El corazón sobre la Isla

Autor:

José Luis Estrada Betancourt

No se incomodó «el ancho mar» cuando este sábado una sólida y moderna embarcación como Río Las Casas invadió la paz de su reino. Quizá ya sabía, porque el notable novelista y poeta Miguel Barnet lo había anunciado, que no pocos artistas y escritores cubanos partirían esa mañana hacia suelo pinero, «a poner sus corazones sobre la Isla de la Juventud». Por ello se entregó apacible y se vistió de un verde celeste casi insólito para que la «intrusa» se desplazara majestuosa, al estilo de aquel barquito de papel de la infancia que quería llevar por doquier la flor de amistad.

¡Ay de aquellos que no tuvieron el tino de descansar, de preservar sus energías antes de viajar hasta una isla que otra vez no durmió! Porque en el intensísimo programa concebido entre la Unión de Jóvenes Comunistas y el Ministerio de Cultura, en complicidad con el Partido y el Gobierno del municipio especial, jamás se pensó en las pausas, en el respiro.

Los organizadores tampoco creyeron que pudiese todavía despertar asombros este tipo de jornadas, tan comunes por estos días, en las cuales se reconstruye y se hace arte de altura en un país donde este tiene vocación de servicio. Pero es inevitable que las miradas curiosas de aquellos que se piensan afortunados por haber tenido la oportunidad envidiable de coincidir en un mismo espacio bien con el padre de Elpidio Valdés, que con la bella Lucía del segundo cuento del clásico de Humberto Solás, que con tantos Premios Nacionales, de Literatura (Nancy Morejón, Reynaldo González y el propio Barnet), de Artes Plásticas (Osneldo García), de Cine, de Música...

«No me lo puedo creer», decía una y otra vez la mulata entrada en edad que reía con todo su cuerpo con los imaginativos chistes de Ulises Toirac, Osvaldo Doimeadiós, o de Nelson Gudín y Carlos Gonzalvo, a quienes ella persigue cada miércoles, cuando se dispone a disfrutar de las siempre bien recibidas ocurrencias de Flor de Anís y Mentepollo. «¡Deja que yo les cuente!», repetía la señora a su vecino de asiento, segura de que despertaría los «celos» de sus nietos cuando llegara a su casa, mientras otros rodeaban al titular de Cultura, Abel Prieto; a Julio Martínez, primer secretario del Buró Nacional de la UJC; a Julián González, Abel Acosta, Iroel Sánchez y a Luis Morlote, presidentes, respectivamente, del Consejo Nacional de Artes Escénicas, del Instituto Cubano de la Música, del Instituto Cubano del Libro, y de la Asociación Hermanos Saíz, con el fin de conocer de primera mano lo que sucedería en Nueva Gerona o en La Fe.

Asimismo, no eran pocos los que estaban ansiosos porque el Río Las Casas acabara de arrimarse al puerto. Llevaban en sus cámaras innumerables imágenes donde aparecían retratados al lado de los intérpretes de la película Kangamba, Rafael Lahera y Armando Tomey; de la Marcolina (Norma Reina) y el Enrique Chiquito (Michaelis Cué), de La sombrilla amarilla; de Jorge Martínez, Corina Mestre, Lieter Ledesma, Coralita Veloz, Rosalía Arnáez, Jorge Ryan, René de la Cruz...; fotografías que enseñarían una y otra vez a la familia y a los amigos del barrio.

El asombro... es irremediable, cuando desde el navío comienza a divisarse un territorio que poco a poco va recuperando su faz, aunque todavía falten techos y aún se extrañe el verde perenne de antaño, sobre todo cuando se mantienen insistentes las terribles imágenes del reciente desastre, cuyas marcas aún son palpables (quién sabe por cuánto tiempo) en el afamado canal Paso de la Manteca que acababa de quedar atrás, y cuya vegetación marina, antes de ser castigada por Gustav y Ike, se mostraba espléndidamente vigorosa y ahora luce como una alarmante serie de alambres en cortocircuito, ardidos por un alto voltaje.

Ya se conoce lo que ocurrió después, desde el mismo instante en que la nutrida brigada artística descendió de la embarcación y pisó tierra: el pueblo estaba en las calles, acompañando a la primera secretaria del Partido, Ana Isa Delgado Jardines; al reconocido pintor Alexis Leyva (Kcho) y a los otros creadores miembros de la Brigada Martha Machado que, unas horas más tarde, dejarían inaugurada la exposición colectiva Con todos y para el bien de todos; así como otros artistas del territorio, instructores de arte pertenecientes a la Brigada José Martí, a periodistas, fotógrafos... Todo estaba listo: comenzaba la fiesta.

Hasta el amanecer

«Le puse un 48 encima», aseguraba con esa gracia criolla que distingue a los cubanos el gran músico Chucho Valdés, refiriéndose al número de su calzado, después de plantar una palma real de las 140 que esperaban por ser sembradas la tarde del 18 de octubre en la Isla de la Juventud, junto a otros 82 árboles de caguairán, en el popular Palmar de Gerona. «Ahora estoy seguro que no habrá huracán por fuerte que sea capaz de derribarla, como mismo no existe nada que pueda doblegar a nuestro pueblo».

Aunque no pocos conocían de antemano al autor de Misa negra y Mambo influenciado, no solo porque habían escuchado su música o lo habían visto en la televisión, sino porque hace algunos años había actuado con Irakere en Nueva Gerona, los pineros lo recibieron como lo que es: un genio del piano, pero sobre todo, un artista del pueblo.

«Me siento verdaderamente feliz. Sé el alcance que tiene el arte y cuánto aporta al espíritu en momentos como estos. La música es el arte de los pueblos, dijo Martí, y he venido aquí a entregarle la mía, con la cual quiero reafirmar a mis hermanos de la Isla de la Juventud que estoy junto a ellos», afirmaba Valdés mientras de fondo se dejaban escuchar tambores, sartenes, trompetas..., que le hacían el coro a una afinada corneta china que decía: «Siento un bombo mamita me está llamando...».

Cubano de la cabeza a los pies, como el resto de la delegación artística que integraba, Chucho no pudo sustraerse de gozar de aquella conga que ataría como un poderoso imán. Y rodeado de los zanqueros del proyecto comunitario Tropazancos, de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana; de niños, hombres, mujeres, ancianos, se unió al gran pasacalle que lo conduciría arrollando y siguiendo el paso de «La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar...» hasta la galería Martha Machado.

Otro en su lugar hubiese preferido retirarse a descansar antes de protagonizar una presentación sencillamente espectacular —su hermana Mayra Caridad Valdés demostró nuevamente que es una intérprete excepcional—, que colmó la plaza El Pinero y tuvo como elemento escenográfico al antiguo barco que lleva el mismo nombre y cuyas velas eran grandes lienzos pintados; o hubiese decidido dar los toques finales a un concierto largamente esperado, pero el ganador de cinco premios Grammy no quería perderse ni un detalle. Esa fue la razón por la que muchos lo vieron al lado de Kcho, organizador de una exposición que recogía la visión que 14 artistas plásticos tienen de nuestro Apóstol, tan presente en estas jornadas de amor a la Patria.

La plástica sirvió también para, a través de la fotografía, recordar otro aniversario de la Brigada José Martí, el cual también fue celebrado con la exhibición especial de un documental que recoge el quehacer de este batallón de jóvenes maestros.

La noche sabatina cerraría con música, lo mismo en La Fe, donde actuaría Manolito Simonet y su Trabuco, que en la plaza La Mecánica, dispuesta para que Nassiry Lugo y Moneda Dura pusieran a cantar a miles de pineros. También actuaron los del patio, humoristas, actores, actrices..., quienes muy avanzada la madrugada se retiraron al campismo Arenas Negras.

De emoción en emoción

La del domingo 19, no fue solo la jornada en que se rememoró el 20 de octubre de 1868, día en que se interpretara por vez primera el Himno Nacional, sino también la del festival del libro y la lectura La Isla Lee que, entre las 10:00 a.m. y las 6:00 p.m., se adueñó del parque central y varios espacios del bulevar de Gerona. Títulos para niños, narrativa, poesía, literatura policíaca, de ciencias sociales, científico técnica..., así como la atractiva propuesta de la Casa Editora Abril con sus libros y revistas, podían adquirirse a precios muy asequibles, mientras reconocidos escritores hacían presentaciones de no pocos volúmenes.

Muy emotiva resultó la lectura de poesía centrada por la consagrada Nancy Morejón, quien compartió el espacio con el poeta, ensayista, crítico, narrador y dramaturgo Norge Espinosa, quien decidió devolverle a la Isla el mismo poema que había nacido entre sus pinares; así ocurrió también con hijos tan admirados de esa tierra como José Antonio Taboada y Rafael Carballosa. Laidi Fernández de Juan, por su parte, prefirió en lugar de acercarnos a sus magníficas narraciones, hacer llegar «pequeñas» pero sentidas donaciones de textos para la Biblioteca Municipal, no solo en su nombre sino también en el de sus padres, Roberto Fernández Retamar y Adelaida de Juan, de modo que quedaran al alcance de todos libros tan entrañables como Recuerdo a y Estampas. Emotiva también fue la presentación de Gallego, de Miguel Barnet, por Nelton Pérez, o de una obra inmortal como Cecilia Valdés, de Cirilo Villaverde, a cargo de Reynaldo González, en un cine Caribe que antes de proyectar Kangamba, de Rogelio París, y del texto que le dio vida, prestó su espacioso portal para que la siempre ovacionada compañía de teatro infantil La Colmenita representara su versión de Meñique.

Interrogado Julio Martínez Ramírez del porqué de la elección del Municipio Especial para desarrollar estas festividades, el también miembro del Consejo de Estado aseguró que «simplemente estamos siendo consecuentes con un territorio que desde su nombre indica que pertenece a los jóvenes, y donde, además, tenemos una fuerza importante de muchachos y muchachas trabajando en la reconstrucción.

«Era un momento propicio, ahora que se acercaba el Día de la Cultura Cubana, para reunir aquí, donde Gustav y Ike se ensañaron, a una representación de los artistas que han llevado alegría, entusiasmo, optimismo, confianza y muestras de solidaridad a diferentes ciudades del país, y reconocerlos, al tiempo que le hacíamos honor a este increíble territorio y a su gente, que resistirá todos los huracanes».

De regreso a la capital, el golfo de Batabanó ya no era el mismo. Sus aguas ahora enfurecidas y oscuras movían al Río Las Casas como una hoja a merced del viento. Como los pineros, el barco se resistía a la despedida. Solo hubo paz después de la promesa de que habrá otros encuentros, después de quedar convencidas de que las tragedias, más que distanciar, acercan a los hombres y mujeres de este pueblo.

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