Schiller y la bola de nieve

Autor:

Raúl Arce
Como una bola de nieve cuesta abajo, así crece la polémica acerca de la regla Schiller para el desempate en los extrainnings beisboleros.

Si las opiniones de los aficionados no fueran suficientes, un correo electrónico del colega Peter Bjarkman —autor de varios libros sobre las bolas y los strikes en Cuba— nos aporta valiosos datos de lo ocurrido el viernes 15 de agosto en Beijing.

Un rato antes de que Michel Enríquez fletara las dos anotaciones decisivas para Cuba, en el inning 11 ante Estados Unidos, ya China y Taipei de China habían puesto en práctica la disposición de colocar a corredores gratuitos en las almohadillas.

Los dos conjuntos chinos, que comenzaron su duelo una hora antes que cubanos y estadounidenses, optaron por la misma estrategia en el capítulo maldito: octavo y noveno hombres fueron colocados en circulación, y el primero tuvo el encargo de tocar de sacrificio.

Pero en los dos pleitos se esfumó la ofensiva por idéntica vía, pues el segundo en la tanda recibió pase intencional, y el tercero bateó para doble matanza. Entonces, la regla Schiller no es garantía de inmediata decisión.

En la entrada 12, Taipei de China no anotó una, sino cuatro carreras; pero sus hermanos continentales, dirigidos por el norteamericano Jim Lefebvre, respondieron con cinco viajes hasta la goma, y se anotaron su primer triunfo en la historia de los Juegos Olímpicos.

El partido se había extendido durante cuatro horas y 20 minutos. Y el inning 12, con su orgía de nueve anotaciones, ocupó ¡40 minutos!

Otro despacho por los canales de Internet, el del cronista Kevin Baxter, de Los Ángeles Times, comenta que «lo peor de la regla creada por Harvey Schiller, el presidente de la IBAF (Asociación Internacional de Béisbol) es que pone a los equipos de magra ofensiva al mismo nivel de los que más producen».

En efecto, si para hacer carreras se necesitan habitualmente varios batazos de hit, un solo imparable, con dos corredores gratuitos por delante, puede estropear el trabajo del mejor lanzador.

Y agrega Baxter que «lo que han hecho es borrar la posibilidad de un duelo de tiradores, a cambio de agregar un maratónico inning —o más de uno—, plagado de toques de sacrificio, cambios en la lomita, corredores emergentes, abultados conteos de bolas y strikes, y desesperadas estrategias de los directores, en su afán por proteger el home. Taipei de China y China, bajo la sombrilla de la nueva regla, me hicieron recordar ciertos partidos dominicales de softbol, con saladitos incluidos».

De las opiniones de Bjarkman y Baxter, salta a las claras una conclusión: si la familia beisbolera aspira a colocar su deporte en el menú de la Olimpiada de 2016, debe estar segura de que lo que va a proponer ante la rancia dirección del Comité Olímpico Internacional es el juego de béisbol. No lleven al sufragio a una disciplina mutilada de su carácter original.

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