Un cubo de esperanza

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Volvió Cuba de la Caridad como un regalo de fin de año. Sí, la insólita mujer que traje a estas páginas en noviembre de 2003, retornó para besarme ardientemente, como si el mundo fuera a agotarse. Trajo sabor a caimito en esos labios, que no cesan de dibujar confesiones e inventarios vitales.

Trémula ahora, juguetona después, derrama penas y alegrías sobre un rincón, por los que ya no están, y por quienes vendrán; pero sobre todo por los que somos y estamos. Cuba de la Caridad salpica ya el 2008 con sus historias, y anticipa la Letra del Año descifrando caprichos y volteretas de los caracoles lanzados al augurio.

Bajo el vestido amarillo, arde su piel un poco más ajada, firme aún. Pide mucha salud y desenvolvimiento para sus hijos. En sus sueños los colma de bendiciones, y con ellos se va su santa, aunque le cueste morir. Sus niños son los Cuba, y a nadie se parecen, de traviesos y nobles. Son los muchos que se hacinan en la estruendosa casa donde «nadie se va a morir, menos ahora...» porque hay familia para rato.

Me cuenta que, aun cuando ha tenido algún respiro y cierta mejoría en estos años, su vida sigue complicada, hecha a retazos y resistencias. El monedero sigue tenso, para repartir entre tantas bocas. Pero no hay tiempo para lamentarse ni llorar, porque entonces la vida te coge el lomo. Hay que salir todos los días a vencer los infortunios.

Hace unos meses, sus hijos se reunieron para decirle unas cuantas verdades. Sin lastimarla, pero verdades al fin, de lo que anda mal en el hogar. No los regañó, porque mejores no pueden ser, aunque de vez en cuando hacen de las suyas. Y porque ella misma los educó y los enseñó a pensar. Les escuchó y habló con el corazón. Pidió que dijeran todo lo que les molesta en el caserón, desde sus métodos «maternalistas» a veces mandones y dogmáticos, hasta esos tarecos inoperantes, que se atraviesan al paso y afean el hogar. E hicieron un inventario de todas las fisuras y rendijas de la casa, de las filtraciones y las grietas en las columnas. Abrieron bien las ventanas y desempolvaron, aunque el vecino de enfrente no les quita la vista ni un minuto.

Todavía andan botando basura acumulada, «cogiendo» muchas mentiras en las paredes. Pero la reparación no puede ser de ahora para ahorita, ni con una varita mágica como en los cuentos infantiles. Cuesta Dios y ayuda... de toda la familia.

Ahora está con sus hijos lavando los trapos sucios en el patio, no importa que el vecino envuelto en billetes los esté observando y midiendo. Ese vecino que la hostiga y ofende porque la desea, y ella no cede ni cae en sus brazos, por más promesas o monedas que le pinte. No le gusta y punto. Ella es una mujer independiente. Pobre pero libre.

Por estos días, anda haciendo recuentos y proyectos, entre sinsabores y alegrías. Mucho pensamiento positivo, pero no al extremo de que paralice sus brazos cuando hay tanta maleza en su patio. Sí, porque como la mesa está difícil para tantas bocas, anda pensando ya en otra reforma agraria en ese patio, a ver si a la tierra le da por parir de verdad, y sus hijos se estimulan en la labranza de los mejores frutos, esos que nacen sanos, sin tantas plagas malignas que andan por ahí, corroyéndolo todo.

Me deja en un éxtasis Cuba de la Caridad y promete que volverá. Ahora se embellece para recibir el nuevo año con sus niños. Será un alto para quererse más, amanecer un 2008, y volver a las rutinas, las alegrías y los sinsabores. Será un año para responder las inquietudes de sus hijos. Por lo pronto, mañana baldeará su caserón, para limpiar su vida de todo lo feo, lo más posible. Y a las 12 de la noche lanzará su cubo de esperanza.

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