Peligro en el país de los fusiles

Autor:

Luis Luque Álvarez

Llamar a alguien «terrorista» en EE.UU. es, como en todo lugar de este planeta, un gran insulto. Decirle «comunista» o «socialista» es más o menos parecido. Pero todos esos calificativos los ha recibido el candidato demócrata a la presidencia de ese país, Barack Obama.

Barack Obama. Foto: AP Aun algo peor se ha escuchado en los mítines electorales de su rival republicano John McCain. De solo mencionar al candidato opuesto, algunos han levantado una voz amenazante: «¡Mátenlo! ¡Acaben con él!».

Claro, tampoco falta quien lo llame por su nombre completo: «Barack Hussein Obama», para traer por los pelos cualquier semejanza oportunista con el derrocado y ejecutado gobernante iraquí Saddam Hussein. Ni la candidata republicana a la vicepresidencia, Sarah Palin, deja de recordar la relación de conocidos entre él y un sujeto llamado Bill Ayers, que en los años 60 fue responsable de algunas acciones armadas. Sin decir —desmemoriada ella— que Obama no llegaba ni a diez años en aquel entonces...

A tanto han llegado los ataques personales, que, como el fuego que se escapa de las manos y se hace incontrolable en un aserradero, McCain pareció dar marcha atrás en un mitin reciente, cuando una simpatizante tildó a Obama (quien marcha al frente de las encuestas por 53 contra 43 por ciento) de «árabe terrorista», y él la rectificó diciendo que su rival era «una persona decente», y que no había nada que temer si alcanzara la Casa Blanca.

Los abucheos le llovieron, y las descalificaciones contra el demócrata prosiguieron...

En un país donde, tan solo por abrir una cuenta bancaria, le pueden regalar a uno un rifle —como demostró el documentalista Michael Moore en Bowling for Columbine—, y donde cualquier idea que huela a intervención del Estado para frenar el caos creado por los adoradores del dinero, puede desatar asociaciones de pánico con un «sovietismo» fuera de temporada, son preocupantes las expresiones que vuelan como disparos en los mítines de McCain.

Solo hay que desempolvar los viejos —y no tan viejos— documentos del archivo.

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