Amalia de América

Autor:

Mario Cremata Ferrán

Ha muerto. Y lo ha hecho en paz, en silencio, en esa indescriptible atmósfera de sosiego que solo proporciona el hogar. Más aún si fue aquel donde residiera hasta el final su esposo y compañero de ideales de toda la vida: el General Lázaro Cárdenas del Río.

Dos semanas atrás, un sábado tarde en la noche, recibimos una llamada telefónica que nos ponía al tanto de una pulmonía —agravada por la oleada de frío que azota a México—, motivo por el cual ella había tenido que aplazar el viaje a Cuba, dispuesto para la última semana de diciembre o primera de enero.

Ahora los medios traen la noticia: expiró al mediodía del viernes como consecuencia de diversas complicaciones de las vías respiratorias.

Aquella mujer que se nos antojaba de una fibra especial y única, inspiraba admiración. Era en sí misma un trozo sagrado de la historia americana.

Su vida, intensa como pocas, parece la de la protagonista de una novela con posibilidades de best seller. Y es que por espacio de casi 80 años Amalia Alejandra Solórzano Bravo (Amalia Solórzano de Cárdenas, para México y el mundo) fue una figura recurrentemente evocada en la escena pública.

Baste recordar que sin haber cumplido los 23 años de edad se convirtió en Primera Dama, y desde esa posición hizo suyo el proyecto de un nuevo México que impulsó su marido, el presidente Cárdenas (1934-40). No hubo, ni antes ni después, tan activa compañera de un primer magistrado con tanta resonancia en la historia de su país.

Fue ella quien posibilitó que cerca de 500 niños españoles, entre huérfanos e hijos de combatientes antifascistas, pudieran escapar del régimen de Franco y encontrar refugio en tierra azteca, en 1937, específicamente en Morelia, estado de Michoacán.

Allí serían acogidos como hijos, y no solo se les proveería de todo lo necesario para vivir. A la par de una educación esmerada recibieron el afecto que tanto necesitaban. Doña Amalia tuvo la precaución de ofrecer a cada uno de esos infantes un pedacito de ese corazón que parecía infinito y que ahora, después de 97 años de azaroso andar, no resistió más.

Se recuerda su actuación durante los convulsos días de marzo de 1938, cuando junto a otras mujeres encabezó una colecta en el Palacio de Bellas Artes para respaldar la expropiación petrolera que había decretado el Presidente.

También su gestión, años más tarde, al frente de un programa que había quedado trunco por el deceso de Cárdenas, y al que este dedicaría sus últimas fuerzas: la región Mixteca.

Fueron casi dos décadas de sostenida defensa de las comunidades indígenas, a las cuales llevó ayuda material y espiritual, porque ellos, históricamente marginados, constituirían una de sus mayores obsesiones.

Hoy infinidad de almas la lloran como la madraza que fue. Sus detractores, que como mortal los tuvo y los tiene, quizá respiraron aliviados, mas no pudieron evitar bajar la cabeza ante el féretro donde reposaba la mujer-mito.

El cortejo fúnebre partió a las 10:30 de la mañana del domingo, desde la vieja casona de Los Andes 605, en Lomas de Chapultepec, al noroeste del Distrito Federal. Minutos después el cuerpo sería cremado en el Panteón Francés.

La familia no ha decidido todavía dónde depositarán las cenizas. Un buen lugar pudiera ser al lado del General, en el Monumento a la Revolución, pero ignoro si ese puesto está reservado exclusivamente para primeros mandatarios o héroes de la patria.

Doña Amalia ha muerto, pero en los afectos de Cuba tiene desde hace tiempo su lugar. En la Isla quedará el recuerdo de la mujer que junto a su esposo intercedió ante el presidente mexicano para que los revolucionarios exiliados, futuros expedicionarios del Granma, fuesen liberados.

Ella recordaba, no sin ruborizarse, la vez que asistió a la Plaza de la Revolución un Primero de Enero, y Raúl, en respuesta a una niña que insistía en conocer quién era aquella señora que ocupaba un puesto privilegiado en la tribuna, dijo que era la viuda del General Lázaro Cárdenas, y que de no ser por ambos, ni Fidel, ni él ni la Revolución estarían entonces.

Queda también la imagen de quien no disimulaba su entrañable relación con la Revolución Cubana, su apego a Fidel y a Raúl, a Vilma Espín y a Haydée Santamaría, y su solidaridad con el pueblo cubano.

En la memoria, el correo electrónico que me llegara hace unos meses, donde me informaban que entre algunas cartas, había recibido una que la había conmovido profundamente. Una camagüeyana, feliz de haberla «conocido» a través de una entrevista aparecida en junio pasado en estas mismas páginas, no pudo evitar la tentación de escribirle a la dirección que consignáramos en el texto.

Bien guardada queda también la carta con letra grande y espontánea, donde manifestara su deseo de proseguir nuestra conversación no ya en el plano epistolar, sino en el encuentro que ambos anhelábamos y que ya no podrá ser.

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