no sé. Pero lo cierto es que un «choler» comenzó a gritarle al tipo, en una lengua nativa que es como un español apocopado y lleno de atropellos, y logró ahuyentarlo. El canalla escapó y la mujer tuvo que tragar en seco para devolver el corazón a su sitio, mientras agradecía a aquel negro indigente, de mirada extraviada y a veces limpia, su valeroso gesto.

Y usted, que navega ahora por estas letras, se preguntará qué es un «choler». No creo que la palabra tenga una definición exacta, aunque en el inglés signifique «cólera», más allá de encerrar el espíritu de gentes sin espíritu a quienes se los ha fumado la droga. Despojos humanos que pululan por las calles como nobles zombis, como jirones del alma.

Pero esos hombres y mujeres no nacieron así, sino que fueron moldeados por el vicio. Ese mismo que asecha, a veces, desde la propia esquina de los colegios cuando un traficante de muerte ofrece a los adolescentes, como inversión para futura clientela, olisqueos de demonio en polvo o chupaditas de yerba verde por precios asequibles. Ahí comienza la dolorosa crucifixión humana propiciada por un poderoso y subterráneo mercado contra el cual no han podido los esfuerzos de muchos gobiernos y organizaciones, frente a un mal organizado que vende un pedazo anticipado de infierno.

Ante la pregunta de qué se siente cuando usted inhala alguna droga, la respuesta es casi la misma: «la sensación de que te vas a otro plano de la existencia donde flotas, donde no existen los problemas, donde la vida, aunque sea de manera imaginaria, la ves color de rosa». Y pienso que ella no hace otra cosa que tejer un camino fácil y errado hacia la búsqueda de una felicidad momentánea que no existe.

Una reciente serie transmitida por la BBC da fe de que, «después de miles de años en la búsqueda de la fórmula mágica, un equipo de neurólogos afirma que la felicidad es el resultado directo de la actividad cerebral, susceptible de ser observada y medida». Y, según ellos, se centra en dos aspectos fundamentales de la vida humana: el deseo y el placer; lo cual lleva a delimitar bien las fronteras entre dos aspectos que tienden a confundirse.

En mi opinión, esas teorías, por muy científicas que sean, desconocen y excluyen de sus niveles de análisis el factor social y la capacidad humana de superación, al remitirse, de manera exclusiva, al plano meramente sensorial y obviar que el ser racional es, ante todo, un cazador de sueños.

Aquí, en esta isla donde ando de paso, dos titulares de primera plana han estremecido por estos días al país; el primero, referido a un joven que metido en el tráfico de la droga para paliar, de manera fácil, sus urgencias de emigrante, apareció «ajusticiado» por una banda que lo dejó tirado en un arrabal... tenía solo 18 años; el segundo, un adolescente se declara como el supuesto asesino de su abuela, porque esta no le dio sus ahorros para poder responder al llamado inaplazable del vicio. Noticias que, casi por costumbre, se diluyen luego en la rutina cotidiana o, simplemente, se obvian para no reconocer la tragedia magna de que, en cualquier esquina, le vendan a usted su propia muerte a precio de oro.

Tengo «sangre» para los cholers. Se me pegan como sanguijuelas, quizá por mi equivocada «pinta» de turista. Algunos son capaces de arrancar de cualquier sitio una puerta de hierro, y caminar kilómetros, para venderla como materia prima. Otros bucean en los latones de basura. Los más emprendedores friegan carros. Pero la mayoría adquiere la «profesión» de lazarillos de pura sangre picaresca que tratan de timar al forastero exigiendo dinero para su «comida», que no es otra que el vicio. Con los días, he aprendido a desarrollar mi propio mecanismo de defensa frente al constante acoso. Cuando me lanzan su abordaje, antes de que digan la primera palabra, les pido yo a ellos un florín. Quedan desconcertados y ladean la cabeza como pensando: «¡Este tipo está más loco que yo!».

Semanas atrás, siempre al atardecer, bajo el foco del alumbrado de la esquina más cercana, comenzó a aparecer un muchacho alto de unos veintitantos años. Se balanceaba constantemente mientras mascullaba, como un disco rayado, algo ininteligible. No pegaba un ojo en toda la noche y yo me desvelaba, mientras pensaba en que yo no quiero para mi hijo ni para mi lejana Isla destino como ese.

Una mañana me levanté y le preparé un suculento desayuno. Se lo empaqué y decidí llevárselo a su esquina. Cuando me acerqué le di los buenos días. No me contestó. Entonces le tendí la bolsa. Levantando la vista se negó a aceptarla y me miró como si llevara acumulado todo el odio del mundo. Y entendí que él no quería limosnas, que todavía tenía algo de decoro intacto y, tal vez, lo que deseaba era una oportunidad para salvarse y comenzar otra historia que no fuese esa.

Nunca más lo vi. La ausencia de su balanceo es una callada denuncia.

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