«Taseando» y torturando - Opinión

«Taseando» y torturando

Autor:

Juana Carrasco Martín
En noviembre del pasado año, el Comité contra la Tortura de la ONU determinó que el uso de las armas taser podían ser una forma de tortura y, por tanto, violaban la Convención contra la tortura. La argumentación clarificaba: causan dolor extremo y en algunos casos la muerte. Lamentablemente tenían ejemplos bien a la mano, pues dos semanas antes de su decisión cuatro hombres en Estados Unidos y tres en Canadá habían fallecido luego de ser impactados por los disparos de esa arma, uno de ellos un turista polaco desarmado, a quien la policía canadiense en el aeropuerto de Vancouver le aplicó dos descargas de 50 000 voltios de la pistola fabricada por la empresa Taser, que generalizó el nombre del arma supuestamente no mortal, pero no hay quien le haga reconocer su letalidad.

Si alguien piensa que ambos países decidieron de inmediato suprimir su uso, se equivoca de medio a medio. Hace apenas una semana un gran jurado en Winnfield, en la Louisiana rural, comenzó a considerar si le impone o no cargo de asesinato a un oficial policiaco que en una mañana de enero de este año utilizó la pistola de marras contra el joven negro de 21 años, Baron «Scooter» Pikes, a quien «sacudió» ¡nueve veces y durante 14 minutos!

Pikes nunca despertó... y el investigador Randolph Williams afirma categóricamente que no encontró indicio de drogas, ni de lucha física, como pretende justificar su actuación criminal el policía para quitarse la pena carcelaria y el peso de la conciencia, si es que tiene.

Estos casos mencionados no son los únicos. Desde que en 1998 EE.UU. y Canadá dotaron a sus cuerpos policiacos de esas pistolas, se les vincula a cerca de 300 muertes. Los dos tercios de todos los departamentos de policía de EE.UU. tienen en su arsenal 359 000 de esos «dispositivos electrónicos de control» que les permite enfrentar «situaciones volátiles» más «segura» y rápidamente. En manos privadas hay 176 000 desde que en 1994 es legal portarlas en 43 estados.

Fue Jack Cover, un investigador de la NASA, quien comenzó su desarollo en 1969 y la nombró Taser, por Thomas Swift’s Electric Rifle (el rifle eléctrico de Tom Swift, un genio inventor, personaje de novelas de aventuras que comenzaron a principios del siglo XX y llegan hasta hoy, y que fue el héroe de la niñez de Cover).

Un artículo del diario The Christian Science Monitor sobre el caso de la parroquia Winnfield ponía al desnudo un aspecto sustancial del problema que va más allá de la peligrosidad del taser, las tensiones raciales que tienen a la policía como uno de sus protagonistas: el 46 por ciento de quienes murieron por esas armas que dejan sin sentido eran negros y el 36 por ciento blancos.

Y la publicación agregó otro dato sumamente interesante: Winnfield tiene larga historia de corrupción policiaca y el oficial Scott Nugent, el que asesinó a Pikes, no solo era un policía novato, además había sido empleado por un jefe de la policía que sirvió tiempo bajo cargos de drogas pero fue perdonado en su momento por el ex gobernador Edwin Edwards, quien cumple ahora en una prisión federal.

Nugent fue despedido en mayo y Pikes, su víctima, era primo de Mychal Bell, el principal encartado en el caso de los Seis de Jena —los muchachos que fueron sometidos a un proceso judicial totalmente viciado por el racismo, por haber golpeado a un joven blanco que participó en una acción totalmente racista: colgaron horcas en un árbol de la escuela secundaria del lugar porque jóvenes negros se sentaron a su sombra, cuando solo les estaba permitido ese descanso a los estudiantes blancos.

Estados Unidos, siglo XXI: «Por favor, no me “tasee” otra vez», fue la súplica de Baron Pikes...

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