¿Neomachismo? - Opinión

¿Neomachismo?

Autor:

Juventud Rebelde

De abrojos y cardosanto sabe el camino recorrido por la mujer durante su constante lucha por el logro de una igualdad social tangible frente al hombre.

La figura femenina sintió las injurias propinadas por el desarraigo social, mas no declinó en su tenacidad de surcar el cielo con sus propias alas.

Siglos de enconados reclamos dieron como fruto un escaño cada vez más cercano al podio reservado por antonomasia al «sexo fuerte». Pero, ¿acaso este espacio conquistado se mantiene libre de dobleces y malas jugadas?

Recientemente se celebró una de las fiestas más populares del país: los carnavales santiagueros. Fueron la ocasión perfecta para comprobar el efecto corrosivo de la pérdida de algunos valores que convierten las potencialidades de la mujer, en la esfera social y familiar, en piedras que caen como artillería pesada sobre los techos, elaborados con fino cristal de Bacará, de nuestro entramado social.

Ante la solicitud de una fémina de tomar la preferencia entre la mayoría masculina para adquirir una cerveza dispensada, se impuso la negativa rotunda, calzada de inmediato con un argumento increíble: «Las mujeres ya tienen los mismos derechos que los hombres, por lo tanto, también les toca hacer esta cola».

Y a esta acotación, manchada por la descortesía, siguieron expresiones como: «¡Si ya las mujeres hasta levantan pesas y son boxeadoras!».

La irreverente observación no constituye un hecho aislado. Llueven los ejemplos de este y otro tipos a lo largo del país entre las más variadas edades.

Basta acercarse a una parada de ómnibus para observar con tristeza cómo algunos echan a puntapiés la caballerosidad, el respeto, el humanismo y tantos otros valores imprescindibles para la vida.

¿Acaso no es esta una señal que apunta hacia la urgencia de tomar con ambas manos las riendas de determinados asuntos que amenazan las conquistas de nuestra sociedad?

Una buena parte de los hombres —diríamos que la mayoría—, honra con su actitud cotidiana la versatilidad de esa mujer que es madre, esposa, compañera y amiga. Pero lo que hoy se revela como estertor de unos pocos moribundos de espíritu y de conciencia, de no ser interpretado y juzgado en toda su trascendencia, pudiera tornarse mañana en ráfaga huracanada.

No pueden verse únicamente como excepciones ciertas apreciaciones equívocas, solo permisibles, por tanto, como complemento de la regla. Han de mirarse como lo que son: un indicio inquietante de descomposición y pérdida de valores.

Como tal hay que salirles al paso, y en ese empeño estará como siempre la mujer, orgullosa y decidida a no dejarse arrebatar ni un palmo de sus conquistas, aunque para ello tenga que volver a desbrozar el camino, plagado de abrojos y cardosantos.

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