Asaltar La Bastilla de la historia

Autor:

Ricardo Ronquillo Bello

La anécdota es repetida en los cuarteles militares y, aunque nunca averigüé su certeza histórica, siempre se me quedó como un dibujo nítido del peso de la Cuba seudorrepublicana en el escenario mundial.

Cuentan que el país le había declarado la guerra a la Alemania fascista, y que el dictador Adolfo Hitler, por mucho que lo intentó, no logró encontrar en el mapamundi a su nuevo contendiente. Quien se unía entonces al eje antifascista era solo un grupo de islas perdidas en la inmensa cartografía mundial.

Difícilmente le ocurriría lo mismo a los representantes de la «posmoderna» dictadura totalitaria universal. La Cuba liderada por Fidel Castro dejó de ser hace rato la llave de las Antillas, como geográfica y simbólicamente se ubica en el escudo nacional, para alcanzar dimensiones realmente más estelares.

Puede afirmarse que bajo su conducción Cuba asaltó La Bastilla de la historia mundial, cuyo recuento de los últimos 50 años sería imposible sin referirse a este minúsculo espacio planetario.

Los arrestados jóvenes rebeldes que bajaron de las montañas de la Sierra Maestra en medio de un terremoto de pueblo, dieron una dimensión inusitada a la conquista de la libertad y la justicia, en los convulsos inicios de los años 60, cuando ya el estalinismo y otros errores habían mellado bastante el modelo socialista establecido en la Unión Soviética.

El ideal llegado por vez primera al occidente del mundo por intermedio de estos irreverentes y sorprendentes barbudos, confirió nueva energía al ansia liberadora de los pueblos. También al modelo que años de culto a la personalidad, burocratismo, inercia y presiones para aniquilarlo habían desfigurado a escala universal.

El socialismo como referente de emancipación humana ha tenido dos renacimientos de la mano de los revolucionarios cubanos dirigidos por Fidel. El primero tras el triunfo de la Revolución y la declaración de su carácter socialista, y el segundo después del derrumbe del sistema en Europa del Este y la URSS.

La resistencia asombrosa del país ante el más grave golpe moral al socialismo y la más dura encrucijada de nuestra patria, fue como la flecha del valiente Robin Hood atravesando el escudo fukuyamista del fin de la historia, y como los maderos que, tomados por los movimientos sociales, reanimaron la llama de la reconstrucción de la izquierda en América Latina.

Pero la historia efectivamente no acaba aquí. Aún la Revolución Cubana tiene desafiantes pruebas por vencer, entre ellas las del estigma que carga el socialismo sobre la dependencia histórica de sus líderes, además de otras no menos retadoras.

Estas no terminan con la decisión de Fidel anunciada esta semana de no aceptar su postulación a la jefatura del Estado, en el preámbulo del último paso de nuestro proceso de elecciones generales.

En realidad el examen mayor aún por delante en el infinito camino de la Revolución lo delineó el 17 de noviembre en el Aula Magna de la Universidad de La Habana —a los 60 años de su ingreso a ese recinto— cuando alertó que la Revolución podía autodestruirse como consecuencia de sus distorsiones y errores.

El dilema que supone semejante encrucijada se acrecienta después del Mensaje del Comandante en Jefe hecho público el martes último. En una circunstancia histórica excepcional el país y su liderazgo, estarán junto al pueblo ante el tablero de ajedrez sobre el cual tendremos que plantearnos y acometer las mil jugadas que conduzcan a la irreversibilidad del socialismo.

Ello es solo posible con el salto dialéctico también referido por Fidel en sus reflexiones de esta semana, de manera que impulsemos la voluntad de la sociedad hacia el porvenir, y no hacia el pasado como pretenden los enemigos de la nación cubana.

Nadie como los revolucionarios de esta isla están fogueados para tamaño empeño, y su respuesta madura ha sido conectar el nuevo escenario con la prueba anunciada por Fidel el 17 de noviembre, el discurso de Raúl el pasado 26 de Julio en Camagüey y el debate siguiente de toda la sociedad.

Esta sería la tercera oportunidad en que desde esta isla, antes remota e ignorada, se salve al ideal del socialismo; y con la intrepidez, el desenfado, la astucia y rebeldía indomesticable de sus hijos, que siguen asaltando La Bastilla de la historia.

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