Sin la piedra en el zapato

Autor:

Luis Luque Álvarez
Si diez años atrás, al pastor protestante Ian Paisley le hubieran profetizado que se sentaría junto a miembros del partido independentista Sinn Fein, en Irlanda del Norte, le hubiera dado un soponcio de tanta risa.

Sin embargo, este señor, líder del Partido Democrático Unionista (DUP), defensor a ultranza de que esa parte de la isla (el Ulster) se mantenga unida al Reino Unido de Gran Bretaña, y cuyos arrebatos de extremismo le valieron ser expulsado una vez del Parlamento en Londres y que se le negara la entrada a EE.UU. donde es tan fácil que otros extremistas campeen, está sentado como ministro principal, desde mayo de 2007, junto a Martin McGuinness, ex comandante del Ejército Republicano Irlandés (IRA), y viceministro principal de la aún provincia británica.

En la base de este milagro de mezclar el aceite y el vinagre está un documento, y la voluntad de resolver las cosas a través del diálogo. El texto es el Acuerdo de Viernes Santo, del 10 de abril de 1998, auspiciado por los gobiernos británico e irlandés y aprobado por las fuerzas políticas norirlandesas, ¡excepto el DUP de Paisley! La vida demostró que «a quien no quiere caldo...».

El mencionado acuerdo echó los cimientos de la estabilidad en Irlanda del Norte. Este territorio, que había quedado bajo jurisdicción británica en 1921, mientras el resto de la isla se emancipaba, era una peligrosa olla de vapor, debido a la exclusión que sufría la población católica e independentista a manos de los protestantes probritánicos.

La violencia fue la respuesta, y se trató de aplacar con más violencia. Un ciclo de nunca acabar, salpicado con sangre, que en 1998 Tony Blair intentó cerrar. Para ello pretendió incluso entablar contacto directo con el Consejo Militar del IRA, según reveló recientemente un ex jefe de gabinete del Primer Ministro , pese a que el grupo estaba sindicado como «terrorista». No lo logró, pero quedó como muestra de que, para alcanzar la paz, muy pocas puertas deben estar condenadas. Y el sayo podría servirles a otros que lidian con conflictos armados.

Negociaciones mediante, aquel 10 de abril se dio a conocer un texto que, entre sus líneas fundamentales, establecía una Asamblea de poderes compartidos entre nacionalistas católicos y unionistas protestantes, la retirada paulatina de las tropas británicas, y la posibilidad de que si en el futuro la mayoría de la población norirlandesa lo deseara democráticamente, se podría efectuar la natural integración del territorio en la República de Irlanda. Un mes después, el pueblo de ambas partes de la isla refrendó el acuerdo.

Desde luego, en el camino ha habido espinas. En ocasiones verdaderas estacas puntiagudas, como la suspensión de la autonomía norirlandesa varias veces, la última de ellas (en 2002) «gracias» a un falso caso de espionaje fabricado por la inteligencia británica para acusar al Sinn Fein. O la negativa del DUP a formar gobierno con los independentistas tras los comicios de 2003, punto de inicio de un sopor que duró hasta 2007.

Por fortuna, más peso tuvieron los avances. En 2005, la Comisión Internacional de Desarme certificó que el IRA había inutilizado sus arsenales, un paso que avalaba la continuación de las aspiraciones independentistas por vías pacíficas. Otro tanto hicieron grupos paramilitares probritánicos: la Asociación de Defensa del Ulster y la Fuerza de Voluntarios del Ulster. Y el Sinn Fein decidió aceptar la autoridad de la Policía local, antiguamente formada en su gran mayoría por protestantes unionistas e involucrada en crímenes contra independentistas.

Mucho habría que decir, y el espacio limita. Solo apuntar que la asfixia provocada por la falta de opciones —entre ellas la libertad para escoger su futuro— ya no es una piedra en el zapato de los norirlandeses. Si dentro de 20 o 30 años deciden mirar hacia Dublín, recordarán que el Viernes Santo de 1998 quedó consignado su derecho.

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