En nombre de la rosa

Autor:

Rufo Caballero

El pasado 20 de enero me escribió a JR Roxana Pérez, alumna de Comunicación Social en la sede universitaria de Baracoa. La joven se interesa por el tema del kitsch, por los resortes que nos permiten reconocer la embestida del kitsch. De entrada, ella cree advertirlo en «el trabajo artístico producido para satisfacer el gusto popular, que es el epítome de todo lo que es espurio en la vida de nuestro tiempo, que con frecuencia se utiliza como sinónimo de algo de muy mal gusto, así como que implica exagerar detalles o abusar de elementos estéticos, dándole la vuelta del buen al mal gusto». Pero teme ser imprecisa, y me pregunta: «¿Cómo aparece el kitsch en la cultura de masas actual? ¿Qué diferencia al kitsch del mal gusto?».

No solo en el ballet clásico el cisne se comporta como una figura perfectamente relacionada con el refinamiento cultural. En la instantánea, El lagode los cisnes. Foto: Nancy Reyes En alguna artesanía no solo asoma el kitsch, sino también el mal gusto.

Ofrezco disculpas a Roxana, porque ahora es que puedo responderle su atento correo. Pienso que la estudiante de Comunicación sitúa al centro del debate un tema cardinal, pues, cuando los críticos hablan del kitsch como si tal cosa, ¿qué entienden exactamente por ello los lectores o los espectadores?

Valdría aclarar, de inicio, que no existe mucho consenso en la literatura acerca de la prehistoria del kitsch. Para algunos teóricos, prácticamente desde que se reconoce la existencia del arte, o al menos desde que este se institucionaliza, se repara en una especie de producción sucedánea, que trata de emularlo, de alcanzarlo, sin éxito; ellos se refieren a una suerte de caricatura o degeneración del arte. Otros especialistas aseguran que el kitsch, tal como lo conocemos hoy, es un fenómeno bastante dependiente de la industria cultural y de ese proceso de democratización de la cultura que se despliega sobre todo a partir del siglo XIX, para llegar a nuestros días. En las primeras décadas, se consideró que la reproducción excesiva, el sacrificio del aura del gran arte, y la serialización implicaban necesariamente un empobrecimiento del aprendizaje y la franca declinación estética. Con el tiempo, se comprendió que así como ha ido cambiando el concepto de arte, ha ido mutando también esa franja admitida como kitsch.

De cualquier forma, existe un grupo de raseros que permiten identificar su presencia: la prefabricación del efecto estético o la excesiva inducción de la emoción, la degeneración del sentimiento en sentimentalismo, la impostura de una sospechosa cultura que se ostenta sin poseerse realmente, la aleatoriedad de una cita perfectamente prescindible, el eclecticismo inorgánico del nada-tiene-que-ver-con-nada (cuando no es un recurso deliberado de la plástica, la arquitectura o el cine), etc. La literatura teórica alude al kitsch en el lugar de un fenómeno seudoartístico, «lo falsamente bello», el arte que no es verdadero (aquí habría que definir, entretanto, qué se entiende por arte y por «verdadero»), la trivialización de la belleza y su sustitución por «lo bonito» o «lo lindo», el oropel, el brillo y la profusión de «adornos» (una noción bastante dudosa en sí misma). Al kitsch se asimila toda falta de medida, lo edulcorado, lo afectadamente declamatorio, la ampulosidad teatral. En su libro El kitsch, editado en 1989, el búlgaro Iván Slávov se refiere al glamour hollywoodense como lo típica y tópicamente kitsch: «Las imágenes de “hombres bellos que besan a bellas mujeres en medio de un bello ambiente en un bello día”» (Arte y Literatura, p. 200). Por ese camino, el kitsch se aleja de la vida y pretende reemplazarla por un mundo de ilusiones rosas, de perfección y de perpetuación imposibles.

Ahora, mi estimada Roxana, debemos tener mucho cuidado en lo tocante a la identificación de la cultura popular, del arte popular, con el kitsch. Si hay una «alta cultura» no está muy lejos del auténtico arte popular. La sencillez, la transparencia, la descomplicación o incluso la cierta tendencia del arte popular a tipologizar las formas en que se expresa, no tienen por qué coincidir con la aberración estética del kitsch. No toda canción de consumo es kitsch, no todo serial televisual es kitsch. Los géneros que emanan de la industria cultural no necesariamente merecen sindicarse al kitsch.

La edad de la inocencia, de Martin Scorsese, está llena de rosas, y no es absolutamente kitsch. Por el contrario, ciertas presunciones de «alta cultura» sí suponen poses incultas, ignorancia de gente que excluye precisamente por desconocer. Son esos puristas que temen al sentimiento y a la emoción, en nombre de una frialdad cerebral que garantiza la objetividad y la elegancia, como si la pasión fuera un pecado. Esa pose objetivista sí que resulta irrisoria y tonta. O esos otros presuntos azotadores del menor asomo de kitsch, justo porque reconocen algún elemento que antes identificaron, en otro contexto, como kitsch. Por ejemplo, la sola aparición de una rosa queda vinculada al kitsch por el abuso que en ciertos espacios empobrece la fuerza expresiva y la singularidad de la flor. En cualquier caso, la naturaleza del motivo no es, en modo alguno, garante de la condición kitsch. Nada resulta, per se, kitsch. El kitsch depende del tratamiento, del contexto, de la dosis, de la coherencia expresiva. Si no, esa obra maestra, La edad de la inocencia, que está llena de rosas (rojas, amarillas) fuera puro kitsch.

Lo mismo sucede con el mito del cisne: hemos visto la enajenación del motivo en esos cuadros realizados en estarcido, los que abundaron demasiado tiempo en nuestras casas. Bien, de ahí dedujimos que el cisne es, por naturaleza, kitsch. En esto existe un error de base: No solo en el ballet clásico el cisne se comporta como una figura perfectamente relacionada con el refinamiento cultural. Cuando Silvio, en su hermoso Réquiem, comenta que «los cisnes están vivos, mi canto está conmigo, no tengo soledad», el kitsch no asoma por ninguna parte. Todo depende de la sobriedad, la gracia y la pertinencia del motivo en el momento y el espacio justos.

Hablando de refinamiento, una de las mayores actitudes kitsch se ocupa de anudar definitivamente lo refinado a lo femenino. Y no solo lo hacen algunos hombres (que deberían revisar ciertos fantasmas) sino incluso algunas mujeres, que esperan de lo masculino el estereotipo de la rudeza y la brutalidad. Por esta senda sí que hay empobrecimiento del aprendizaje. El problema no está en el niño que juega con muñecas o a las cocinas; el problema está en la mente de quien supone que en la naturalidad de ese juego hay un «problema». A menudo, el kitsch se comporta como un prejuicio que sataniza una práctica natural, en nombre de la cultura, la justeza, o la moralidad.

De modo, estimada Roxana, que si bien debemos estar alertas ante la invasión del kitsch en nuestra vida cotidiana, también hay que dejar de flagelarse, de ver fantasmas por todas partes. Hay que pasar de la culpa. Hay que vivir, Roxana, con placer, con anchura de mente, pues nada resulta más nocivo que la exclusión y la coerción. Si la gente se dice todos los días «Te amo», si la gente se regala rosas, ¿por qué, cuando esto aparece en el arte, surge la obsesión de la dudosa alta cultura a propósito del kitsch?

Habría que ver, en el contexto puntual de cada emoción, cómo se resuelve el caso. O sea, amiga mía, hay que estudiar mucho, hay que leer mucho, pero esa misma cultura te sirve para pasar de los fantasmas. Mucho conocimiento y mucho disfrute. Rigor y placer, a partes iguales. Exigencia, entrega, y después, pelo suelto y carretera, que la vida es eso también. Rigor no quiere decir pavor. No debe implicar la impotencia de no crear por temor a que asome la oreja del kitsch. La creación es riesgo siempre, querida Roxana. En cada minuto.

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