Juventud Rebelde - Diario de la Juventud Cubana

Bofetón

Autor:

Luis Luque Álvarez
La bofetada es, por estas latitudes, una de las formas acostumbradas para dirimir una querella. A diferencia de otros escenarios, donde una frase basta para poner en su sitio al adversario; o de otras épocas, en las que un guantazo en el rostro limpiaba el camino hacia el campo del honor, el temperamento criollo le ha reservado un lugar a este, digamos, «método rápido para la resolución de conflictos» (aunque a veces, lamentablemente, suele traer segundas partes).

Pero no es de golpes entre enemigos que quiero hablar, sino de algo mucho más delicado. Ayer escuché la frase: «Te voy a dar tremendo perro gaznatón», y por curiosidad natural, me volteé a ver quién era el posible destinatario del ataque.

Era un niño...

Quien amenazaba con el dedo era nada menos que su madre, molesta porque el muchacho se había tomado hasta la última gota de paciencia que a ella le quedaba. Todos los días regresaba con el uniforme sucio, pues seguramente, como aquel clásico regaño que todos alguna vez escuchamos, limpiaba con la camisa el piso de la escuela. Cuando se tienen seis años, la imaginación se toma la frase en sentido literal, así que no es extraño que venga la carcajada. Yo también solté las mías.

Ahora bien, ¿se merece alguien, por ese motivo, «tremendo perro gaznatón»?

Dejo a consideración del lector si es factible aquello de «hoy vas a dormir caliente», o la advertencia de que «si sigues fastidiando, te voy a dar un cocotazo que todo el mundo se va a reír, menos tú». Hay métodos y métodos, aunque entre ellos la violencia nunca ha sido el más exitoso. Conozco individuos que, cuando niños, jamás fueron tocados por una chancleta, pues una mirada severa bastó para llamarlos al buen comportamiento.

Y por supuesto, sé de muchos otros que recibieron su nalgada —me incluyo—. La corrección es necesaria, pues el ser humano debe aprender a conducirse entre sus semejantes, a respetarlos, a entender que no se lo merece todo, que tiene deberes, obligaciones, y eso no siempre se logra con una sonrisita chaplinesca. Solo que amenazar con un bofetón atómico —las palabras «tremendo» y «perro» dan un pronóstico bastante acertado de lo que se le viene encima al niño— está fuera de cualquier manual pedagógico.

En realidad, ignoro si la amenaza se cumplió. Espero que no. Golpear en el rostro a un ser que todavía no comprende muy bien el mundo, ni las consecuencias de sus actos personales, puede ser apabullante, demoledor. Pero si se añade que quien propinó la bofetada fue aquella persona por la que él debe sentirse más protegido, pues bien estamos: Si mamá falla, ¿de quién podrá sujetarse? ¿Cuál será la roca a la que agarrarse con entera confianza?

Prefiero ser incluso algo más optimista. Supongamos que no hubo represalias físicas. ¿Dónde queda la frase «tremendo perro gaznatón»? Con seguridad, no en el aire. La carga de desprecio que puede llevar en sí, es demasiado grosera como para disparársela a nadie, ¡mucho menos a un menor de edad! ¿Y cómo decírsela al fruto de su vientre?

Luego, si el joven es violento, pendenciero; si desprecia a las personas mayores, si «no las piensa», nos encogemos de hombros: «¡¿Pero dónde aprendió eso?!». Oh, muy cerca, señora. ¿Qué tal un ejercicio de memoria?

El bofetón, del que ella quizá no se acuerde, estará allí, frío e hiriente, en las entrañas de su hijo, que ya ni se acuerda de que alguna vez, en su retozo, limpió con su uniforme los pisos de la escuela.

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