Cena de Navidad para Bush - Opinión

Cena de Navidad para Bush

Autor:

José Aurelio Paz

«Si nuestro querido, amado y adorado presidente George W. Bush fuera mañana a comer a tu casa ¿qué le pondrías a la mesa?» Tal pregunta puso un cibernauta, en su página personal, la víspera de la pasada Navidad. La respuesta ganadora la dio una norteamericana camuflada bajo el seudónimo de «Potota»: «Posiblemente su comida preferida. Le trataría con el respeto que merece un dignatario. Mi mejor vajilla. Y decoraría toda mi sala con las fotos y las caras de los muertos en esta estúpida guerra. Las fotos de todos nuestros muchachos, destrozados y mutilados, fotos de todos los pueblos destruidos y de toda la miseria humana que provocan las guerras. Fotos y más fotos de hombres, mujeres y niños sin hogares, sin agua, sin comida, sin asistencia, a la intemperie... Si luego de ver todo esto aún le quedara lugar para el postre, estaré convencida de que esta noche abrazará a su osito de peluche y dormirá tranquilo.»

Tal pareciera que el pobre hombre nunca podrá tener una Navidad en paz. Siempre alguien le amarga la cena. Fue el Nobel Pérez Esquivel quien, en el 2005, le atragantó el bocado de Nochebuena con aquella carta abierta donde decía que no podía felicitarle, no porque él no quisiera, sino porque Bush lo hacía imposible. «Creo que usted, Señor Presidente, necesita mirar su obra, evaluar lo actuado; su política de devastación y muerte que ha generado hasta el momento en varias regiones del mundo...» Para concluir después: «Me pregunto a qué Dios le dedica sus plegarias. Dudo que sea al Dios de la Vida, de la Paz y la Esperanza. Creo que Dios al escuchar sus plegarias se tapa los oídos para no escuchar tantas mentiras y crueldades.»

Es ahora el mítico y legendario Billy Joel quien le echa agua a su sopa con una canción que promete ser, más que todo un éxito, la denuncia de una política loca; no hay otra palabra. El afamado piano-man acaba de lanzar su Christmas in Fallujah (Navidades en Fallujah), un canto a la soledad del soldado desde el desolador paisaje de una de las ciudades iraquíes que más ha sufrido los horrores de esa guerra.

La canción, que fue estrenada por el joven intérprete Cass Dillon, tuvo su premier en un espectáculo donde el coro lo hizo un grupo de artistas vestidos de soldados. Su letra, tejida con una fina ironía, es la voz de un recluta que siente el cansancio, el frío y la soledad del desierto en una noche donde debiera estar con su familia, pero, a la vez, se consuela diciendo «Nosotros somos los legionarios de Roma que hemos venido a salvar esta Tierra Santa»; y afirma: «No hay justicia en el desierto porque no hay Dios en el Infierno...»

La poeta venezolana Yury Weky ha escrito: «Fallujah suena a música para soñar, suena a pinceles mojados de rosa, tiene olor de especias. Fa... llu... jah, qué hermoso nombre para cantar, para pronunciar. Su sonido musical nos lleva a imágenes arcádicas. Al nombrarla, pareciera que hablamos de conciertos. Eso solo es imagen acústica decodificada en la distancia por la armonía que produce al oído. Fallujah es otra cosa: cuerpos destrozados, rojo en las calles por la sangre derramada, familias exterminadas que gritan y sus gritos estremecen el planeta, es la palabra injusticia que muerde, es la palabra invasión que roe el aire, casas, techos, museos, estalla en cuerpecitos de los niños. Niños con la pregunta dibujada en los ojitos muertos que preguntan a cada habitante del planeta: ¿qué hice a Bush, a los norteamericanos para que me desalojaran de mi Fallujah tan pronto?»

Sin dudas, la canción de Billy Joel será otro hueso de pavo atravesado en la garganta del presidente, una sensación extraña de bazofia en la boca que hace rebelarse hasta a la dócil saliva. Sin dudas, a pesar de los champanes y caviares de la Casa no tan Blanca, no tan pura, en este 24 de diciembre, la cena del presidente será un amargo puchero que tratará de imitar una sonrisa frente a las cámaras de la prensa, quizá mientras el gran Billy le martille en la conciencia, como humilde minero, aquella antigua frase de: «Toca otra vez, viejo perdedor/ haces que me sienta bien./ Es tan triste la noche en que tu canción/ sabe a derrota y a hiel». Agregándole, ahora, esta nueva y dolorosa cinta fúnebre que, derramada cual finísimo e irónico óleo, clama como denuncia cantada: «Un mar de sangre en Bagdad, un mar de petróleo en la arena»... «Navidad en Fallujah, ¡Aleluya!».

Comparte esta noticia

Enviar por E-mail

  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares, ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los que incumplan con las normas de este sitio.