La mirada del Che

Autor:

Juventud Rebelde
El dictador Gerardo Machado miró a los lados. «¿Qué hora es?», preguntó. Y enseguida un amanuense se inclinó para responder ansioso: «La que usted quiera, general, la que usted quiera...». Años más tarde, en la Sierra Maestra, un integrante de la guerrilla quiso favorecer al Che. Pidió: «Déme acá para echarle un poquitico más de comida, jefe», pero al momento se enfrió. El Che lo observaba molesto. Lo miró de reojo y casi mordiendo las palabras, le dijo: «Te noto medio “guataquita”».

Aquel cocinero debió vivir uno de los grandes aprietos de su vida. Y no es para menos, porque —vistos a través del tiempo— ambos episodios vienen a demostrar la relación, en ocasiones casi estrecha, que se establece entre los valores de una persona y su aceptación o rechazo a las adulaciones. Machado, el individuo encumbrado y sediento de poder. El Che, el hombre dispuesto a nunca ubicar las jerarquías por encima de la ética y los ideales.

El genuflexo siempre fue un personaje despreciado en cualquier geografía y edad de la historia. En Cuba asombra la contundencia del léxico popular creado para calificarlo. Desde «tracatán» hasta «chicharrón», sin olvidar, entre otros, el de «canchanchán».

Uno de los más célebres, el de «guatacón», emblematiza ese carácter servil y consustancial del adulador. En su libro El habla cubana popular de hoy, Argelio Santiesteban cita al historiador Manuel Moreno Fraginals y explica cómo el «guataca» surge de esos campesinos pobres, que guataqueaban el campo ajeno en busca de favores. El cubano, sabio desde la irreverencia, no pudo encontrar un calificativo más tajante y funcional.

Semejante a Roma, muchos son los caminos que conducen al servilismo. Desde esa subyugación que dimana de la autoridad del poder, hasta la ingenuidad y los criterios de formación en la familia. Pero, sin dudas, el personaje más despreciable es el que reparte lisonjas con el taimado proyecto de preservar su estatus o ascender en la escala social, sin importarle el respeto a determinados valores éticos.

En la idiosincrasia del cubano, e incluso dentro de los principios de la Revolución, la figura del adulador es más execrable y todavía más peligrosa. No solo por su servilismo, sino también porque el adulador sobrevive por obra de ciertos directivos, más interesados en cultivar su vanidad y las bondades del cargo que en estimular la relación directa con sus subordinados y el sentido de pertenencia real al colectivo de trabajadores.

En rara ocasión el lisonjero le llevará la contraria al superior y siempre retrocederá a tiempo con sus criterios con tal de no herir susceptibilidades y dañar su imagen de confiable, a sabiendas de que la decisión tomada o los criterios manejados no son todo lo efectivos que pudieran ser. Todo estará bien —aunque en verdad no sea así— con tal de que el jefe se sienta feliz.

Ese apego constante al superior, ese desboque a la complacencia, tiene tras sí la amenaza de crear un clima para perpetuar la burocracia, dañar la iniciativa en la gestión de la entidad y viciar la comunicación y el respeto entre el dirigente y los subordinados.

Algunos pueden afirmar que las contingencias en la vida del cubano en los últimos años, con el devenir del período especial, han creado las condiciones para que prosperen los gérmenes del adulador. Puede que tengan cierta razón; sin embargo, en nuestra opinión, ellos pecan de absolutos.

Porque al igual que con los genuflexos, la cotidianidad también es testigo de que existen las más disímiles personas, incluso en jerarquías, que rechazan los patrones de la lisonja y la vanidad, pese a las tensiones materiales que enfrentan a diario. No es para menos, y ellos lo saben. Las dificultades un día pueden acabar; la desvergüenza de la lisonja gratuita difícilmente pase al olvido. Eso siempre se recuerda, como la mirada del Che.

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