Refugiados ambientales: ¿otra categoría de migrantes?

Autor:

Yailé Balloqui Bonzón
Cerremos los ojos e imaginémonos por un instante a 250 millones de personas buscando otro lugar para vivir. Desolador paisaje que no es solo una imagen en nuestro cerebro.

En el mundo se calcula que existen más de 22 millones de refugiados y 30 millones de desplazados dentro o fuera de las fronteras de sus estados. En estas estadísticas, los gobiernos no tienen oficialmente en cuenta una categoría poco convencional y que es cada vez más frecuente por estos tiempos: los «refugiados ambientales» que hoy podrían, incluso, llegar a ser más que los refugiados que dejan las guerras y los conflictos armados.

Se estima que existen hoy 25 millones de personas desplazadas forzosamente de sus hogares por sequías, desertificación, erosión de los suelos, accidentes industriales y otras causas medioambientales. Para 2010 podrían ser ya 50 millones y luego de diez años esta cifra podría aumentar tres veces más.

Hasta el momento la mayor parte de las evacuaciones se han producido en aldeas, pero algunas ciudades enteras ya han tenido que ser relocalizadas, por ejemplo, la capital de Yemen; o Quetta, la capital de la provincia de Baluchistán en Paquistán.

En Sana’a, por ejemplo, donde el nivel de agua potable está descendiendo seis metros por año, se prevé el agotamiento de este recurso antes del 2010. Quetta puede tener agua suficiente para abastecerse durante lo que queda de esta década, pero después su futuro está en duda.

El deterioro ecológico acompaña a las hambrunas y los conflictos armados que también provocan repercusiones medioambientales de enorme gravedad. Es el impacto humano en el medio ambiente lo que más agrava la intensidad de los desastres naturales y son los pobres quienes más sufren las consecuencias.

Pero los refugiados ambientales no solo son víctimas de los desastres naturales. Muchas veces es la mano del hombre la culpable de estos éxodos, cuyos damnificados no suelen recibir ayudas y mucho menos indemnizaciones.

Son habituales los vertimientos de petróleo o sustancias químicas en ríos o costas, que afectan la supervivencia de los habitantes, destrozan su hábitat y hasta su modo de alimentación básica.

La deforestación de los bosques o la desertificación también obliga a muchas comunidades y familias a dejar sus hogares y los convierte en campesinos sin tierra y errantes, en busca de un lugar habitable.

Otra fuente de refugiados, potencialmente enorme, es el aumento del nivel del mar. Hasta hace poco tiempo se pronosticaba que los océanos podrían elevar su nivel casi un metro durante este siglo. Pero investigaciones recientes indican que el hielo de los casquetes polares se está derritiendo mucho más rápidamente de lo que se esperaba, por lo que el aumento del nivel de las aguas oceánicas sería, incluso, mucho mayor que el previsto.

De cualquier manera, un ascenso de un metro inundaría la mitad de los campos de arroz de Bangladesh, forzando la relocalización de 40 millones de personas. En un país ya densamente poblado con 144 millones de pobladores, la reubicación interna no parece ser tarea fácil. Pero, ¿adónde pueden ir? ¿Cuántos países aceptarían tan solo un millón de refugiados de estos 40 millones? Otras naciones asiáticas, con sus plantaciones del grano en las márgenes de los ríos, incluyendo China, India, Indonesia, Paquistán, Filipinas, Corea del Sur, Tailandia y Vietnam, podrían alzar las cifras del éxodo causado por el levantamiento del nivel de los mares a centenares de millones.

El flujo de refugiados causado por la escasez de agua y la desertificación están en sus inicios. Cuán grandes llegarán a ser estas oleadas y lo que conllevará la elevación de los mares aún está por ver, pero los números pueden ser enormes.

Esto no es más que otro indicador, que nos revela la necesidad de un esfuerzo mundial, entre otras prioridades, para crear las condiciones sociales necesarias, acordar una estrategia energética que corte las emisiones de dióxido de carbono que intoxican la atmósfera, y estabilizar el clima en la Tierra, nuestro gran hogar.

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