Más dioses rotos

Autor:

Raiko Martín

¿Cuánto puede durar la buena reputación de un héroe deportivo? Nadie sabe. La del nadador estadounidense Michael Phelps, el mismo que el verano pasado deslumbró al mundo con sus ocho títulos olímpicos, se deshizo antes de concluir el invierno.

Su foto, tomada en una fiesta universitaria consumiendo marihuana, dio la vuelta al planeta manchando una trayectoria que pintaba como la más perfecta e inalcanzable del deporte universal.

No buscaba ventajas, mas resulta difícil justificar su comportamiento. ¿Una «muchachada»? Pudiera ser. Quizá sea el argumento más lógico para explicar lo sucedido a este joven de apenas 23 años, famoso, millonario y con muy pocas metas que alcanzar dentro de las piscinas.

De cualquier forma, si en aquella desafortunada noche de desenfreno su inexperiencia le jugó una mala pasada, Phelps ha sido lo suficientemente maduro para reconocer el error, pedir todas las disculpas posibles y aceptar cualquier sanción.

En contraste, el pelotero Barry Bonds ya era un «villano» cuando quebró el añejo récord de Hank Aaron como máximo jonronero en la historia de las Grandes Ligas. Su aureola mística comenzó a desvanecerse años antes, cuando la luz se posó sobre los oscuros manejos del laboratorio BALCO. Y con el paso del tiempo, las sospechas han tomado tamaño de certeza.

A diferencia de Phelps, Bonds se ha defendido de las acusaciones por consumo de esteroides para mejorar su rendimiento, incluso a riesgo de mentir bajo juramento.

Ni las pruebas aparentemente contundentes presentadas en estos días por los fiscales para llevarlo a juicio le han impedido declararse inocente. Y a menos que aparezca una foto suya clavándose una jeringuilla en las venas, continuará por el resto de su vida tratando de limpiar «a capa y espada» una imagen maltrecha por tantas dudas.

Como Bonds anda el ex estelar lanzador Roger Clemens. Considerado como uno de los mejores derechos en la historia del béisbol norteño, el «Cohete» Clemens no logra desligar su nombre del uso de esteroides desde sus reiteradas menciones en el Reporte Mitchell*, y lo que pudo ser un glorioso retiro, se ha convertido en una extenuante carrera legal para salirse del fango.

Tal vez evitar este calvario ha movido al también pelotero Alex Rodríguez, protagonista del último escándalo de dopaje en el béisbol profesional estadounidense, a confesar sus culpas.

El pasado sábado la prestigiosa publicación especializada Sport Ilustred hizo estallar la bomba al publicar que en varias muestras tomadas al pelotero mejor pagado de la Gran Carpa había presencia de sustancias prohibidas. Según el reporte, Alex fue uno de los 104 jugadores que dieron positivo en las pruebas realizadas hace seis años, con carácter anónimo y sin riesgo de sanciones, con el único objetivo de establecer la necesidad de implementar controles más rigurosos en las Grandes Ligas.

Tras un cuestionado silencio llegó el mea culpa, pero el daño es ya irreparable para el jugador más cercano a quebrar las marcas de Bonds. No es un secreto que en su ausencia de la amplia lista de presumibles tramposos divulgada por el ex senador Mitchell, descansaban las esperanzas de rescatar la credibilidad de un deporte que tiene a sus más recientes ídolos con la moral por los suelos a causa del dopaje. Esa posibilidad es ya una utopía.

Confesos o sospechosos, arrepentidos o desafiantes, Michael, Barry, Roger y Alex son los nuevos protagonistas de una turbia trama que nadie sabe cómo empezó, y mucho menos dónde está su verdadero final. Junto a Marion Jones, Mark McGwire, Kelly White, Tim Montgomery, Justin Gatlin y una amplia lista, son la lamentable prueba de que, en términos de imagen y prestigio, el deporte estadounidense sigue metido en un slump.

*Informe presentado por el ex senador norteamericano George Mitchell a finales del 2007, acerca del uso de esteroides en Grandes Ligas. Resumió 20 meses de investigaciones sobre el tema y mencionó a cerca de 80 estrellas que empleaban o emplean anabolizantes para mejorar sus rendimientos.

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