Palabras y reactivo

Autor:

Jesús Arencibia Lorenzo
La profesora de Redacción, con voz melodiosa de maestra grande, comenzó a leernos junto a Neruda el santo y seña de la primera clase en la carrera de Periodismo. «Todo está en la palabra... Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció...».

Y nosotros, enamorados a primer oído, asentíamos y respirábamos hondo mientras sin querer nos comprometíamos para siempre con el reino de las palabras. Desde entonces, las respeto tanto que suelo revisarlas una y otra a vez antes de entregarlas como moneda de cambio, o protegerme con ellas, o edificar, que es para lo que más me gustan.

Claro, sobre las que escucho no tengo soberanía, pero me alarman, me endulzan, me levantan o me inquietan con tanta fuerza que a veces sueño con ellas despierto.

Resulta que hace poco oí cómo una técnica de laboratorio de un hospital capitalino le decía a un paciente: «No mi’jo, para ese análisis no hay reactivo. Los doctores lo saben. No sé por qué siguen mandando gente». Y el tono casi alegre de la frase, que de por sí era muy triste, me quedó vibrando en algún sitio como una alerta sobre nuestra realidad.

Enseguida busqué un vocablo para justificar el dejo: «rutina». ¿Cuántas veces la misma muchacha tiene que repetir la misma carencia a personas distintas? Pero ¿puede ser lastimado el dolor ajeno por rutinarias que se vuelvan nuestras escaseces? Entonces pensé en «abandono». Mas, ¿debe alguien abandonar la angustia de sus semejantes y seguir tranquilamente?

Nada se encumbra con palabras sombrías. Y el día a día de la Isla tiene demasiados tonos rutinarios, demasiados verbos de apatía, demasiadas frases de indolencia.

Los baches cotidianos no se taparán de un momento a otro, pero puede que aun cuando se reparen, los huecos humanos sigan entorpeciendo la vía.

La grisura con que algún funcionario repite ante los problemas: «se está trabajando en ese sentido»; la impasividad con que un conductor dice al chofer: «Llévate esta parada que no estoy pa’ molotes»; la indiferencia con que una dependiente de cafetería responde: «¿Qué es lo que tiene el vaso? ¿Y qué tú quieres si no hay detergente?»... ¿Tienen algo que ver con la hora de crecimiento a que está obligado el país?

Las palabras, leía la profe de Redacción, «tienen sombra, transparencia, peso... tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces...». Se me ocurre que a las de algunos de nosotros, en la Cuba de hoy, también les está faltando un poco de reactivo.

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