Los huracanes y la radiografía de una nación

Enrique Ubieta GómezEnrique Ubieta Gómezdigital@juventudrebelde.cu
21 de Octubre del 2008 0:10:30 CDT

Desde el avión, las palmas sin su penacho parecen postes de concreto, alfileres clavados en la tierra. Esa es la primera impresión que recibe el visitante que llega a la Isla de la Juventud por aire, a solo unas semanas del paso de los huracanes más destructivos de su historia. Más cerca, se advierte en ellas el tímido verde de las pencas que nacen. Todo en la Isla renace, y la Naturaleza llena de retoños las ramas desnudas de los árboles. Muy cerca de la sede del Partido municipal, una palma desmelenada sostiene una enorme bandera cubana. Es una visión que se repite en otros escenarios, a veces en casas particulares que han sido destruidas por el ciclón. Durante una semana, recorremos las zonas más afectadas.

Por el camino, una mujer negra de hablar gesticulante y sonrisa amplia nos saluda. «Ayuden a la Secretaria», dice, y se refiere a la Primera Secretaria del Partido. «Esa mujer vino a vernos y nos habló claro, con el corazón; no nos dio nada —agrega riéndose—, pero nos sentimos mejor». Seguimos el recorrido, pero quedo meditando en sus palabras; alguien me había dicho que era la «conflictiva» en una comunidad de apenas 20 casas. ¿Qué agradecía si aún no tenía electricidad, si todavía no recibía las tejas para reparar el techo de su casa y cada día soportaba la implacable lluvia de septiembre, agazapada en un rincón del hogar? Aquella mujer sabía que no estaba sola, que frente a la adversidad compartida, se hacía lo posible y lo imposible por ayudarla. Sabía que debía esperar, mientras otras familias con niños pequeños, o con situaciones más complicadas que la suya, recibían sus techos.

Estar en una reunión del Consejo de Defensa municipal es una experiencia angustiosa y gratificante a la vez: es ser partícipe del esfuerzo colectivo, una y otra vez imperfecto —sujeto al error humano—, porque el reparto de los recursos disponibles de la reserva, de la producción nacional y de las donaciones llegue a los más necesitados; porque los «eléctricos» o los recogedores de basura o los trabajadores de ETECSA, encuentren las soluciones más justas y más rápidas para restituir los servicios públicos a la mayor cantidad de personas; porque mejore y no falte la merienda de los niños en las escuelas, y los ómnibus lleguen a la mayor cantidad posible de comunidades para su transporte mañanero, niños a quienes muchos hogares humildes han acogido en la sala de sus casas, convertidas provisionalmente en escuelas primarias y secundarias, ante la destrucción de los locales originales; porque los egoístas y los corruptos no puedan aprovechar ni una mínima puerta entreabierta para sus ambiciones inescrupulosas, entre muchos otros inimaginables detalles de gobierno en tiempos de «guerra».

Sí, pero la guerra no es contra los huracanes: la Naturaleza es ciega, el hombre no. La guerra es entre un modo de vida solidario y otro egoísta, entre los que construyen y los que acaparan, entre los que piensan en plural y los que lo hacen únicamente para sí. Mientras que el consumismo incipiente extiende su sombra en la capital, y se expande silencioso, corruptor, por el resto del país —hablo del consumismo, no del consumo sano, ya que todos necesitamos del confort, hablo de aquel que esclaviza a los individuos, no del que lo libera de la pobreza, del que nos conmina a pagar precios increíbles por objetos suntuosos e insignificantes, y a buscar la manera, cualquiera que sea (ya que se excluyen los argumentos morales), para obtener el dinero que exigen esos gastos—, los hombres y las mujeres de la Isla, la grande y la pequeña, demuestran con hechos ajenos a cualquier retórica que la solidaridad es una forma de vida arraigada en nuestro país. Véanse si no las fiestas de despedida en barrios humildes y necesitados a los brigadistas que han llegado de otras provincias para compartir semanas de intenso trabajo restaurador. Véase si no la actitud de cientos de artistas e intelectuales cubanos que han acudido a compensar la tristeza de los afectados en Guantánamo, Holguín, Las Tunas, Pinar del Río e Isla de la Juventud.

El huracán, si de algo ha servido, es para hacernos una radiografía, que va de lo colectivo a lo individual; para poner al desnudo las partes sanas de nuestra sociedad, y las podridas. ¿Cuán cínico puede ser el argumento de un individuo que engaña o extorsiona a una anciana, o a un simple compatriota tan o más afectado que él, para obtener unos pesos extras en la venta de productos de primera necesidad? El vendedor que esconde su producto para no bajar el precio o el responsable de la distribución de algún bien que intente acaparar para su beneficio una parte de lo que distribuye sin corresponderle, asumen una inexcusable actitud de clase: la de aquella que fue derrotada hace 50 años. Y qué reconfortante es saber que hay personas que devuelven de forma espontánea colchones o tejas que recibieron en demasía, aunque no les venga mal tenerlos, porque saben que otros más necesitados esperan por ellos. Los que no nos quieren, tratan de incentivar el egoísmo y de negar toda conducta solidaria. ¿Acaso no son cubanos esos que, aun con sus casas destruidas, siguieron movilizados para socorrer a otros?

Por eso la escuela que alberga en la Isla de la Juventud a los estudiantes saharauis es un extraño símbolo, que los egoístas quisieran extirpar: allí están, pese a todo, esos muchachos norafricanos —el huracán se llevó algunos ventanales, pero las clases no se han detenido—, con su pequeña mezquita, y sus alfombras en las habitaciones para orar; y allí están también los maestros cubanos que cumplen una «misión interna», como le llaman, porque casi todos provienen de provincias lejanas y están allí por dos años, después —o quizá antes— de cumplir alguna «misión externa», en Venezuela o en Bolivia. Y ya llegará el día en que desaparezca de la tierra ese extraño concepto de lo interno y lo externo, porque los seres humanos habitamos un mismo planeta.

Por eso, también en algunos poblados momentáneamente sin electricidad, el médico de la familia es boliviano o ecuatoriano, hombres y mujeres que estudiaron la carrera en Cuba. Por eso, en los días en que visitaba la Isla de la Juventud, llegaban 15 nuevos médicos habaneros, recién graduados, para cumplir allí el servicio social. Por eso, también, en las salas de los cines del país hay colas para ver una inusual película de guerra: no la tradicional historia de Rambo, el imperialista «bueno», sino la de nuestro pueblo mestizo, que peleó contra el imperialismo en África. En Angola se combatió también, por otras vías, contra el egoísmo, contra el individualismo, contra la desesperanza que siembran los que no quieren un mundo solidario.

Dicen los especialistas que los ciclones son fenómenos útiles; sin ellos Cuba, situada en un meridiano donde prevalecen los desiertos, sería una isla árida, estéril. Los ciclones que rondan el archipiélago cubano proporcionan el agua que necesitan sus suelos y sus plantas. Tal vez su paso constante por tierras pineras explique el carácter voluntarioso de sus hijos, aunque en la Isla de la Juventud hay cubanos de todos los orígenes. Como decía en una entrevista el pintor pinero Alexis Leyva Machado, Kcho, «me considero el hijo de un pueblo exitoso. El pueblo cubano es un pueblo exitoso, lo ha hecho todo sin nada, y yo soy parte de eso». Que este año se haya celebrado el Día de la Cultura Nacional en la Isla de la Juventud, es una decisión justa: en aquel paisaje de pequeños mogotes erizados de palmas, renace la vida y se reafirma la cultura de la solidaridad, la que proclamaron los padres fundadores de la nación y la que consagró nuestra Revolución.

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