¿Jarabe tres veces al día?

Autor:

Juventud Rebelde

Lo escuché en una reunión entre paredes, de esas «importantes»; y me quedé pasmado: «El valor de la laboriosidad no está al por ciento que nosotros queremos, pero con algunas tareas que hemos orientado esa situación se resolverá».

La frase venía de una muchacha veinteañera, dirigente en la llamada base. Y la lanzaba al público rociada de aplausos, con orgullo y vanagloria, como si con aquel método novedoso se estuviera tragando al mundo.

Su enunciado, en contraste, denota dos grandes barbarismos: ni los valores se pueden calcular con cinta métrica o una báscula; ni tampoco se fomentan en las personas a fuerza de recetas prefijadas.

Pero el asombro no me germinó por el dislate de la joven, sino porque antes ya había escuchado, en espacios abiertos o cerrados, expresiones parecidas, en las cuales se da por sentado que la ausencia de los mejores sentimientos humanos se logra curar con un jarabe teórico cada ocho horas; es decir, tres veces al día.

Ella no es la única en Cuba que considera los valores como gélidos conceptos encartonados, desprovistos de subjetividades, fáciles de recitar.

A veces, en el deseo de encontrar caminos y fórmulas para el bien, pecamos de ridículos. O nos convertimos en afiebrados atizadores del absurdo, capaces de transmitir la imagen de que nos han raptado el cerebro y somos simples entes mecánicos.

Para establecerse metas y propósitos es imprescindible —primero— pensar. Llegar a la conclusión definitiva de que la vida siempre conserva una propiedad cualitativa, desligada de cualquier marasmo porcentual.

El problema, no obstante, tiene numerosos abrojos y matices. ¿Sería prudente dejar de hablar de la necesidad de las virtudes para las personas? ¿Cómo cultivar valores sin perdernos en el laberinto de ingenuidad en que se extravía la muchacha del principio de estas líneas? ¿De qué manera podemos «regarlos» con buena agua en un tiempo de sequía, nacida de difíciles condiciones económicas?

También luce complicado convencer a un pepillo que coloque en un punto secundario la ropa de marca cuando por la misma televisión recibe una lluvia de patrones consumistas o cuando sus amigos lo califican de «cheo» y lo relegan por no vestirse como ellos.

Por suerte, decía un trabajo periodístico publicado en estas páginas, en este país aún existe una familia que, como institución formadora, no ha perdido su vigor moral; y hay un mar «de ejemplos positivos en la historia, sobre todo en aquellos que fundaron y ensancharon la nación». También vive todavía el legado pedagógico de otro tiempo; a pesar de las numerosas erosiones que ha sufrido nuestra escuela.

En las avenidas que trazan esas fortalezas debe radicar el tránsito para la salvación de los llevados y traídos valores, siempre necesarios. Claro, hace falta originalidad creadora, huir de los calcos, usar la mente y enfilar la vista a la transformación del medio material, porque el propio Enrique José Varona nos alertó que los valores no se fundan en abstracciones, han de prender en las realidades.

Y, por supuesto, no es cosa fácil, como coser y cantar, o como ingerir tres simples cucharaditas diarias de jarabe.

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