Más que tonto: pretencioso

Autor:

Juana Carrasco Martín

La tontería acompaña muchas veces al pretencioso, y entonces llueven las sandeces. Uno que se lleva premios en esas categorías es, sin dudas de ningún tipo, el mandatario en retirada George W. Bush, quien ha declarado recientemente cómo quiere que la historia lo recuerde: «Me gustaría ser un presidente (conocido) como alguien que liberó a 50 millones de personas y ayudó a conseguir la paz».

Créalo o no, se refería a Iraq y Afganistán. ¿Acaso es necesario pasar revista a lo que ambas guerras han significado para esos pueblos que todavía las sufren?, ¿o detallar cómo fueron esos conflictos sustanciales para que el hombre de la Casa Blanca se ganara la condición de el mandatario más impopular en la historia de Estados Unidos?

Por si fuera poca esa presunción, levantó la parada: «Me gustaría ser una persona recordada como una persona (sic) que, primero y principalmente (sic), no vendió su alma para acomodar el proceso político. Yo vine a Washington con un sistema de valores, y me estoy yendo con el mismo sistema de valores». ¿Mentir, matar, torturar, forman parte de esos méritos morales?

Bush, quien dijo que cada día de sus ocho años de administración consultó la Biblia y encontró confort en su fe, añadió una retahíla de buenas acciones que le llevarían a la santidad o al menos lo convertirían en el mejor de los «boys scouts»: apoyar a personas que unieron a la gente para servir en el vecindario, liderar los esfuerzos para ayudar a enfrentar el VIH/sida y la malaria en África, ayudar a los ancianos a obtener recetas médicas y el seguro de salud conocido como Medicare, y dar amplio cumplimiento a su política de No Dejar a Ningún Niño Atrás, de forma que se fuera cerrando la brecha entre los niños blancos, afroamericanos y latinos, porque todos supieran leer, escribir, y las cuatro operaciones básicas de la Aritmética.

No vamos a mencionar las críticas que este último programa ha obtenido en grandes cantidades de maestros y padres que valoran justamente su incapacidad e inoperancia; ni de los 47 millones de personas que carecen de seguro médico en EE.UU.

La crisis económica virulenta que dará epílogo a la administración de W. Bush tendrá un impacto devastador, al punto de que el Centro sobre Presupuesto y Políticas Prioritarias acaba de reportar que el desempleo creciente puede llevar a entre siete y diez millones de estadounidenses a la pobreza, que ya alcanza al 12,5 por ciento de la población (más de 37 millones de personas).

Bush desgranó tanta hipocresía en una conversación grabada para el American Folklife Center de la Biblioteca del Congreso, y realmente fue escuchado con fervorosa paciencia fraternal. No podía ser de otra forma, porque los oídos de su historia era Dorothy Bush Koch, su hermana, a quien le dijo que estaba orgulloso por las «fuertes decisiones» que había tomado asesorado por personas «capaces», e «inteligentes», ya que «me rodeé de buena gente».

Ni hablar de tales buenos que inventaron el campo de concentración en la Base Naval de Guantánamo, el territorio cubano usurpado, y los vuelos secretos de la CIA y sus cárceles distribuidas fuera de Estados Unidos para que sus propias leyes no los alcanzaran, y dieron carta blanca a la tortura y a las actuaciones aberrantes expuestas en las fotos de Abu Ghraib.

Todos debieran ser juzgados por crímenes de guerra: Cheney, Rumsfeld, Wolfowitz, Gonzales, Rice, Rove, Libby, y unos cuantos más, por los ocho años de «legalidad» y amor al prójimo de George W. Bush, el hijo...

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