Árboles y geografía

Autor:

Rosa Miriam Elizalde
Hace algunos años, cuando hice el servicio social en las montañas de Holguín, un ingeniero forestal me explicó el dramático avance del marabú en cada incendio de los bosques. Teníamos frente a nosotros el fuego y sentíamos el quejido de los pinares abrasados. Lloraban los pinos mientras sus troncos se iban abriendo en capas como pasteles de hojaldre. Sin embargo, el fuego no avanzaba y podíamos contemplar la escena porque cerca de nosotros también se producía la defensa del ocuje, de la yagruma y del júcaro amarillo, árboles de mayor tamaño, duros y estoicos, que aguantaban la adversidad, cubriendo a sus compañeros como una legión suicida de la retaguardia.

He recordado todo esto conversando con Alejandra sobre geografía de Cuba. Mi hija la ha estudiado por un libro en el que la Sierra Cristal es apenas un punto en un mapa que seguramente olvidará, porque ni siquiera se examina para entrar en el Preuniversitario de Ciencias Exactas, al que aspira. Me preguntaba qué podría llegar a ser la enseñanza de la geografía si se vinculara a la lucha de las especies, a la conquista de los mares y los continentes —la Sierra Cristal, por ejemplo, vio llegar a Cristóbal Colón—, a la historia del ser humano patéticamente unida a las condiciones terrestres.

No es un imposible. Estoy recordando ahora mismo a maestros que alcanzaron a transmitirme zonas reconocibles de memoria sentimental y una historia que no resultaba una mecánica (inútil y triste y justamente olvidable) retahíla de nombres y fechas, sino el formidable fresco de naciones que se levantaron sobre sus propias precariedades, como Venecia de sus pantanos para lanzarse a la conquista de su grandeza.

¿Es tan difícil imaginar lo cercana que puede ser la enseñanza de la geografía si se le une a la historia del hombre contra las fuerzas naturales? Una geografía así, vinculada a la historia de la especie humana, no es ni inútil ni olvidable colección de puntas y cabos, golfos y montañas y mares, sino una viviente y emocionante aventura.

¿Cómo no vincular la geografía nuestra al Diario de Campaña de José Martí, por ejemplo? Difícilmente olvide al río más caudaloso de Cuba quien lo salude como lo hizo, gozoso, Máximo Gómez y contó Martí en su Diario: «“¡Ah, Cauto —dice Gómez—, cuánto tiempo hacía que no te veía!”. Las barrancas feraces y elevadas penden, desgarradas a trechos, hacia el cauce, estrecho aún, por donde corren, turbias y revueltas, las primeras lluvias».

No hay poeta del siglo XIX cubano, desde Heredia hasta Julián del Casal que no haya celebrado nuestra geografía, porque «los campos parecen dar la lección de dignidad al hombre», como advierte Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía. ¿Será tan difícil promover el asombro, madre de toda sabiduría? ¿Qué impide ir más allá de un punto en el mapa y dejar que los adolescentes lo reconozcan —y se reconozcan— en el dolor de un pino, el paso de la carabela de Colón, un poema o la mirada de Martí, para quien nuestro paisaje, el antillano, era de «genial moderación»?

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