Retos y desafíos de un macroevento

Autor:

Juventud Rebelde
La Fiesta de la Cultura Iberoamericana, que en la última semana de octubre tiene como sede la bella ciudad de Holguín, con su novelesca Loma de la Cruz, la histórica Periquera y el sugerente café Las Tres Lucías, es un evento singular entre los que se celebran con esa naturaleza en nuestro país. Este año fue prestigiado, además, con la presencia de uno de los más grandes cantantes latinos, el boricua Andy Montañez, siempre comprometido con las mejores causas de su pueblo y de América Latina.

En mi caso, se trató de la primera visita a la también llamada Ciudad de los Parques, y de esta experiencia académica y humana me gustaría resaltar su carácter ecuménico, y el descomunal esfuerzo intelectual desplegado para aunar reflexiones sobre diferentes temáticas, que abarcan desde un Congreso Iberoamericano de Pensamiento (que integra cuatro foros donde se abordan cuestiones de historia de las ideas, estética, integración y biodiversidad) hasta coloquios de literatura, presentaciones de audiovisuales, conciertos y descargas musicales, conferencias, representaciones teatrales, pasacalles, ferias de artesanía, promociones de libros y un sinnúmero de acciones culturales que dejan sin aliento a quien pretenda tener una idea somera de lo que acontece.

Quizá el exceso de propuestas conspire un tanto contra la organización y finalidad de algunos de estos hechos, por lo que sería deseable una revisión del programa para próximas ediciones, a fin de no hacerlo tan exhaustivo y ganar en concreción y hondura en los temas sugeridos. Otro asunto que no debería dejarse a un lado sería el de lograr una mayor participación de la población holguinera en las actividades, pues debe ser anfitriona y protagonista de un suceso que involucra a toda la sociedad.

Sin embargo, no es esta dispersión o la ausencia de público, más allá de los participantes inscritos, lo más censurable en este loable empeño, sino la contradicción manifiesta entre las aspiraciones redentoras, cultas y antihegemónicas de las ideas discutidas, y el lamentable espectáculo ofrecido como colofón a los delegados a este macroevento, con la visita a cayo Bariay, el lugar donde tocó tierra cubana el Almirante Cristóbal Colón, el 28 de octubre de 1492.

Desde la controversia campesina «grabada» en Fray Benito, hasta el falso ritual del desembarco con supuestos aborígenes que llegan hasta la playa tripulando un moderno auto de turismo, ataviados con plumas y ajuares anacrónicos, toda la ceremonia rezumó el estilo de una representación grotesca y de mal gusto, afincada en estereotipos colonizadores y sin el menor pudor histórico. La hispanidad mal entendida y peor actuada de este suceso, ya se nos había anunciado de algún modo en la gala de apertura, con sus canciones dedicadas a inverosímiles corsarios y piratas y sus enfáticos «aires» ibéricos.

Creo que la Fiesta Iberoamericana de Holguín es un acontecimiento que, por su tradición y magnitud, debe servir como estímulo al pensamiento inteligente, a la lucidez intelectual y a plasmar los mejores valores de las culturas de Iberoamérica, sin dedicarle protagonismo especial a las metrópolis de antaño. Sería injusto desaprovechar este escenario en alegorías fútiles y homenajes vacíos, que solo ayudan a la seudocultura de la dominación y hacen poco favor a la verdadera y trascendente creación de los pueblos.

Hago votos porque la Fiesta Iberoamericana de Holguín prosiga un camino ascendente, y porque la ceremonia del 28 de octubre en Bariay se interprete según la máxima martiana: «Lo que importa no es sentarse con los frailes, sino embarcarse en las carabelas con Colón».

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