De los libros y la universidad nueva - Opinión

De los libros y la universidad nueva

Autor:

Juventud Rebelde
Hace pocos días, en una capital latinoamericana, un amigo escritor me llevó a una librería. Era un recinto pequeño, tibio y bien iluminado. A diferencia de otras instituciones de ese tipo, además de los inevitables best sellers, en sus colmados estantes se alineaban textos muy apetecibles: su catálogo incluía lo mismo a Harold Bloom que a Lezama; convivían allí los ensayos de Derrida con los diarios de Virginia Wolf. Pero aquel paraíso acogedor tenía un inconveniente: los precios.

Entre el libro deseado y nosotros se levantaba, inexorable, la barrera del mercado. De nada valía nuestra condición de intelectuales, tales arcas solo se abrían ante cifras nada exiguas de dólares norteamericanos. Era la perfecta traducción de aquellos jardines, donde el rey Tántalo fue condenado a morir de hambre y sed.

Apenas unas horas después, pude hablar de ese mal recuerdo a un auditorio privilegiado. Estaba —en una noche más bien fría— en la residencia destinada a los Profesores Generales Integrales, en el municipio de Boyeros, en un encuentro coordinado dentro del Festival Universitario del Libro y la Lectura. El día había sido intenso para los miembros del auditorio, también para el disertante, pero en el salón abarrotado, a la disciplina ejemplar se unía una expectación también asombrosa. No todos los días ellos podían encontrarse con un escritor.

Confieso que ya ante los espectadores, decidí cambiar todo el plan. Había pensado leerles algunos de los poemas que yo había escrito en mis tiempos de becado universitario y explicarles un poco de mis preocupaciones en el oficio. A última hora, preferí hablarles de los placeres y las virtudes de la lectura, del libro como objeto bello y útil, de lo que nuestra existencia puede ganar cuando se apropia de un libro.

Les conté mi experiencia reciente en aquella librería distante y la comparé con esa gran verdad en la que vivimos, como el pez en el agua: residimos en una isla donde los libros son los más baratos del mundo y las oportunidades para la lectura nos persiguen de manera absolutamente gratuita, por lo que despreciarlas es un crimen.

Los buenos auditorios se distinguen por el número de inquietudes que sus miembros manifiestan una vez que el disertante cree que puso el punto final. Este fue de los mejores: unos inquirían por los temas que podían asaltarme como escritor, otros querían saber de los misterios del mundo editorial o de la vida —que les parecía más bien exótica— de los que nos dedicamos al oficio de las letras.

En un momento determinado, alguien levantó hacia la luz una carpeta: era un cuaderno de poemas manuscritos de uno de los profesores presentes, quien buscaba ayuda para su corrección y posible publicación. Allí mismo fue puesto en manos de una editora que podría responder todas sus inquietudes.

Confieso que no fueron los aplausos lo más emotivo para mí de esa noche, sino la posibilidad de entregar a aquellos muchachos la donación de 302 títulos para engrosar la biblioteca de aquella residencia, sobre todo cuando descubrí que algunos de ellos pertenecían a las mismas ediciones que me habían sido vedadas en aquella capital latinoamericana. Estos jóvenes leerían sin traba alguna a Cervantes, Balzac, Wilde, Poe, Baudelaire y hasta al Marqués de Sade, sin preocupaciones económicas ni censura, se abrirían a los versos de Borges o a las peripecias de Huck por el vasto Mississippi, como expresión de una pedagogía abierta y generosa. Lo que Lezama llamara el «Curso délfico» se hacía ahora realidad palpable para muchos.

Otros escritores podrán contar lo que vivieron en oportunidades semejantes durante este evento. Por mi parte confieso que para mí resultó muy útil: pude desembarazarme de esos pequeños prejuicios que a veces alentamos sobre esos muchachos abiertos y generosos que se han entregado a una tarea que en ocasiones parece superar sus fuerzas, pero cuya labor algún día será valorada como heroica. Ellos merecen nuestra atención y una parte de nuestro tiempo para ayudarlos a crecer en cultura y sabiduría.

Al salir de aquella residencia sentí que me acompañaban las sombras familiares de Rousseau, Víctor Hugo y Martí. Ellos hubieran amado estos encuentros, expresión de la más alta enseñanza. La auténtica feria del libro es la que se hace universidad ella misma, sin creer en imposibles, ¿verdad, Lezama?

*Poeta, investigador y miembro de la Academia Cubana de la Lengua.

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