¡FULL!

Autor:

Juventud Rebelde
Muy a propósito, las siglas del Festival Universitario del Libro y la Lectura nos remiten al muy extendido «full» que desde hace algunos años dejó de ser propiedad exclusiva de la lengua inglesa para mudarse en palabra común en boca de los hablantes más diversos, lo que pudiera escandalizar a algunos puristas. Lo innegable es que, al ser vocablo adoptado, los rasgos culturales de cada región le han cargado con nuevos matices insospechados para un registro lingüístico de ley.

El término, no le neguemos su buen salero, tañe bien por cuanto exhibe de preciso, tiene agarre porque fácilmente dibuja en la mente esa idea de frescura y plenitud que tal vez justifique la aceptación de quienes realmente tornean la verba real, y no estoy pensando en academias, no. Full, en inglés, significa lleno pero además podría traducirse como pleno, detallado, íntegro. El español, nuestro idioma, bien puede suministrarnos vocablos de una versatilidad similar pero entonces ya no podríamos asociar dos imágenes tan lúcidas —de cierto modo geniales— como esta de hacer coincidir las ideas de gozo y perfección —recordemos que fullfilled significa satisfecho, y fullness, plenitud, así como full well perfectamente— con esos otros cuatro términos no barajados al azar: festival, universidad, libro y lectura.

El último de ellos, que al quedar a la zaga de la frase pudiera parecer el menos importante, es sin dudas el centro de la idea mayor, la variable que de faltar restaría plétora a la corriente de sentido sugerida por la locución inglesa que ha derivado de tan castellanas reverberaciones.

Lectura y festival, reconozcámoslo, son dos significantes unidos por el asombro que ellos mismos generan al confluir desde lugares distintos a un nuevo significado. Veamos que, aunque de hecho la incluye, no se trata de feria, libro y literatura, sino de lectura, así de sencillo y complejo a la vez, porque FULL, pudiendo haber integrado a aquella otra sin dificultad, puesto que «eles» le alcanzan (no le sobran), optó por el todo y no por la parte. A este festival le pertenece la literatura, sí, es evidente por los cafés literarios, por los propios libros y los autores que la visitamos, sin embargo, no es la literatura todo su centro sino la lectura, el acto donde se realiza en toda su integridad aquella, pero también la filosofía, la historia, el pensamiento científico; y es así porque este festival en modo alguno intenta reproducir aquellos espacios tradicionales donde el vedetismo intelectual termina por desplazar los verdaderos propósitos de un evento de libros, sino, por el contrario, estimular el conocimiento por sobre los fuegos de artificio.

Sostengo lo dicho en dos hechos concretos que no puede ignorar quien visita la sede del festival: un gran salón, tal vez el más grande de cuantos se han diseñado desde el comienzo de estas iniciativas, con más de dos mil títulos, todos en moneda nacional; y una discreta batería de computadoras para descargar, de manera gratuita, más de seis gigas de libros en soporte digital. ¡Señores, hablamos de todos los libros, todos! Las lecturas, sí, en el café, donde la bebida también es en moneda nacional así como los cocteles en aquel otro rinconcito del pabellón, tan bien concebido, tan pleno de gracia, que te hace pensar que cuanto debe perpetuarse solo por una docena de jornadas bien pudiera permanecer por siempre. ¡Ojalá!

Este FULL es festival, es fiesta, y es feria, celebración; es jolgorio. Para los cubanos, asociar estos significados al libro, al menos en Cuba, debido a los múltiples «febreros» que el Instituto Cubano del Libro multiplica durante todo el año, no requiere de un proceso mental complejo aunque sí para ciertos visitantes foráneos (y también para algunas mentecillas febriles que pululan en nuestro patio) para muchos de los cuales feria más libro solo son una variante «cultural» de la palabra «comercio», y no digamos cuando libro, festival, lectura y universidad van juntos, entonces ya no traducen, no pueden ser traducidos, como comercio y dinero sino como pensamiento y, por tal motivo, como subversión, sobre todo desde aquel septiembre de Nueva York en que toda ideología fuerte, quiero decir discrepante, cayó bajo sospecha de terrorismo.

Pero, no sé si lo recuerdan en la dimensión que realmente alcanzó con respecto a la educación y la cultura, tuvimos un tiempo de grandes carencias materiales en que prácticamente desaparecieron los libros y los festivales como estos, entonces hubo peregrinos que soñaron, unos desde el norte y otros desde Europa (¡tanto le temen a los libros!), un absurdo bombardeo de lecturas, disfrazado en ladinas donaciones, que diera al traste con la Revolución porque, supuestamente, en Cuba estaba prohibido leer. ¿Y ahora, frente a esta campaña nacional de lecturas en plazas y universidades, qué pueden argumentar? No sé, creo que por esta vez los hemos dejado «full», demasiado «full», pero nada que tenga que ver en ellos con la «satisfacción» por una fiesta única de su tipo en el mundo, sino con el hartazgo de quedarse nuevamente con los brazos cruzados.

*Joven escritor cubano

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