Empezar a ser «rojo»

Autor:

Juventud Rebelde
Con una humildad que a mí siempre me desarma, ascendía el cineasta Fernando Pérez la cuesta de la calle Manglar. Venía él del mercado de Cuatro Caminos, ese vórtice enclavado en la zona vieja de la ciudad, allí donde pululan las estridencias y estampas tremendas, donde bullen las mulatas sueltas, de siluetas que desafían todo lo gravitatorio, allí donde los vendedores indomables miran como diciendo que «La Habana no cree en lágrimas...».

Siempre que veo a Fernando lo abordo con un ímpetu que quizá le desconcierte. Es que me alegro en grande por ese talento suyo que acuña toda su obra y que estampó para siempre, magistralmente, en Suite Habana, universo donde los sonidos cotidianos gritan y la ausencia de palabras se hace entender más que cien diálogos.

«Fernando, ¿y ahora en qué andas?», pregunté sin casi darle tiempo de pensar. «Pretendo hacer algo sobre la infancia y adolescencia de José Martí». Nos miramos con un breve silencio entre ambos. Y parece haber visto en mi rostro el asombro por la etapa, «breve», que había escogido para hablar de ese hombre sin límites que fue el Apóstol, porque me extendió una frase maravillosa, con sabor a raíces: «La infancia es casi todo».

Entendí lo que quiso decir: es en los primeros años donde se dibujan las aristas más permanentes del ser; donde se define la sensibilidad con la cual transitaremos por el camino de la existencia. Días después, entrevisté a un estudioso de la vida y la obra del Maestro; e inspirada en Fernando, indagué por el carácter tan fuerte de Doña Leonor; por la honradez del padre, por los aires de un hogar donde Pepe era el único hijo varón, el mismo que con el paso del tiempo, siendo un hombre maduro y de pluma privilegiada, no olvidaría a sus viejos ni hermanas casaderas, hasta el momento de irse despojando poco a poco de todo lo terrenal que no tocara en alguna punta a la causa de Cuba.

He recordado esta historia desde hace algunos días, cuando una amiga me deslizó, levemente, la noticia de que a su hija le entregarían el carné de militante de la Juventud Comunista, en el día del cumpleaños 80 del Che. El hecho desató en mí una cascada de pensamientos. Porque conocía a la pequeña Alejandra desde que, a la altura de sus tres años de edad, era una bolita con ojos redondos, cabellos rizos y dorados como el sol.

Me preguntaba de qué modo misterioso la niña había llegado al instante de ser distinguida entre los adolescentes de la vanguardia.

Cómo se había curtido su alma, y cómo funcionaba esa condición política hacia lo más interno de sí. Ciertamente, me dije, a esa edad es difícil haber descubierto la genialidad de Marx, o los aportes visionarios de Lenin, o las ideas de Rosa Luxemburgo, Gramsci, Mariátegui, Martí, Julio Antonio Mella, el Che, Fidel, y otros revolucionarios cardinales.

Si acaso, pensé, sabrán que el Comunismo ha sido imaginado como el paraíso sobre la tierra, habitado por un ser humano pleno y muy culto que ha sabido dominar su fiera interna, donde no harían falta instrumentos represores, donde cada cual recibiría en dependencia de sus necesidades... Medité que ese ideal ha sido enfrentado por enemigos viscerales que a lo largo de la historia han pintado a los «rojos» como seres terribles, dignos de ser extirpados de la faz de la tierra. Recordé que nuestro único pecado —en esta Isla que en lo material no es pródiga ni en agua dulce— ha sido el intento de inventarnos nuestra propia bondad terrenal.

El estreno de Alejandra en su condición de comunista dejará en ella huellas profundas —y en cubanos como Elián González, ese niño nuestro que se nos está haciendo un hombre y que en Cárdenas recibió su carné. Para ellos, al menos ya está claro que la militancia pasa en primer lugar por ser decentes, y se extiende a ser solidarios, sinceros, orgullosos de su nación, dignos. Para ellos, porque lo han bebido de sus padres, va quedando claro que los principios de un revolucionario son intensos y pueden caber en el ala de un colibrí, y que uno difícilmente pueda ser feliz si no persigue la noción del Bien.

Con el paso del tiempo irán constatando que con el sueño del paraíso terrenal sucede como con el horizonte: se mantiene inalterable en la distancia, y hasta se aleja aunque caminemos, luchemos, soñemos. Tendrán esa sensación cuando se den de bruces con informes como el que ahora leo sobre el estado mundial de la infancia, emitido por la UNICEF en el año 2008, según el cual, «en el mundo entero mueren diariamente, como promedio, más de 26 000 niños menores de cinco años, y casi todas esas muertes ocurren en el mundo en desarrollo o, más precisamente, en 60 países en desarrollo».

Mas, como «la infancia es casi todo», ya nada —ni siquiera las complejidades del mundo; ni siquiera la certeza de que hacer una sociedad alejada de la barbarie es un verdadero reto a la imaginación— podrá amargar esa hora preciosa en que Ale sintió el beso de su madre en la frente, y tuvo ante sí un camino nuevo: el de la lucha por ella y muchos otros, esa lucha que Marx definió, tan sencilla y hondamente, como la fibra de la felicidad.

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