Retorno a las manos - Opinión

Retorno a las manos

Autor:

Juventud Rebelde

Cada noche —no sé por qué últimamente— descorro las cortinas brumosas de la memoria. Y en cada velada llego siempre a un espacio donde está la niña que fui: me veo arrullando gatos recién nacidos; acomodándolos en un nido de trapos tiernos, dispuesto por las manos calientes de la abuela Concha. O me asombro de mí misma, con los dedos hundidos en la tierra del patio; o tambaleándome sobre una bicicleta enorme; o agarrando conejos de ojitos rojos, que tiemblan tras los barrotes de una jaula minúscula en la que entro con habilidad de contorsionista.

Pero de todas las evocaciones, una imagen viene desde las horas amarillas del comienzo, y se ha vuelto recurrente: me veo intentando descifrar el lenguaje de dos agujas hechas para tejer hilos de estambre. Escucho a la vecina Isabel desgranando secretos con los cuales ir haciendo el cuello y los «hombros» de un abrigo. Llego a sentir el sopor de aquellas tardes lejanas, aquel cansancio repentino que me impedía encontrarle sentido a las cosas, y por el cual ahora me arrepiento de no haber tenido paciencia para aprender el arte de hacer la ropa hasta la última puntada.

Lamento haber olvidado lo poco que, sin pedir nada a cambio, me enseñó aquella mujer de manos ágiles. Hubiera sido tan bueno saber hilar, o dominar aquella máquina Singer que en años extraviados la abuela se había agenciado... Confieso que hasta el sol de hoy, me he perdido el goce que hubiera nacido de lucir una prenda hecha por mi propio afán.

Esa historia de las agujas volvió por estos días, mientras un amigo abogaba en cierto encuentro por ir al rescate del trabajo manual. En lo que él hablaba, desfilaban ante mí los carpinteros, restauradores, sastres, costureras, zapateros, pintores de todo tipo de brocha, albañiles, y hasta quienes dominan los imprescindibles caminos de la cerrajería o los secretos de conservar un jardín.

Pareciera que haya sucedido con ellos como con los dinosaurios. Se han ido extinguiendo, como si no hubieran podido sobrevivir al pulso de la modernidad, a la avalancha de productos industriales y retractilados, y en nuestra Isla, a esa bienintencionada aspiración de que todos estudiemos, crezcamos espiritualmente, nos hagamos profesionales convertidos en el orgullo de nuestras familias, de la sociedad, y de nosotros mismos.

El meteorito que levantó la nube de polvo que dejó sin aire a nuestros artífices del trabajo manual, está hecho de muchas materias, entre ellas, la subestimación de toda la paciencia y sabiduría, tan consustanciales a esa labor de la cual salen las pequeñas e imprescindibles obras que nos hacen más llevadera y bonita la existencia.

Hubo una temporada —innegablemente noble— durante la cual prevaleció el concepto según el cual un «buen trabajo», uno «de respeto», tenía solo que ver con una instrucción de altura, con un despliegue que solía ser meramente intelectual. Y así fueron quedando en planos secundarios, de menor prestigio, los esfuerzos manuales, y se fue debilitando esa tradición familiar de heredar oficios cuyas mejores cláusulas solo podían aprenderse escuchando a los más viejos. «¿Cuándo este mueble estará listo?», me contó un amigo que su padre le preguntó al suyo. Y el viejo lanzó una metáfora inolvidable para aquella familia que trabajaba la madera: «Dale hasta que huela a cebolla...».

Para ser justos, hay que reconocer que los avatares del período especial confirieron volumen al meteorito, pues, como comentó una vez a estas páginas un profesor de una de nuestras escuelas de oficio, muchas herramientas con las cuales alimentar el mundo de las artes manuales, procedían del extinto campo socialista. Y... «¿Cuánto vale una trincha?», indagaba él.

Lo cierto es que hoy casi nos damos de bruces con una sociedad que pide a gritos un ejército de manos hábiles, sobre todo cuando al emprender la búsqueda de alguien que brinde algún servicio con el cual mejorar o restañar algún rincón de nuestros escenarios, nos quedamos boquiabiertos con los exorbitantes precios que se nos piden. A esa hora quisiéramos ser los hombres y mujeres orquesta, y nos acordamos de que, en un principio, toda riqueza nació de un par de manos. A esa hora, o pagamos hasta desinflarnos, o nos quedamos sin el beneficio de un talento que no abunda, y que, siendo «tan humilde», es de los imprescindibles.

Hemos hablado últimamente de volver la mirada a la tierra. Y yo agregaría la urgencia de tomarnos muy en serio el mundo de los oficios. Propongo una cruzada por multiplicarlo y dignificarlo, porque en él descansan la imaginería, la noción de la belleza y del bienestar, los esfuerzos, y hasta los sueños de un país.

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