Igual, pero no lo mismo

Autor:

José Alejandro Rodríguez

Sí... cierro los ojos y me parece que este debate, casi que forcejeo sobre la política informativa, lo sostuve hace 25 años alisándome el pelo que he perdido desde entonces a causa de esa misma dama: la política informativa.

Ah, la política informativa... A veces me parece un Everest difícil, pero conquistable con mis arrestos; a veces se me antoja una entelequia inasible, algo así como la propiedad estatal, que somos todos pero a la hora del cuajo no es de nadie, y falta ese expedito sentido de pertenencia que tuvo Luis XIV, cuando plantó con aquello de: El Estado soy yo.

Sí, es cierto que si reuniéramos las palabras de los congresos, los plenos, los pasillos y las redacciones, podrían levantarse catedrales de catarsis, y desatarse ríos caudalosos de insatisfacciones. Las mismas insatisfacciones.

Y aquí nos vemos rumiando las mismas preguntas sobre el destino de nuestro noble oficio, sus alcances o límites, sus luces y sombras, más sombras que luces. Así nos vemos idénticos como en una noria infinita. ¿Qué dirían desde el más allá los que han partido? ¿Qué dirían de todo esto Manuel González Bello, Guillermo Cabrera Álvarez, Elio Constantín, Enrique de la Osa? ¿Qué diría con su ronca voz Nelson Barreras? Lo cierto es que ellos no están y henos aquí con esta gravitación sobre nuestros hombros, o más bien sobre nuestras neuronas inquietas y estos corazones a prueba de titanio.

Lo cierto es que puede parecer el mismo soliloquio de siempre, pero no lo es. Ha llovido poco desde entonces, con calentamientos globales y nuestros calentamientos criollos también. Lo cierto es que estamos en el vía crucis de una Cuba compleja y sutil, como no imaginábamos en aquellas adolescencias de tiempos cándidos.

Estamos en el mismo medio de la aldea global, rodeados de tantos cometas engañosos y fuegos fatuos de la comunicación con que persisten en seducirnos los viejos y hábiles brujos del dios Mercado.

Lo cierto es que se han derribado muchas fronteras y parabanes como hielos árticos, y ya las campanas de cristal no doblan por nosotros. Lo cierto es que tenemos al enemigo ya no fisgoneando nuestras intimidades; lo tenemos en casa colado, incitando divisiones en nuestra ciudadela para vencer romanamente.

Lo cierto también es que algún día no lejano ya no estará la generación histórica. Lo cierto es el alerta aquel 27 de Noviembre en el Aula Magna de la Universidad, que nos abrió los ojos a una especie autóctona de la autodestrucción, un marabú que nos cubre si no vamos a las raíces de todos nuestros problemas y continuamos justificando y camuflando nuestros males con los condicionamientos exteriores, de la misma manera que ciertos funcionarios esgrimen la sequía o los huracanes para justificar la mesa incompleta.

Lo cierto es que el principal enemigo interno es el silencio, y nuestros propios ataúdes podrían ser los armarios con cerrojos para esconder las dudas, los quebrantos y los sanos exorcismos con que debiéramos todos los días ejercer el periodismo, sin blasfemar del propio Ángel de la Revolución que nos ha conducido hasta aquí; más bien para salvarlo fortaleciendo sus alas.

Entonces, ¿nos cansamos?¿Nos quedamos a medio camino en la ascensión a nuestro propio Everest, dándole la razón genuflexamente a la mediocridad y la excesiva mediación, esperando con lamentaciones las migajas de la información, el permiso o la bula para poder indagar en las complejidades de nuestra realidad? Y cuando describo el dilema no solo hablo de periodistas de fila, sino también de editores y directores. Y también de cuadros del Partido que nos acompañan. Porque, de la misma manera que hay periodistas... y periodistas; hay editores.... y editores; directores... y directores; funcionarios... y funcionarios.

Cada cual que saque sus propias cuentas, pero sin desconocer que no nos sobra tiempo para despilfarrarlo si queremos que el periodismo cubano, ese sin injertos neocoloniales ni transfusiones, pueda contribuir a fortalecer esta Revolución en medio del nudo gordiano de este siglo XXI, sin empequeñecimiento ni temores; yendo hasta donde haya que ir guiados por el coraje de la sinceridad y el amor.

Allá otros que tendrán que vérselas con sus propias cerrazones y torpezas, como avestruces. Allá los que pretendan administrar la prensa como una granja auxiliar o un campamento de segundones, porque a la larga la vida les vencerá. En mi caso podría cansarme y tendría un largo rosario de cuentas para absolver mi alma periodística invocando las culpas de terceros. Pero no le voy a hacer el juego a la inacción, como tampoco asumiré las flagelaciones que sugieren quienes le endilgan el peso de los problemas y carencias de nuestra prensa únicamente al mayor o menor talento o eficacia de nuestros profesionales.

Afilando el bisturí, que no es para trucidar, pero sí para diseccionar con forense compromiso, no me voy a poner el tapabocas, ni voy a cejar en el empeño, que sería flaco premio a la autocomplacencia y la comodidad, los antídotos del pensamiento revolucionario: Abro los ojos y reanudo la marcha e intento dejar en el camino el lastre de cursilería, ovejuna mansedumbre, orejeras y antifaces. No sé si alcance la cima, pero, a fin de cuentas, de los cobardes no se ha escrito nada.

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