La verdadera obscenidad de la cámara

Autor:

Julio Martínez Molina

Deutsche Welle (La Voz de Alemania) informó que dos organizaciones germanas han demandado a un muy popular programa televisivo titulado En busca de la súperestrella, análogo a Operación Triunfo, Rojo, Pop Idol, American Idol y otros de Europa y América, donde compiten jóvenes intérpretes aficionados.

La demanda en cuestión se realiza por el trato humillante dado a los muchachos que prueban suerte, quienes son objeto de escarnio ante las cámaras, al punto de que uno de ellos, de 17 años, acabó hiperventilando en directo y colapsado.

Bajo el pretexto de la supuesta localización de talentos emergentes (a la larga muy pocos entre miles), los productores de tales espacios hacen su agosto a costa de la inocencia de una pléyade de arriesgados, quienes elevan los ratings haciendo de hazmerreír en público a una hora estelar.

Estos programitas tienen un plus de negatividad: antes de presentar a los concursantes en el set de televisión, el jurado selecciona a los futuros participantes entre miles de pretendientes. Mas, no se crea que obran de buena fe, o con el fin de levantar la calidad del espacio.

La explicación la brinda la propia Deutsche Welle: «Poco tardaron los productores en descubrir la importante cuota de pantalla que les podía traer la difusión de esta fase previa. El goce de ver hacer el ridículo a quien carece de toda oportunidad no tiene precio. Pero lo que sucede en estos castings va a veces más allá de la mera diversión».

La inhumana maldad que contiene este tipo de formatos carece de toda justificación, expresó el Consejo Cultural de Alemania.

Los medios occidentales, expertos en el tráfico de emociones, despiertan el morbo y los sentimientos más primarios, racismo incluido, no solo en este tipo de programas sino además en los brain training (los espacios de agilidad mental que hacen furor ahora mismo en Europa); y, sobre todo, en los reality shows.

Ya una vez aludimos a la última versión inglesa de dicho espacio, donde la concursante nacional arremetió sin misericordia ante las cámaras contra la estrella de cine hindú Shilpa Shetty, burlándose de su acento, así como de las costumbres y estilos de vida de su país.

Se ha llevado a planos tan lacerantes la exacerbación de la faceta íntima del individuo en estas y otras propuestas, que las reyertas y enfrentamientos públicos no son nada raros en los programas en vivo. Tan poco extraños que en ciertos países incluso ubican agentes de seguridad en los platós.

El guión morboso de las miserias humanas se ribetea con los hilos dorados del mercado y las industrias culturales en esa televisión, a la cual un gran pensador contemporáneo acuñó como «gran espejo de la banalidad y el grado cero».

De programas similares al del jovencito alemán vejado o de los innumerables Gran Hermano que a diario surgen en las televisoras, el filósofo francés, Jean Baudrillard, dijo poco antes de fallecer el pasado año:

«... Hacen visible una imagen de certeza de la realidad, una transposición de la vida cotidiana, según el modelo dominante. ¿Un tipo de voyeurismo pornográfico? Para nada. No se trata de sexo aquí sino del espectáculo de la banalidad que constituye hoy día la verdadera obscenidad.

«En el momento mismo en que le resulta imposible ofrecer una imagen de los eventos del mundo, la televisión se dedica a desocultar la vida cotidiana, la banalidad existencial como el evento más escalofriante, la actualidad más violenta, el lugar mismo del crimen perfecto.

«Y la gente —yo, ustedes, cualquiera— queda aterrorizada y fascinada ante la indiferencia de este nada que ver, nada que decir, la indiferencia de lo mismo, de su propia existencia, asumiendo la banalidad como destino, como el nuevo rostro de la fatalidad».

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