Y cayeron los «muros»

Autor:

Luis Luque Álvarez

A sus 59 años, el norteamericano Craig Ewert solo veía ante sí un valle de lágrimas. Le habían diagnosticado una enfermedad neurológica incurable. Por eso voló a Suiza, a una «clínica» especializada en «ayudar» a quienes desean autoextinguirse. Allí bebió una dosis letal de un calmante y accionó un mecanismo para, 45 minutos después, quedar desconectado de la respiración artificial. Una cámara de video captó el proceso, según había sido su voluntad, y las imágenes fueron emitidas por un canal británico.

Sucede que se pierden los límites. Cualquier suceso puede ser comercializado, expuesto, incluso la muerte de un ser humano que, confundido por el dolor o por la incertidumbre de «lo que vendrá después», decide el momento y el lugar exactos para salir de este mundo. ¿Qué es esto sino una oda a la desesperanza, un pésimo recordatorio de que «soy lo suficientemente libre como para poner punto final cuando me convenga»? ¿Qué, sino un triste ejemplo para quienes siguen apostando por el inefable don de la vida, tal como hizo 30 años atrás el joven Terry Fox, quien recorrió Canadá con un espíritu mucho más inmenso que lo fulminante del cáncer contra el que combatió hasta el último segundo?

En aquel entonces los medios de prensa elogiaron la hazaña. Pero hoy, respecto a Craig, reproducen escenas de amargura. Y claro, tiene rating, pues siempre las desgracias de los demás convocan a los curiosos, a los «eso-nunca-me-va-a-pasar-a-mí». Con esto vuelve a quebrarse el límite de lo que la recta razón considera bueno, y la gente se acostumbra a la «normalidad» de que alguien se quite la vida. Puedo imaginar comerciales: «¡Vea la muerte de Chicho el Cojo, en DVD, por solo siete libras esterlinas! ¡Llame ya! y le regalamos un manual de instrucciones. ¡Le puede ser útil!».

Y la existencia queda a merced de la engañosa ola de la opinión personal, o de la moda, o de una mal comprendida libertad que, como no tiende al bien, es libertad cautiva...

Algo por el estilo constaté días atrás ante la promoción de una exposición sobre temas «eróticos». Siempre vi ese adjetivo en la orilla opuesta de lo pornográfico. La pose desnuda, en acto de amor o de pura sensualidad; los cuerpos de amantes ebrios de ardor o de paz, copan las bellas artes desde que el hombre mejoró los diseños que dibujaban sus antepasados en las cavernas, con el mamut parqueado afuera.

Sin embargo, ¿qué atrapé «al vuelo» en un reportaje sobre dicha exposición? Pues imágenes que evocan violencia, como cierta pintura de una mujer desnuda, encadenada, y con algo parecido a un bozal cubriéndole la cabeza; figuras en posiciones que recuerdan la manera en que se reproduce el resto de los mamíferos terrestres, y tomas fílmicas en las que varias féminas extienden sus manos para ilustrar la medida del órgano reproductor masculino, y así, para no variar.

Juro que no veo a Botticelli dándoles este tipo de trabajo a sus pinceles, y me pregunto para qué todo esto. ¿Acaso para mostrar, como intentó hacer Craig, que a la humanidad le llegó el momento de zafarse de convenciones y límites? Pues si es la hora, «a bailar y a gozar con la Sinfónica Nacional», ¡pero de verdad! ¿Quién es el primero que se atreve a salir sin ropas a la calle y a tenderse en el césped de la céntrica calle, sujetado por una correa y con un bozal, ya que no hay que temer a las miradas y menos aún a los «tabúes medievales»? ¿No estamos en el siglo XXI?

Ah, algunos pensarán que este opinante está enclaustrado tras los barrotes del dogma. Pero es que hoy, a aquel que disiente de estas «modernas» ideas le cae del cielo el cuño de «dogmático». De modo que la descalificación automática a quien pretende conservar aquello que la conciencia dicta como moralmente bueno, ¡ya es un dogma en sí mismo! «¿No te ajustas a lo novedoso? ¡Pues eres un prejuiciado dinosaurio! No hay arreglo».

Valdría la pena saber si un punto de vista, por el solo hecho de ser «lo último», ya es válido. ¿Acaso lo nuevo es siempre sinónimo de correcto? La respuesta sobra. Y también los ejemplos.

Ahora bien, si escenas como las reproducidas en esa exposición pueden florecer en las fantasías sexuales de un individuo, o ser practicadas incluso, ¿no pertenecen exclusivamente al ámbito de lo privado? Y vuelvo a quienes levanten el indignado dedito: si estoy errado, ¿por qué no he tenido noticia de que los artistas hayan representado, ellos mismos, tales papeles en público?

Los límites se tambalean, cierto, y los «muros» caen. Si de aquí a un siglo todavía hay periódicos —y gente que los lea—, ya nos enteraremos de en qué paró tanto «desprejuicio»...

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