En Iraq y durmiendo con el «enemigo»

Autor:

Juana Carrasco Martín

Soldados Iraquíes abandonan sus posiciones en medio de enfrentamientos en Sadr City. Foto: New York Times Por más que George W. Bush se afane en demostrar que a pesar de los pesares, Estados Unidos puede ganar la guerra, y hasta el que aspira a sucederle y continuarle en la Casa Blanca, el senador John McCain, asegure que «para enero de 2013 (...) habremos ganado la guerra en Iraq», los acontecimientos diarios muestran que esas declaraciones son apenas palabras al viento y para engatusar a tontos en tiempos electorales.

Justo este sábado, Stars and Stripes (Estrellas y Barras), el periódico de los militares, en su edición para las tropas en el Oriente Medio, informaba que en Bagdad, las fuerzas estadounidenses habían detenido el miércoles a ocho policías iraquíes en la sección chiita del este, acusándolos de haber tenido un papel activo en ataques contra efectivos suyos y del ejército iraquí.

En carros Humvees, esposados, con máscaras en sus caras y llevando todavía sus distintivos en los uniformes azules, los policías fueron sacados de la estación del área de Nueva Bagdad —cercana a Sadr City— por hombres de la Compañía 54 de la Policía Militar.

No es la primera vez que el mando ocupante se enfrenta a problemas de «deslealtad» entre los efectivos de un ejército y una policía que está construyendo para que le sostengan la escalera cuando pinta un Iraq «libre y democrático».

En marzo pasado, hubo defecciones en Basora, y toda una compañía desertó a mediados de abril en medio de los combates de Sadr City, dos emplazamientos donde fuerzas conjuntas iraco-estadounidenses persiguen a las milicias chiitas del Ejército del Mahdi, registran puerta a puerta, bombardean «selectivamente» y mantienen en férreo toque de queda.

«Estos ocho pueden llevarnos a más. Veremos qué viene de esto», comentó el teniente coronel Scout McKean, comandante de las tropas en Nueva Bagdad en referencia a los arrestos. Y para hacerle la competencia en optimismo a su jefe máximo, el señor Bush y al aspirante McCain, añadió: «Ocho de 200 no está tan mal». Doscientos son los guardias en la estación donde ocurrieron los hechos.

En abril, un reportaje de la cadena periodística McClatchy, describía a las tropas del 2do. Regimiento de Caballería Stryker cogidas en el fuego cruzado de las milicias chiitas sadristas y los chiitas del ejército iraquí, pues de ambos lados les disparaban, y a sus soldados quejándose de que los residentes de Sadr City los veían como ocupantes —en definitiva lo que son—, pero esa no fue la historia que les hizo Bush cuando los envió a la guerra.

«Antes de que viniéramos aquí, yo consideraba que éramos los preservadores de la paz, pero ahora somos considerados los chicos malos», dijo a la periodista el sargento Travis Evans, originario de Seattle, en el estado de Washington.

Los tanques M-1, los vehículos Stryker con sus sistemas de visión nocturna, y los helicópteros de ataque Apache con sus misiles Hellfire, no le bastan a los estadounidenses para detener los ataques en su contra.

Y deben pagar su cuota de sangre y dolor. Hasta el 15 de mayo, la cifra de militares estadounidenses muertos en Iraq desde el inicio de la invasión ascendía a 4 078, y lamentablemente seguirán aumentando, mientras su jefe decida que deben dormir «con el enemigo».

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