El grito de María Augusta

Autor:

Arleen Rodríguez Derivet

María Augusta Calle. Anoten ese nombre. Es ecuatoriana, es periodista y está amenazada de muerte. Pero no de su propia muerte, sino de la peor de todas, la más insoportable: la muerte de sus hijos.

Alguien se le acercó a la salida de un supermercado para anunciarle la sentencia. Quizá solo quisieron amedrentarla, quizá no. Los enemigos del trabajo de María Augusta y de su militancia «con los pobres de la tierra», practican el asesinato selectivo y son expertos en aterrorizar a las víctimas antes de ejecutarlas.

María Augusta Calle es América Latina en su nueva hora y es el periodismo latinoamericano tomando partido en la nueva hora latinoamericana: ambos viven y ejercen bajo amenaza.

Esta mujer, de pelo como el fuego, mirada directa y lengua de látigo con cascabeles en la punta (al mejor estilo martiano), que se declara orgullosa hija de un país que ha recobrado su dignidad y su orgullo con el presidente Rafael Correa, y heredera del valor de Manuelita Sáenz, cometió al menos tres pecados capitales para la oligarquía hemisférica —que es una sola en la nueva hora latinoamericana—: trabajar para Telesur, integrarse activamente a la Constituyente que promete transformar al Ecuador y exigir desde la Mesa de Soberanía que se audite la Base Militar yanqui de Manta para verificar lo que todos afirman: que de allí salió la tecnología con la que se perpetró la masacre del ejército colombiano contra líderes de las FARC, en territorio ecuatoriano, el pasado primero de marzo.

Lo trascendente y admirable de María Augusta Calle es que, pasando por encima de las amenazas, vino al Primer Encuentro Latinoamericano contra el terrorismo mediático, que se celebra en Caracas y nadie le escuchó un lamento o una queja. No vino a pedir auxilio ni a hablar de miedo. Dijo: «la verdad completa vamos a saberla y vamos a tener la valentía de contarla».

Aun más. Denunció el plan de desestabilización que, desde Washington se está montando con la ayuda de las corporaciones mediáticas del continente, cuyos dueños, aseveró: «no tienen Patria. Para ellos la Patria es el cheque que les manda la CIA. Para ellos la Patria es el dólar».

Y convocó a la unidad, al fortalecimiento de las organizaciones y los medios, escasos todavía, pero decisivos ya, que se están jugando la suerte con los nuevos rumbos latinoamericanos. De algún modo aludía a lo que ha sido el consenso de los tres días de debate del encuentro y que había resumido magistralmente en la inauguración el cubano Ernesto Vera: «tenemos que organizar la verdad, porque la verdad está desorganizada, mientras cada vez se articula más la mentira».

Más de un panelista insistía en los argumentos que respaldan esa idea. Mientras CNN cuenta la realidad venezolana a través del prisma de Globovisión (llamada popularmente aquí Globoterror) o El País, de España y otros medios norteamericanos y europeos reproducen páginas completas de esa escuela de la desinformación que son los diarios asociados a la SIP, todavía Telesur no es visible incluso en países que forman parte de su directiva, no se hacen cadenas con los medios públicos entre naciones que viven procesos de cambio revolucionario y salvo excepciones, esos procesos no cuentan aun con un gran periódico —ni siquiera lo tiene Venezuela— que defienda las ideas de los cambios que se gestan a favor de las mayorías del continente.

Unidad pidió María Augusta. Articulación, organización, acciones, pidieron otros. Y hasta una Cumbre de presidentes contra el terrorismo mediático propusieron varios. ¿Cuándo por fin haremos que nuestros medios se parezcan más a la deslumbrante y esperanzadora nueva hora latinoamericana? Que no sea para muy tarde. Que sobre todo no sea nunca como homenaje póstumo a los que hoy responden a las amenazas de muerte, poniéndose de pie para pedir de un grito, no clemencia, sino trincheras comunes para defender, a golpe de ideas, a toda Latinoamérica.

* Desde Caracas.

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