¿El mejor amigo? - Opinión

¿El mejor amigo?

Autor:

Luis Luque Álvarez
Si se preguntara, en un aula de primaria, quién es considerado el mejor amigo del hombre, decenas de cándidas manitas se levantarían para señalar al animalito cariñoso y felpudo, de rabito inquieto y alegre, que normalmente soltamos sin bozal por el vecindario para espanto de las canillas ajenas.

Pero si lanzáramos la misma interrogante en alguna conversación entre adultos que juegan al dominó, no sería el perro el afortunado. «¿El mejor amigo? ¡El ron, compadre; el ron!».

Lo curioso de esto es que, por desgracia, tienen razón. Si al can lo dejamos en casa, el ron insiste en que lo lleven de paseo a todas partes. Si es a la playa, un buche ayudará a «entonar» el cuerpo para la temperatura del agua; si a un velorio, un buen «cañangazo» servirá para recordar al extinto militante de bares y cantinas, ¡y ni qué decir de las fiestas! Ese es su hábitat natural. Incluso, si no hay bebida, no hay parranda «de verdad»... «Fulana preparó un congrí, Zutano trajo la yuca y unos bistecs de este gordo, que parecían sábanas, y yo puse la música y las mandíbulas. Pero a nadie se le ocurrió comprar ron. ¡Aquello estuvo malísimo!».

De tal suerte, para que no andemos por el mundo como almas enlutadas, el ron nos persigue y se nos aparece donde menos lo esperamos. Igual que el preservativo, que usted se lo puede encontrar anunciado en la tablilla de cualquier establecimiento gastronómico: «Pizza napolitana, seis pesos; lasaña de jamón, 25 pesos; condón Vive, un peso...». Solo que el alcohol es aun más listo, pues allí donde no se puede anunciar ni vender, ingresa furtivamente, de antifaz, viajando en alguna cómoda y discreta canequita, hecha precisamente para que ajuste en el bolsillo de salva sea la parte.

Mediante ese modus operandi, lo vi surgir días atrás en un sitio al que no debería llegar: el parque de diversiones Isla del Coco, de nuestra capital. Me deshacía yo de mis apuros líquidos, cuando al baño entraron tres individuos, y medio entre murmuraciones y risas, comenzaron a pasarse una caneca y a libar su contenido. Se me escapa si era Ronda o algún alambicado subproducto de la «luz brillante»; solo puedo asegurar que no era esencia de fresa.

Me quedé callado y salí, pues no tengo demasiadas ganas de que, al lado de la montaña rusa, develen una tarja con mi nombre esculpido en mármol. Me guardé mi disgusto, y aquí lo desato, junto con otras observaciones, como que muchas personas no respetan los caminos trazados en el interior del parque y atraviesan el césped, ya bastante maltratado y adornado con latas y envolturas de dulces. O que uno de los «listos» operadores del Cosmonauta, ignorando la extensa cola para montar ese aparato, hacía pasar por detrás, de vez en vez, a un manojo de «socios», que ágilmente tomaban asiento en uno de los dos avioncitos disponibles...

Es un azote, definitivamente; una plaga. Te escondas donde te escondas, la indisciplina social te dará alcance, como si se tratara de una gripe. En el caso de la Isla del Coco, ¿ya empezamos? ¿Tan temprano?

Sería una lástima. El fenómeno de un parque de diversiones de gran magnitud fue algo desconocido en nuestro país durante al menos los últimos 15 años, y para muchos jovenzuelos se trata de su primera vez en una instalación de este tipo, que solo existía para ellos en el cine y la televisión. De hecho, dos nenés que me acompañaban, Lisi y Yuri, más que por montar los modernos equipos, estaban entusiasmados por ver caer la noche allí y que todo se iluminara de rojo, azul, amarillo, «como en las películas».

Ahora bien, si en aquel festival de colorido, golosinas y canciones —ningún reguetón, afortunadamente— uno va a tropezarse con un individuo enajenado por los efectos del alcohol, y convertido en un virtual elemento de desorden, que solo exhala un «¡hip, hip!», ¿adónde iremos a parar? ¿Tampoco allí se podrá disfrutar de un rato de distracción en familia, sin el riesgo de que algún beodo empiece a soltar sandeces, o de que le brote esa rara «valentía» que el ron inyecta en las venas del moralmente cobarde, y provoque un escándalo?

Si para presenciar escenas así he de gastar 40 centavos en el P1, ¡que me devuelvan mi dinerito, peseta sobre peseta! O mejor, para evitar menudo reembolso y garantizar que el parque recién estrenado siga siendo propiamente «de diversiones», ¡ojo con estos indisciplinados alumnos de Baco! ¿Entrar? Sí, están en su derecho pero, por favor, que el mejor amigo se quede afuera. Para evitar su mordida...

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