Socios de segunda - Opinión

Socios de segunda

Autor:

Marina Menéndez Quintero

Escondidos, ahora con más miedo a ser descubiertos, los indocumentados llegados a Europa de allende los mares ocultan su identidad, y parecerían querer huir hasta de sí mismos. Muchos malviven en sótanos fríos y abandonados si ahora no tienen empleo, y subsisten de lo que les llevan sus paisanos...

El Viejo Continente se ha quitado la máscara ante los países del Sur, que deberían abrir bien los ojos. Sobre todo, los de América Latina, tal vez sorprendidos: después de los rimbombantes postulados suscritos en la Cumbre bilateral de Lima y las mil y una promesas para convencer de que allá se les quiere como «socios», el Parlamento Europeo acuerda el apresamiento por año y medio y luego la expulsión de hombres y mujeres que permanezcan sin papeles en cualquiera de los 27 países miembros de la Unión... Aunque su único fin sea el trabajo, y estén en riesgo hasta sus hijos.

Espeluznados en tanto sabedores de que ha quedado en entredicho el sacrosanto concepto de bienestar, respeto a los derechos humanos y civilidad de que presumen sus sociedades, quienes disienten dentro del mismo Viejo Continente conforman una lista cada vez más larga. A los 206 legisladores que votaron en contra y 109 abstenciones, se han unido después las voces de partidos denominados de centroizquierda y parlamentarios de distintas naciones.

El gobierno de España, país donde se calcula viven casi dos millones de latinoamericanos, y líder europeo del mejoramiento de relaciones con este continente, se apresuró a tranquilizar a los embajadores de esas naciones en una reunión cuasi de urgencia, durante la cual prometió que, en adelante, las condiciones no serán allí más duras.

Como los latinoamericanos, heridos en lo más hondo porque está en juego su dignidad y el destino de decenas de miles de sus compatriotas, muchos en Europa consideran que la Directiva del Retorno Voluntario es, más bien, «de la Vergüenza».

Claudio Fava, eurodiputado italiano quien coordinó algunas de las enmiendas desconocidas en la votación y que pretendían suavizar la ley, manifestó temprano sus preocupaciones.

Interrogado por un reportero acerca de la posibilidad que tendrá ahora cualquier entidad administrativa en la Unión Europea de detener a un ilegal, lo consideró algo «bastante extraño en la tradición jurídica de los países europeos, donde no se puede poner a alguien en la cárcel sin un acto que tenga relevancia y control jurídico». Además, opinó, «es una norma que se utilizará solo contra los inmigrantes extracomunitarios, fijando así un doble régimen para los ciudadanos europeos y los que no lo son».

Por si fuera poco, esta semana quedó lista para su aprobación otra ley propuesta por Francia que dificultará potenciales regularizaciones en masa, y reforzará controles en las fronteras del bloque. Como muchos analistas preveían, la intención de Europa es «organizar» la entrada usando el tamiz de la selectividad, y cerrando cada vez más las grandes puertas. Puede que sea lícito ordenar el flujo de los que llegan, lo que molesta es la mano dura de una decisión considerada racista porque segrega... y enervante por injusta.

Incluso podría pensarse que Estados Unidos, donde 14 millones de ilegales esperan una retardada legislación que los regularice, ha herido menos en materia legal.

Si bien la ley allí sigue siendo un tema pendiente, y las redadas, las acusaciones sin motivo y las deportaciones «solapadas» golpean a los indocumentados, los trabajadores sin papeles tienen al menos la esperanza de que, con el nuevo mandato que aflore en noviembre, alguna ley regularizará a los que ya están... Claro, descontando el muro electrificado, la reforzada patrulla fronteriza, los perros, y los grupos paramilitares de voluntarios-caza ilegales que persiguen y matan en la triste, ensangrentada, y muda frontera con México.

Duro regreso

Aunque todavía faltarán dos años para la puesta en vigor de la ley en la Unión Europea, el miedo entre las posibles víctimas se extiende.

Ni siquiera el mensaje de amigos comunes ha permitido que un trabajador ilegal en una de aquellas naciones acceda a dar su testimonio por teléfono. Son los que han pasado a la ilegalidad... como «Pedro».

Con suerte, un colega me ha hecho llegar, vía Internet, las inquietudes de este peruano que vive en una de las grandes ciudades europeas, a la espera de que las autoridades migratorias reabran su solicitud de asilo.

«Para mí, la situación ya es muy difícil, con o sin Ley de Retorno. No puedo volver a mi país porque soy testigo de las masacres de los gobiernos de Fujimori y Alan García.

«Antes de la negativa de asilo, pensé que de cualquier modo estaba a salvo porque ahora vivía en una nación democrática ... Pero a partir de la negativa pasé a la ilegalidad, y eso significa trabajar en cualquier cosa, mal pagado, mal tratado. Sobreviviendo gracias a la solidaridad de algunos amigos latinos que saben lo que es el exilio.

«Ahora hay leyes que prohíben ayudar a los indocumentados, y eso hace aún más difícil la subsistencia. Vivimos escondidos en subterráneos oscuros, mugrientos y durante el invierno, muertos de frío. Muchas veces uno se enferma y no puede ir al hospital. Eso lleva a muchos al suicidio: la depresión, la soledad, la falta de nuestras familias, de nuestro mundo; nuestra tierra, la gente; en fin, todo lo lindo que tiene el pertenecer a un lugar y a una cultura.

«Uno se pregunta: “¿Por qué yo?” “¿Qué hice?” “¿Qué pasará conmigo, con mi pueblo?” “¿Y los otros que están en mi situación, incluyendo niños, viejos, mujeres... qué pasará con ellos?” “¿Quién pide por nosotros?”»

Sin embargo, la gran mayoría de quienes desafían la deportación no han llegado a Europa huyendo por motivos políticos, sino económicos.

No puede olvidarse que el mundo sigue siendo un tablero partido en dos.

Sollozante y con la voz temblorosa, una joven latina identificada como Roxana accedió a conversar para una radio alternativa española que la entrevistó telefónicamente en el centro de internamiento de Aluche, uno de los siete que hay en toda España, adonde van a parar quienes serán deportados.

«Cuando vine a este país, mi padre estaba muy enfermo; diez días antes de venir, murió. Perdí mi casa por la salud de mi padre, tengo dos hijas a quienes mantener, soy la única que trabajo, y muchas deudas. Aquí limpiaba en tres casas. No hacemos nada malo, solo que no tenemos papeles.»

Su amiga, no identificada, narró a los periodistas el modo violento en que fue arrestada. «Me pusieron las manillas muy fuertes y, como no podía coger mi cartera, un policía me dijo que la agarrara con los dientes, como los perros.»

Un joven no identificado de fuerte acento argentino, describió a los periodistas su vida en el centro de reclusión así: «Hay días en que nos sirven agua con sal; gente enferma que no puede ir al médico, otros que no pueden ir al baño. Pasamos mucho frío, y la comida es mala. Hay gente que está sufriendo acá. Tengo 18 días, pero prefiero mil veces irme a mi país».

Para políticos como Claudio Fava, eso es lo que la Directiva del Retorno quiere: amenazar.

La brecha

Puede que la condición de «clandestinaje» adoptada por muchos como «Pedro», haga que nadie tenga la cifra exacta de cuántos suman. Pero los registros que se tienen calculan ocho millones de ilegales en Europa. Los latinoamericanos no constituyen la mayor parte, pero sí una buena cantidad.

La carga humana del fenómeno se da la mano con su connotación política y económica. Ante todo, sería mejor analizar la causa del mal. ¿Por qué van allá?

Los reportes del impacto que las remesas enviadas por los trabajadores ilegales tienen en sus países de origen, pueden dar una idea mejor de las necesidades de un Sur que no es pobre porque quiere, sino porque sigue expoliado.

En el año 2006, los envíos de los emigrantes de los países de la Comunidad Andina a sus naciones representaron 9 200 millones de dólares, lo que significó el 3,3 por ciento del Producto Interno Bruto regional: un punto más de lo que se registraba en 2000.

Si las primeras oleadas migratorias a este hemisferio, desde esa misma Europa, fueron empujadas por la necesidad de supervivencia o las ambiciones de decenas de miles de emigrantes que veían la panacea en América, hoy nuestro continente está depredado, y son sus habitantes quienes se ven obligados a salir a «buscar».

Se estima que 25 millones de latinoamericanos y caribeños estaban fuera de sus países en el año 2005, según cifras de la ONU.

Las injusticias del actual desorden económico están en el centro del colimador, y deberían ser mejor tomadas en cuenta por los países del Norte, ahogados por una avalancha de extranjeros que son, ni más ni menos, el resultado de las políticas egoístas del Primer Mundo. No obstante, comienzan a ser considerados allí, sin sombra de culpa, un estorbo.

El recuerdo de la adolescente ecuatoriana acosada, vejada y maltratada por un joven español mientras viajaban en el metro de Barcelona —como lo mostró al orbe un video—, avisó cuán hondo está calando la xenofobia, también, en muchos ciudadanos del Viejo Continente. Sin embargo, la necesidad de los del Sur puede más.

Oídos sordos

Pero la actitud de los industrializados es hipócrita si, una vez más, culpa a las naciones pobres del subdesarrollo, como fue ostensible en la Declaración Final de la reciente Cumbre Unión Europea-América Latina, en Lima.

Los modelos impuestos por los ricos hace tres décadas son los que han dejado aquí una deuda económica y social que ni siquiera logran solventar aún los nuevos gobiernos empeñados en el desarrollo y la justicia social. La CEPAL dice que después de dos decenios, crecemos; pero todavía el PIB regional no ha rebasado el cinco por ciento, y es insuficiente para tanta miseria de atrás.

Sin embargo, nada de esto es tomado en cuenta y lo que más parece preocupar ahora a la Unión Europea en relación con América Latina son las llamadas asociaciones de libre comercio, émulas de los TLC con Estados Unidos.

Ni siquiera hubo oídos receptivos que escucharan el ronroneo de tantos estómagos con hambre en el Tercer Mundo durante la Cumbre sobre Seguridad Alimentaria de Roma, donde brillaron por su ausencia las propuestas concretas de los ricos para aliviar la hambruna que desata en el Sur el alto precio de los alimentos.

Y esta semana, la cita del Grupo de los Ocho países más industrializados del planeta también dejó con la mano tendida a África, esperando por una ayuda prometida de 500 000 millones de dólares que apenas ha llegado a ¡3 010 millones!

Ganaría más Europa atendiendo estas realidades que poniendo cerrojos. Pese a todo, los del Sur seguirán arriesgando: pensarán que es mejor morir empujando los portones que ver padecer y perecer a los suyos... esperando.

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